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La
manzana de Eva.
Por
Eva Durán.
Nací en Cartagena
pero soy de Barranquilla, pues uno no es del lugar en el cual nació
sino en el cual desea morir. Como digna representante del ascendente sagitario,
mi carta astrológica señala un camino de cambios radicales
de residencia, exilio y permanentes fluctuaciones y viajes. En efecto,
así fue mi destino desde que tuve la inmensa desgracia y la terrible
dicha de venir a este mundo en la maternidad de Bocagrande de Cartagena.
Soy la primogénita del matrimonio de mis padres. Él es un
administrador de empresas que es la esencia y pasta del quillero: parrandero,
mujeriego, gozón y mamador de gallo como el que más. Entre
otras cosas, se acaba de ganar por segundo año consecutivo el trofeo
de sonido sobre ruedas audio-car Caribe. Pertenece a una familia de prósperos
empresarios que crecieron jugando bola de trapo en las ardientes arenas
de la calle segunda del mamón, en el Bosque. Su abuelo materno,
de apellido Flores, fue un latifundista que en su momento alquiló
sus tierras a la tristemente celebre empresa gringa United Fruit Company
(remember, masacre de las bananeras, 1928).
Cuando nací mis padres vivían en el barrio San Pedro y luego,
por las incontables peleas y reconciliaciones entre ellos, vivimos consecutivamente
en Blas de Lezo, los Caracoles, Torices, El Socorro, Buenos Aires, Crespo,
Urbanización San Juan, El Carmelo, Paseo Bolívar, Nuevo
Bosque... Tenía 13 años cuando nos mudamos para Barranquilla
y vivimos brevemente en El Concorde y en Costa Hermosa. Regresamos a Cartagena
cuando tenía 17 y luego volví a los 23, por cuenta propia,
a Barranquilla, a hacerme la vida como periodista. Viví en el barrio
Paraíso con mis abuelos, y luego me mudé sola para la carrera
72 con 48, luego para Ciudad Jardín y después para Los Nogales.
Estuve una corta y curiosa temporada viviendo en el barrio prostibulario
de La Luz, donde mi vecina en el mismo piso del edificio era (es todavía)
una proxeneta que trabaja negociando los favores sexuales de hermosas
escolares que luego del colegio se van para este lugar con el uniforme
y la mochila llena de libros. Dicen en sus casas que van a estudiar juntas
y a hacer investigaciones, se convierten en Lolitas despampanantes y se
sientan en el balcón a esperar que los clientes vengan por ellas.
¿Denunciar a la policía? ¡Olvídenlo! Los de
verde llegan también en sus flamantes patrullas buscando nenas.
Creo que en mis 30 años de vida cambie por lo menos 21 veces de
residencia (en Alemania, donde ahora vivo, ya llevo dos), lo que me hace
toda una experta en el jaleo. Sé exactamente cuantas cajas necesito,
y armo y desarmo una casa en dos días. Mi familia confía
tanto en mi habilidad para organizar y decorar que, a veces, sencillamente
abusan. En una oportunidad se mudaron estando yo en un encuentro de poesía
en Bogota y cuando llegué al nuevo hogar encontré que cada
quien había desempacado y organizado su cuarto, y ¡me habían
dejado el resto de la casa a mi!
De Blas de Lezo, donde viví a los 5 años, el recuerdo más
fuerte que tengo es el de la sensación de plenitud, seguridad y
bienestar que sentía en la madrugada. Sé que nunca volveré
a vivir a Cartagena, porque la ciudad que amo ya no existe, está
sólo en mi corazón, perfecta e intocada, pura, idealizada
y eterna en la memoria. Tuve la inmensa suerte de pertenecer a la última
generación de cartageneros que crecimos con la certeza de la seguridad
y la perfecta libertad.
Mis padres engendraron 4 hijos con total confianza y alegría, porque
en los años 70 había esperanzas. Las noticias de la barbarie
de la guerra que desangra al país desde siempre eran como un murmullo
que se espanta con un soplo.
