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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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Se
veía venir
(Juan Diego García) La suspensión de las gestiones para el intercambio de prisioneros con las FARC no debería sorprender a nadie. En realidad, lo extraño hubiese sido que Uribe permitiera que el proceso culminase de forma feliz al coste de un protagonismo enorme pero inevitable para la guerrilla, el aumento de la influencia de Hugo Chávez en la región y el desgaste de los argumentos sobre los cuales el presidente colombiano ha sustentado su estrategia de la “seguridad democrática”. Ni el intercambio de prisioneros ni menos aún una negociación del conflicto armado tienen cabida en la agenda de Uribe. Lo eligieron precisamente por su promesa de no negociar y erradicar la guerrilla en pocos meses. En consecuencia, la liberación de los prisioneros en manos de los insurgentes sería en todo caso el resultado de exitosos operativos militares. La negación del conflicto (no existen razones para alzarse en armas contra la democracia colombiana) y el rechazo sistemático al intercambio (no se negocia con terroristas) han sido consignas permanentes de la actual administración. Tan solo la presión de la opinión pública abogando por el intercambio humanitario ha conseguido variar en ciertas coyunturas la cerrada posición del gobierno, pero una y otra vez se ha encontrado la excusa apropiada (por ridícula que parezca) para sabotear cualquier iniciativa; la actual es tan solo una entre muchas. Menos suerte han tenido quienes sugieren la necesidad de reconocer la existencia del conflicto y sus raíces sociales, aviniéndose a la negociación que lleve a una solución pacífica. O se les acalla o sencillamente se les acusa de ser tontos útiles de la guerrilla. La atmósfera de intolerancia y agresividad, fomentada desde el mismo palacio de gobierno lleva a no pocas destacadas figuras al exilio si es que antes no las asesinan las huestes del paramilitarismo, tan activas hoy como siempre. Cuando Uribe acepta el intercambio humanitario piensa en un canje en el cual la guerrilla entrega todo y no recibe nada a cambio (los guerrilleros liberados no volverían a filas). Cuando el presidente colombiano admite la posibilidad de una salida negociada de la guerra está pensando en la rendición prácticamente incondicional de la guerrilla. No hay lugar para reformas ni menos aún para cambios en un modelo económico y social que mantiene intactas las líneas generales del Acuerdo de Washington. Esta estrategia tendría algún sentido si se tratara de un movimiento guerrillero derrotado; pero para su desgracia eso no pasa de ser un deseo que poco se corresponde con la realidad del país. Y como la tozudez de los acontecimientos termina por minar el duro lenguaje y las declaraciones más solemnes de una victoria que nunca llega, se pasa de los triunfalismos iniciales a mensajes menos terminantes. Primero se aclara que en realidad no se busca la aniquilación de la guerrilla sino su debilitamiento para obligarle a una negociación a la baja y se termina por aceptar inclusive reunirse con la dirección de las FARC, buscar la salida pacífica del conflicto y hasta convocar una asamblea constituyente que introduzca los cambios que no solo propone la guerrilla sino buena parte de la población (si hemos de dar por ciertas las declaraciones de Chávez en este sentido, no desmentidas por Uribe, que se sepa). Estos cambios bruscos de rumbo en la política oficial se compensan entonces con un regreso abrupto al discurso más beligerante e intransigente Los
más duros entre los duros clamaron siempre contra tales desvaríos
de su primer mandatario. Desesperan en sus filas esos cambios de rumbo,
esa improvisación que rompe el cuadro idílico de una administración
responsable y seria y sobre todo que permiten abrigar ilusiones en la
opinión pública sobre un intercambio de prisioneros que
además de dar protagonismo a los insurgentes y mostrar la debilidad
del Ejecutivo abriría el peligroso camino a una negociación
en serio que la clase dominante no desea. Por tal motivo la vuelta al
belicismo más radical se saluda con alborozo en los medios de comunicación,
los clubes distinguidos de la alta sociedad y la embajada de marras. Tal
parece que el presidente Uribe se empeñara en dar la razón
al jefe guerrillero Manuel Marulanda cuando sostiene que con este gobierno
es imposible llegar a acuerdo alguno. Son muchas las voces que exigen una rectificación urgente. Son muchos los que claman por el intercambio y la solución negociada del conflicto armado; no son pocos los que curados del nacionalismo ramplón temen por el deterioro en las relaciones con Venezuela y -vistos los acontecimientos recientes- se preguntan si no hay fuerzas oscuras que están preparando el ambiente para embarcar a Colombia en una aventura militar de las que tanto gustan a los calenturientos estrategas del Pentágono. Si hace falta una provocación, para eso están los muchachos de la CIA para resolver el problema. Solo eso faltaba a Colombia, que además de su enorme cuota de sangre y sufrimientos el país se viera convertido en punta de lanza del imperialismo estadounidense para agredir a un pueblo con el cual se comparte historia y destino. ¿Cuenta la embajada estadounidense con Uribe para reforzar la “Operación Tenaza” denunciada ayer mismo por el gobierno de Venezuela como un plan desestabilizador de Washington contra su gobierno?.
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