Todos
los años, cientos de mis concubinas abandonan la edad que me
hace apetecerlas, por lo que es menester cambiarlas. Mis ayudantes entonces,
buscan a aquellas doncellas que por la armonía de sus rostros
y de sus cuerpos, tengan posibilidad cierta de en-grosar mi harén,
que como te contaba, jamás puede albergar menos de mil en ninguna
época.