En la madrugada mi madre, sensual morena de andar contoneante y corazón
de bocadillo, abría las puertas y ventanas (que carecían
de rejas, pues no era necesario, era muy seguro todo) de par en par, daba
las gracias a Dios, sacaba las mecedoras a la terraza, donde se mantenían
todo el día sin que nadie intentara robarlas; soltaba los perros,
compraba el desayuno a las caseras, y atendía a mi papá
para que saliera a trabajar. Luego barría la acera... aún
tengo fresca la imagen del ejercito de diligentes vecinas barriendo cada
una el frente de su casa a la misma hora, gordas y mofletudas, muchas
en ropa de dormir y levantadora, con rulos en la cabeza, gritándose
los chismes de acera a acera, visitándose en las tardes, intercambiando
recetas de cocina y regalándose unas a otras los dulces y delicias
que ensayaban cada día.
Extraño eso... el azul libertad perfecto de la tarde cartagenera
en el año 1981. La mantequilla hecha en casa derritiéndose
al trasluz del sol mañanero sobre el bollo de mazorca calientito,
tierno y recién hecho, el tetero de vidrio lleno de café
con leche que mamá me daba en el desayuno. Las burbujas de la leche
explotando rítmicamente dentro del frasco y formando alucinantes
arco iris por efecto del sol que entraba por la ventana.
Vivíamos frente al colegio John F. Kennedy, ante a una gran extensión
de grama verde en la que después construyeron un polideportivo.
Me recuerdo a mi misma con mis amigos corriendo por esa extensión
de hierba perseguida por la lluvia.
En Blas de Lezo éramos felices... el barrio era seguro y amable,
éramos todos una gran familia, jamás estarías solo,
jamás tus vecinos permitirían que te faltase algo o que
te pasase nada. El amor, la solidaridad y la fraternidad sin límite
se respiraban en el aire.
Mis vecinos a la izquierda eran los Mosquera, una numerosa familia de
negros obesos, chismosos, escandalosos y bulleros uno de los cuales se
convirtió en figura del fútbol de primera división.
Todos los domingos organizaban colosales sancochos festivos en la puerta
de la casa, cocinando el almuerzo a la vista de todos sobre una fogata
de leños en plena terraza de cemento. El patriarca de la familia
era un negro monumental al que recuerdo pisando los limones de la sopa
sobre la acera para sacarles el jugo, vestido solo con una tohalla amarrada
a la cintura. Después moriría a pedazos, al igual que mi
abuelo Leonardo, por la diabetes.
Al lado derecho de nuestra casa vivían los Puello, cuya casa estaba
llena de lujos y electrodomésticos, que para la época eran
rarísimos, como betamax, tostadoras y ollas eléctricas de
arroz. Al menor de los niños, Raúl, le produje un trauma
porque jugando a policías y ladrones le empuje o le di un puñetazo,
no recuerdo, sacándole un par de dientes de leche (bueno, mirándolo
por el lado amable le ahorre la ida al odontólogo). 20 años
después me lo encontré en la universidad de Cartagena como
compañero de clases de filosofía del escritor Kenneth May,
quien fue por siete años la gran pasión de mi cuerpo y de
mi alma. Por algún motivo Raúl me reconoció y empezó
a gritar: ¡Maldita! ¡Maldita! ¡Fuiste tú! ¡Fuiste
tú la que me sacó los dientes! Me da la impresión
de que le debo una disculpa.
Recuerdo mi primer encuentro con el televisor a color y el control remoto:
era una teleadicta total, tendría 5 años y estaba viendo
la Abeja Maya. Mi tío Alfredo se escondió detrás
de mi y con el control me apagaba el televisor, yo lo volvía a
prender y el otra vez me lo apagaba. Lloré a mares hasta que mi
mamá me explicó el truco.
En esa época, un crimen era capaz de paralizar a la ciudad y de
estremecerla de terror. Un asesino marcó especialmente mi niñez:
El Sádico del barrio Arroz Barato. El hombre, cuyo nombre no recuerdo,
violó, ahorcó y arrojó a las aguas el cuerpo de una
niña de siete años, luego fingió ayudar a sus padres
a buscarla y les llevó hasta el cadáver. Casi enseguida
confesó el crimen. En la cárcel los internos le dieron una
paliza que hizo historia y fue violado repetidas veces. La historia nos
ponía a temblar y nos hacía dormir a las 8 de la noche.
