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  ¿QUIÉN INVENTÓ EL DESCOTE?

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
leoquevedom@hotmail.com

La pregunta no la hago yo. La hace María Eugenia Caseiro en “Destierro de un sombrero” en la Revista Internacional Redyacción que se publica en Cali. Quizá no sepa yo el nombre exacto de los autores ni la época de este gran invento. Lo que sí sé es quienes se han beneficiado de hombros, frontis y ese punto que los modistos le han puesto a la parte superior de nuestras féminas: del “top”.

¿Qué es el escote, señoras y señores? Es la abertura más o menos amplia del vestido o de la blusa de mujer por donde sale a flote la cabeza, nuca, espalda y parte importante del lugar, donde se esconde un manjar que prueban con leche los infantes, que saborean con los ojos los hombres en la calle y que tiene la etiqueta amarilla de volcán en erupción.

¿Lo inventarían el elegante Dior, el creativo Galliani, los finos Cavalli o Valentino, el excéntrico Lagerfeld o la estrafalaria Ruiz de la Prada? Por supuesto que a ellos no les cabe semejante gloria. Cuando aparecieron en escena en pasarelas sus modelos, ya eran conocidas la casta Susana, la peligrosa Dalila, Salomé, la Magdalena, Safo, Cleopatra. ¿Fueron los pintores viejos como el Giotto, del Sarto o jóvenes como Miguel Ángel, Rafael o Velásquez quienes pusieron a infantas y palaciegas con escasas prendas a posar por días enteros? Tampoco, mi querido, Watson. Más atrás está la incógnita a esta búsqueda tan íntima y, por demás, ardiente y pasional. Viejos, jóvenes, filósofos, pintores, monjes, músicos, todos ellos sucumbieron ante el encanto que el escote apenas si escondía…

El escote, como queda dicho, ya lo usaba la amorosa joven de Magdala. El Rabí de ojos azules que todo lo veía, gozó cuando ella le lavaba los pies y se los regaba con lágrimas, reclinada, con el cuerpo hacia adelante. Para esa época no se usaba ni el corsé ni el sostén, ni mucho menos el minúsculo trozo aterciopelado que se usa hoy en playas y piscinas. Preguntemos a los levitas que reparten el pan en las iglesias y lo ponen en la lengua, por qué educan a la mujer para recibirlo de hinojos. Preguntemos al difunto Freud qué es más tierno en la mujer, más sexual, que la hendidura que parte en dos su pecho virginal. He ahí la respuesta, varón o fémina, que lees este texto.

Todos somos los creadores del escote. Hombres y mujeres. Porque a todos por igual nos interesa. A ellas, para lucir con justa vanidad uno de los adornos más preciados de que Natura dotó a las individuas del género admirado por faunos y no tan faunos. Y a ellos, porque no hay pasatiempo tan grato y confortante como pararse en una esquina a ver pasar muchachas y señoras con escotes redondos o en V, en yines o con falda hasta los pies, exhibiendo su busto y sus temblores sin pestañear. La fiesta es más cotizada, la comida es más sabrosa, la salida al bulevar es más agradable porque la mujer lleva su escote a mostrar y el hombre tiene ocupados sus ojos sin tener que pagar una propina más.

¿Está usted de acuerdo, o perdí mi tiempo dándole respuesta a la pregunta que, inocente, María Eugenia lanzó para que alguien la recogiera al rompe de su texto?

 
     
 
 
     
 
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