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Otro oficio ingrato

Por Julio César Londoño

Difícil encontrar una profesión más ingrata que la del escritor. Sobre todo los primeros 40 años. En esa etapa el pobre hombre debe leer los fárragos de la Antigüedad y los petardos contemporáneos: Asturias, Vargas Llosa, Benedetti, Fuentes, Saramago, Galeano, Allende, Cardenal, Nicolás Guillén y otros sociólogos que han logrado colarse entre los literatos gracias al buen manejo de algunos tropos y a la sensiblería de los lectores.

Pero lo peor de esta etapa es la invisibilidad. El escritor joven es desconocido porque no lo publican, y no lo publican porque es desconocido. Y como no puede vender su obra tiene que vender alguna otra cosa: libros ajenos, enciclopedias, motos, ollas a presión...

Algunos tienen más suerte y consiguen coloca en las agencias de publicidad, unos sitios glamorosos en los que el buen hombre escribirá, por un puñado de garavitos, sonetos a una esponja de alambre, abstracts científicos sobre la esbeltez y la absorción de ciertas toallas, loas a los detergentes, tiernas canciones de banco y guiones de 30 segundos sobre un producto que apenas se entrevé en medio de ráfagas de 'close ups' de nalgas doradas de muchachas en flor en una playa imposible.

(¿Pasará las nalgas de moda algún día? ¿Serán los senos la presa estrella del nuevo siglo? ¿Los hombros? ¿La espalda? ¿El cuello? Mande su opinión al mail que aparece abajo y participe en la rifa de un Porsche convertible que le permitirá raptar una de esas modelos doradas que venden carros para raptar modelos doradas).

Otros jóvenes, mimados por los dioses, alcanzan el parnaso de la televisión y se convierten en guionistas o parlamentistas de telenovelas, y amasan pequeñas fortunas escribiendo en la mañana los diálogos que recitará una diva efímera en la noche, o imaginando, en aras del raiting, la manera de resucitar al galán que mató la semana pasada. "Ya no seré Whitman ni Neruda –se dirán– pero quizá algún día sea rico y poderoso como Gaviota".

Otros reman en el fondo de las galeras de los periódicos escuchando los valses de la orquesta, las risas y el tintineo de las copas de las fiestas que hacen en cubierta hombres y mujeres que no escriben una línea pero se llevan la parte del león del negocio y arrojan huesos a medio ruñir a los oscuros remeros.

(Aunque conoció buenos tiempos, el redactor es cada vez más un escriba de pie de fotos. Traicionando su esencia –celoso del éxito de la televisión–, el periodismo escrito ha entrado en una suerte de esquizofrenia gráfica. Dentro de poco el diario no será tv ni periódico sino un engendro amorfo y frenético –eso sí, a todo color).

De mil jóvenes que se inician en literatura, 900 desertan hacia otras profesiones, 99 encallan en algunos de estos oficios seudoliterarios, y sólo uno llega a ser escritor. De mil escritores, diez alcanzan reconocimiento y notoriedad, y dos o tres de estos hacen dinero (aspecto a considerar porque, como anotó Grucho Marx, "hay cosas más importantes que el dinero, pero son muy caras").

Para los otros siete, empieza el calvario de los segundos 40 años. Las revistas y los periódicos les publican hasta sus estornudos (ya son "firmas": los publican porque son conocidos y son conocidos porque los publican) y el hueso ruñido cae acompañado de una aceituna; los que antes no les pasaban al teléfono ahora los llaman; no pasa un día sin que los inviten a disertar sobre "Semiótica y Guerra", "Literatura y neoliberalismo" o "Poesía y microchips" con honorarios poco honorables; en la calle muchas personas los detienen y les dicen que su obra es "muy interesante". La mayoría de estos 'admiradores' son poetas embozados que en las primeras de cambio les asestan a estos buenos hombres una resma de poesía inédita e ilegible.

Los dividendos siguen siendo exiguos, como los tirajes, pero aumentan las exigencias sociales, los amigos pretenden que el exitoso escritor pague las cuentas, y toda la parentela pobre hace fila para sablearlo.

Con todo, hay que seguir adelante, pensar como Emiliano Zuleta, cuando le preguntaron cómo le había ido a él con la música. "Muy regular –contestó el autor de La gota fría–. Pero me habría ido peor si los empresarios hubieran sabido que yo estaba dispuesto a pagar por hacer música".

Sí, un oficio ingrato este de la escritura, pero necesario, casi tan bello como la gimnasia rítmica y no menos importante que el oficio del sacerdote, del médico, de la modista o del zapatero. A él seguiremos consagrados hasta el fin algunos tercos, así no vuelvan a caer a nuestros pies el hueso ni la aceituna.

 
     
 
 
     
 
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