En Blas de Lezo mi mejor amiga se llamaba Neyda y con el bonche de pelaos
jugábamos al hospital en el patio de la casa. En un callejón
estaba el salón de parto donde mis amiguitas daban a luz muñecas.
En el otro callejón de la casa jugábamos al cine, que consistía
en colocar varias filas de sillas frente a una pared y fingir que veíamos
una película.
La principal preocupación de mi mamá era vivir en un sitio
en el que no pasaran autos y que tuviésemos suficiente espacio
para correr, montar bicicleta y hacer lo que nos diera la gana sin ningún
peligro. Yo amaba colgarme como murciélago de las ramas de los
árboles, sosteniéndome de las piernas y dejando caer libremente
el cuerpo hacia abajo.
Me daba trompadas con todo el mundo, por el simple gusto del ejercicio
físico que representaba luchar y forcejear. Nadie me ganaba. Mis
piernas y brazos estaban llenos de moretones, arañazos, quemadas
y cicatrices todo el tiempo, que mi mamá, con paciencia proverbial,
borró con el uso permanente de crema de concha de nacar, que me
embadurnó durante años, hasta borrar las marcas por completo.
Mi terraza era amplia. La moda en esa época era decorar las fachadas
de las casas con piedras de granito, y la nuestra no fue la excepción.
Como mi papá siempre ha sido amante de tener varios autos, cuando
él llegaba no teníamos espacio para divertirnos y teníamos
que bajar a la calzada para jugar "Al que se suelte se sale"
"Que pase el rey, que quiera pasar, que el tonto de la cola se quedará"
“A la rueda, rueda, de pan y canela, dame un besito y vete pa´
la escuela, y sino quieres ir ¡acuéstate a dormir!”,
“¿Quién es? Es el lobo ¿Qué hace? Se
está cambiando”, “Oh, Oh, Ambo, tambor, mate rile,
rile ró”, y todas las rondas y canciones infantiles imaginables.
A los 6 años vivimos con furor la "Menudomanía",
el fanatismo absoluto por el grupo puertorriqueño Menudo. Xavier,
el rubio del grupo, fue mi primer amor platónico. Frente a su fotografía,
le juré que lo amaría para siempre. Los niños nos
enloquecimos hasta el paroxismo con esa música, comprábamos
todos los discos y accesorios y en grupos de 20 y 30, practicábamos
las coreografías y cantos toda la noche en plena calle. Cuando
se estrenó la película "A volar" el delirio fue
total. El cine Cartagena y el cine La Matuna, desaparecidos ambos, no
daban abasto, el océano de gente que quería ver la película
desafiaba todos los pronósticos. Tres veces intentamos verla en
vano haciendo filas horas y horas, las niñas se desmayaban por
el sofoco de la multitud.
En el año 1985 escuchamos por televisión la noticia apocalíptica
de que había una enfermedad que estaba atacando a las prostitutas
y homosexuales y para la cual no existía ni existe aún cura
alguna. Por eso, mi generación es también la primera generación
de jóvenes que jamás pudo tener una sexualidad libre y tranquila,
la paranoia, el control, y el miedo extremo a la pandemia ha sido la constante
para nosotros.
Tenía siete años cuando mi abuelo Suta, el papá de
mi mamá, se fue al cielo a encontrarse con su esposa Pilar. Era
un elegante, noble y bellísimo anciano negro nacido en 1907 en
Getsemaní. Vestía siempre de impecables camisas guayaberas
bordadas a mano y sombrero de fieltro. Sus ancestros fueron esclavos del
infame marqués español Herrera y Villalba. Como sabemos,
cuando Simón Bolívar consiguió la liberación
de los esclavos, estos eran considerados igual que animales y de cosa
tenían nombre, entonces se les concedió el apellido de sus
amos. El abuelo de mi abuelo era conocido como el “Zambo Herrera”,
e hizo historia en Getsemaní en la segunda mitad del siglo XIX
pues era el principal comerciante de carne del mercado y tenía
un harén de 11 mujeres en la misma casa conviviendo en total armonía.
"Esas si son mujeres de verdad", les decía a sus hijos
y nietos.
Mi abuelo trabajó desde niño con su hermano Sebastián,
pues su padre Salustiano los abandonó. A los siete años
laboraba ya como obrero en una ladrillera, luego en una fábrica
en la que sacaban la esencia del aceite de coco para fabricar jabón.
Contaba años después que la situación económica
era tan dura para ellos que se limpiaban las manos con esencia de jabón
en los pantalones para que su mamá Ana Maria, sandiegana de nacimiento,
gastara menos jabón a la hora de lavar la ropa. Fue abogado empírico,
en la policía alcanzo el grado de teniente y tuvo el honor de ser
alcalde de varios municipios de Bolívar. En uno de ellos, San Pablo,
el cura -malparido, reprimido, represor y pendejo como todo cura que se
respete- alborotó a la población y armó una asonada
en contra suya por tener en concubinato una chica. Ese era mi abuelo.
Progresó tremendamente desde cero y alcanzó todos los honores
que un hombre negro podía alcanzar en los años 50, en esa
ciudad racista y segregacionista que es Cartagena. Pero tras la muerte
de mi abuela Pilar, quien le dejó viudo con tres niñas pequeñas,
su espíritu de lucha y tesón murieron por completo. Fue
taxista durante muchos años y terminó sus días como
tramitador de pases. Su oficina ambulante estaba bajo el famoso palo de
caucho, tenia también el don de dormir de pie. Un día llegó
echando pestes porque, por quedarse dormido de pie bajo el palo de caucho,
le robaron la grabadora que tenia en la mano.
Su hermana Sila era planchadora y lavandera de la Escuela Naval, me cuenta
mi mamá que era impresionante ver como, utilizando una plancha
de carbón y usando almidón, dejaba perfectas y blancas las
prendas de los oficiales y suboficiales de la Armada Nacional.
Sebastián, el hermano de mi abuelo, fue una estrella de la guitarra
en la ciudad en los anos 20 con el “Trío Nacional",
gran amigo y compañero de Sofronín Martínez, es el
padre de Sebastián Herrera, próspero abogado que ejerce
aún en el edificio Banco del Estado.
Por su parte mi abuela Pilar, la mamá de mi mamá, era una
hermosa chica rebelde que usaba el cabello rizado, negrisimo y alborotado
por las caderas, vestia pantalones, fumaba tabaco y se subía a
los techos de las casas a elevar cometas con la brisa del mar, pero se
casó con mi abuelo a los 14 años y este la metió
en cintura. Él negro, ella blanquísima, tuvieron tres hijas
completamente diferentes: Mi tía y madrina de bautismo, Yadira,
docente y espiritista, es de piel blanca y cabello negro lacio, mi tía
Cecilia (abogada) es negra; Nuris mi mamá, es la menor y tiene
la piel canela y el cabello castaño. Mejor dicho, la familia Benetton,
tres combinaciones de color pa´ dejar contento a todo el mundo.
Cuando las vecinas del barrio Torices invitaban a Pilar a conversar con
ellas en la terraza, ella les respondía que no, que Suta no quería
que ella saliera si él no estaba. En el hogar ella era la reina,
e igual fumaba a escondidas y organizaba zafarranchos en la inmensa terraza
interna cantando las rancheras de Pedro Infante y tocando guitarra.
Mi abuelo era estricto pero generoso como el que más: se ganaba
150 pesos, una verdadera fortuna para la época, y dividía
su sueldo en tres partes iguales: 50 para la esposa, 50 para su mamá
y 50 para la suegra. Tenía también la hermosa costumbre,
perdida ya, de hacer servir a la hora de la cena el plato del viajero,
esto es que debía hacerse comida extra para reservarla a la persona
que seguramente llegaría de sorpresa sin avisar, y siempre había
gente entrando y saliendo de esa casa amable de puertas abiertas.
¡Torices! Qué hermoso barrio era entonces Torices... con
sus anchas y sonrientes calles de arena y sol, sus amplísimas casas
de altísimas paredes carcomidas siempre por la sal del mar. Con
columnas de imitación griega, elevadas ventanas de barrotes de
hierro y doble hojas cerradas con tranca desde adentro, y techos de placas
de barro y adobe.
En la calle de las Carretas, transcurrió la niñez y adolescencia
de mi madre, allí vivían cuando murió Pilar a los
28 años en un absurdo accidente de tránsito y allí
volvimos con una mano adelante y una mano atrás a pedir ayuda cuando
papá nos abandonó dejándonos en la calle. Tenía
yo 7 años y mi hermano Cristian 2, mamá estaba sin trabajo
y con la responsabilidad de dos hijos encima, tocó las puertas
de sus amigos de la adolescencia, la familia González y ellos,
sin dudarlo un segundo, nos dieron alojo gratuito y protección
desinteresada todo el tiempo que fue necesario. Nos metimos todos en un
cuarto: en una cama dormíamos mi mamá, mi hermano y yo,
y en la otra cama mi tía Cecilia con el tío Nacho.
Dos historias recuerdo especialmente de esa calle. En la acera de enfrente
de los González una muchacha murió súbitamente en
la flor de la adolescencia, su hermano estaba estudiando en Venezuela
y regresó al poco tiempo, consternado no podía creer la
muerte de su hermana, así que pidió abrieran la tumba para
ver el cadáver y cuando lo hicieron encontraron el cuerpo boca
abajo dentro del ataúd. La chica tuvo una catalepsia y fue enterrada
viva. La madre de la muchacha, enloquecida, se llevó el cadáver
para su casa, y lo enterró en el patio. Recuerdo esa casa siempre
cerrada e iluminada con bombillos azules.
La segunda historia es la de una vecina a quien llamaré Maritza.
Fue traída, niña aun, con engaños a Cartagena, era
una pueblerina hermosa, humilde y analfabeta y se le dijo que trabajaría
como muchacha de servicio en una casa de familia. En realidad fue llevada
a trabajar a la fuerza en una casa de putas. Con el tiempo tuvo dos hijas,
quienes desconocían el oficio de su madre, ella les había
dicho que trabajaba como obrera nocturna en una fabrica, y las tenía
estudiando en colegio de monjas. Cuando se supo la verdad en el barrio
y estalló el escándalo, las señoronas fundillo apretado
armaron una conspiración agresiva para hacerlas mudar del sector
y prácticamente todo el mundo les quitó el saludo. Mi abuelo
Suta fue tajante y vertical en su posición, no solo continuó
su amistad con Maritza, sino que además la respaldó y protegió
de los ataques moralistas de los hipócritas que deseaban hacerle
la vida imposible. El abuelo dijo a sus hijas que Maritza era mas buena
persona y más honrada que todas las señoras dizque decentes
del barrio metidas juntas en una licuadora, y les ordenó ayudarlas
y sostener con ellas una amistad que todavía permanece. Sin embargo
Maritza por el bien de las niñas, las sacó del país
y las mandó a estudiar a España, donde ambas terminaron
carrera y, apenas tuvieron con qué, mandaron por su mamá.
A mis 8 años vivíamos en los Caracoles, cuyo recuerdo más
fuerte para mi son las jornadas de racionamiento de agua, que duraban
varios días. Salíamos con grandes tanques de plástico
hasta la entrada del barrio para abastecernos con carrotanques que mandaba
la alcaldía. Un año más tarde nos mudamos para la
cuarta etapa del Nuevo Bosque, donde mi mamá montó un supermercado
de víveres que hizo historia en el sector, y que desapareció
por los continuos robos, tanto internos como externos, a los que fue sometido.
Familiares en problemas llegaban llorando para que mi mamá les
fiara comida y ella nunca decía que no, pues así es mi mamá.
Sobra decir que casi nunca le pagaban. Recuerdo por ejemplo, la noche
en que un grupo de chicos adolescentes llegaron a estafar. Pidieron varias
botellas de aguardiente y se fueron corriendo, mi mamá, que estaba
sola, alcanzo a agarrar a uno del cuello de la camisa, llamó a
gritos a los vecinos, nos dejó a mi hermano y a mi al cuidado de
la señora Victoria Sosa de Martínez, agarró un cuchillo
afilado y se fue sola con el muchacho a recuperar el dinero, ordenándole
a este que la llevase a las casas de sus amigos. Es que así es
mi mamá. Crecí en ese barrio bullicioso donde se vivía
y se moría a la vista de todos. Cuando alguno le pegaba a su mujer
toda la calle se involucraba. La golpeada se refugiaba en una casa vecina,
y desde la ventana le sacaba los trapos sucios al marido. Y si algún
transeúnte sugería llevar al agresor a la justicia era recibido
con una lluvia de pedradas. Ah… mis vecinos… eran ingenuos,
decentes y chismosos, vendían el voto y bailaban champeta, pateaban
a los perros y creían en Dios.
De vez en cuando se resolvía a trompá y patá el marcador
de un partido. La policía intervenía, las madres lloraban,
los condones se rompían y pa´ terminar de completar alguien
estaba matando los gatos. Las chicas se casaban de blanco (casi siempre
embarazadas, casi siempre felices) creían en el amor y obedecían
al marido. El marido era barrigón y hosco, tenía querida
y también creía en Dios.
Nuevo Bosque, llaga en la que fui feliz alguna vez, antes de la herida
del amor antes del dolor y las traiciones.
Viviendo en ese barrio mi hermanito se extravió en varias ocasiones
enloqueciéndonos a todos. Una noche, por pura maldad, se escondió
el sinvergüenza tras las nalgas de la señora Elvira quien
las tiene realmente gigantescas, mientras mi mamá, llorando, daba
vueltas por la calle preguntando por él de casa en casa.
A los 12 años tuve los dos primeros grandes amigos de mi vida:
Ariel “El mono" Olarte y Cesar Cepeda. Ariel soñaba
con ser veterinario y terminó siendo abogado. Cesar cumplió
su sueño de ser ingeniero y fue por años el más guapo
y el mejor partido del barrio. Los tres éramos el trío dinámico,
todo lo hacíamos juntos: ir a cine, a la playa, a montar en bicicleta.
Ellos me enseñaron que puedo tener con los hombres una amistad
pura y perfecta que, a diferencia de la que existe usualmente entre mujeres,
está exenta de chismes, traiciones y rivalidades. Desde entonces
la amistad con los hombres es la constante más importante de mi
vida.
Se que crecí en el mejor lugar del mundo. Si hay algo para lo cual
me ha servido vivir estos años en Europa es para agradecer de rodillas
venir del lugar de donde vengo, un lugar donde las personas viven con
el corazón en la mano, conectadas a la intuición, las emociones
y los sentimientos, donde tenemos relación directa y permanente
con la naturaleza y el espíritu natural y esencial de la vida.
En la ciudad de Colonia, el lugar donde estoy ahora por gracia de Dios
y del Demonio, nada de esto se da por descontado, para ejemplo sencillo
les diré que las piedras chinas, esas que están en todos
los parques y zonas verdes que conocemos, aquí en Alemania son
tan exóticas que las venden en los supermercados, empacadas como
raros objeto de decoración.
Nada queda ya de la amable, segura y embriagante ciudad en la que nací.
Mis amigos de la niñez asisten cada uno a su manera, melancólicos,
al naufragio de sus sueños.
Cartagena es cada vez más hedionda y peligrosa, contaminada e injusta.
Los cordones de miseria, prostitución, hambre y desesperación
crecen día con día geométricamente, burlándose
sarcásticos de las asépticas mentiras de las agencias de
promoción turística. Se multiplica, el estupro, la estulticia,
la rabia sorda que estalla por nada. Sé que no volveré nunca
a vivir en Cartagena, el mundo es demasiado ancho, los cielos demasiado
altos para mirar hacia atrás.
Cuando en mis presentaciones de poesía el público me pide
que les hable del lugar de donde vengo, contesto siempre una gran mentira:
les hablo de una increíble ciudad de fantasía, erigida por
los Ángeles para la eternidad, bañada por las blanquísimas
y perfectas arenas de un mar cristalino, acariciada por la sensualidad
de un eterno y embriagante verano, muy, muy, muy lejos de aquí.
Muy cerca de Dios.
Eva
Duran /// web site: http://laciudaddelaspalabras.blogspot.com/
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