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ÚLTIMO
VIAJE A LOS OJOS DE ARIADNA
Por
Alfredo Vanin
I
Las
astromelias han fenecido en la gruta de los desencantos futuros. Algún
día -en el que seré otro- volveré a contemplar esta
bahía cruzada por los relámpagos surgidos más allá
de nuestros recuerdos de transeúntes, cuando los encuentros poseían
intacta su ilusión de trenes que aullaban sobre islas secretas.
Intento ahora la lenta destrucción de imágenes que pretendían
persistir por encima de las bataholas y llenarse de destinos amargos.
Pero no, Ariadna (o como usted se llame en esa fortaleza inútil
que pretende erigir como absoluto), ni siquiera la risa descolorida de
los payasos podría ahora detener el fervor del desencuentro.
Tejer telarañas es oficio de sabios, igual que bucear en el reino
de las sirenas escondidas como homenaje último a un deseo que despertó
en la infancia de los rudos templarios.
Y usted no era experta en ardides ni yo había sentido este viento
que golpea ahora en mi mesa, con ese rebrillar de olas en el plano justo
de los barcos que partirán mañana con su carga de paraísos
intocables.
Quizá allí, en el fondo de las escotillas, se volverán
a tender las garras de la muerte contra los polizones para dejarlos a
la deriva en mares por mí desconocidos.
No detengo ya el tiempo necesario para los golfos y los tragafuegos. La
última negativa presidió la muerte de los buscadores del
vellocino de oro de la noche, solos en la ilusión de la nostalgia
madre, extrañamente atados a un templo destruido por el rito nuevo,
cuando el dios sediento ha vaciado los cálices.
Pero no es mi intención la de volver sobre los pasos perdidos.
Los recién nacidos librarán otras guerras y las estafas
claudicarán en sus reinos. Lo digo ahora, en este aparente amanecer
iluminado por oscilantes luces rojas y verdes, propicias para iniciar
cruzadas y saqueos.
No será ésta, entonces, una carta que el habitante de la
isla desierta arroja al océano; antes de entrever siquiera las
sinuosas costas de los continentes lejanos, se destruiría contra
los acantilados.
Las lentas lloviznas empiezan a trazar líneas tornasoladas sobre
la frente de los que se despiden sin mirar una cara que podría
ser la del destino.
Mis voces son ahora soberbias, desde que usted inventó la fuga
hacia los ecuadores difíciles y yo inventé las ternuras
de los leopardos.
Juego ahora a la condición de los piqueros; mi vuelo sostenido
convierte las calles en tableros de un ajedrez que enfrento sin contendores
posibles, sobre todo porque alguna secta de bebedores de fortuna conservará
sin aspavientos los vendavales en los que sumerjo los remos del futuro,
tal vez estremecidos por la súbita verdad de las bestias de Patmos.
Pero no se borran del todo los expedientes de la gracia. Usted no tenía
nombre, hasta cuando tomé en mis manos el trabajo de inventarla,
de crearle, con obstinación de fenicio, un rostro y un destino
que usted ahora reclama como suyos, con sus mutaciones y sus fósiles.
Ha llegado ya al límite impuesto por sus propias máscaras.
No pretendo por lo tanto multiplicar ausencias, magnificar el pobre cielo
en el que rondan los oficiantes del desastre. Sé que alguien calmará
la sed de Tláloc, premonición que crece a medida que aumenta
su fervor por los juguetes de oro.
Por eso, frente a esta bahía y esta mesa, transformo mis halcones
de papel en ágiles y soberbios guerreros dirigidos hacia los meridianos
donde esperan los trazos de la espada que prefiguran la mayor de las glorias
o la muerte.
Verdad irrecusable que defiendo con escarchas de adioses y con las alas
de los murciélagos fosforescentes.
Con mis torpes designios, enfrentaré a los jinetes de la ira.
Así elaboro el duelo y bebo en su nombre, Ariadna, un ron a prueba
de naufragios y catástrofes.
II
Y
hasta los desaparecidos desaparecían.
Alfonso Romano de Sant´Anna
Las
argucias remotas, las que inventabas cada vez que era más evidente
el pacto de los cuerpos, finalmente ganaron su batalla. Todo ocurrió
de la más prodigiosa manera, tal como cabe en una época
de tantos ojos que desparecen.
En medio de incontables palabras, luego del fervor de cada día,
nos daba por escuchar en lo más hondo de la noche las canciones
reptilianas que se ajustaran a una negativa; o rastreábamos los
poemas mutantes que dejaban deslizar en sus escondidas atmósferas
el rostro cincelado de una fuga o de un abrazo, los polos opuestos de
tu esquiva presencia.
Al final, los dioses decidieron echar por tierra los viejos resquemores,
como podrías leerlo en esta carta, si por algún extraño
incidente las agujas imantadas del tiempo giraran hacia tus islas de sacerdotisa
nilótica.
Sé que no construimos las citas desde el asiento del turista. Sé
que nos rodean ballestas y arcabuces, que los más fríos
mercenarios rondarán mucho tiempo en busca de sus víctimas,
con los ojos cubiertos por un halo de sangre, de muerte pregonada.
Cada pueblo que descubríamos parecía manchado por las hecatombes;
éramos por lo tanto sombras postergadas, con el temor de algo o
de nada, en el perpetuo estado de sitio que nos hace sentir a todos vulnerables,
cruzados por dos fuegos. Por eso intento sopesar tus negativas y tus adioses
fantasmales (hasta el último, hasta el más palpitante) en
la dimensión exacta de sus implacables dialécticas. Tras
un beso ocurrían tantos desencuentros, que en nada envidio a los
fluyentes ríos de Quevedo, en desmedro de las estelas trajanas,
aquellas que la gloria inventa para perpetuarse...
Siendo justos, no debo dejar de lado el color de esas tardes brumosas
en las que, visible contra el lento crepúsculo, tu mano rodeaba
la copa y parecías ofrendarme tu cuerpo. Estabas allí pero
a veces no estabas, disparada hacia las tareas próximas que parecían
incumplibles en nuestra misión de noveles cronistas, tejedores
de ealidades que llegaban al clímax y luego parecían hundirse
bajo tierra y nuevamente renacían, como las fuentes de agua de
las historias embrujadas.
En realidad sufríamos -y seguimos sufriendo- los caprichos de unos
virreyes díscolos. Y sé que pese a tus aires de mujer libre,
temías transgredir ciertas convenciones, y era cuando más
deseabas que el mundo se derrumbara en un sólido estropicio. Sin
embargo, eras altiva ante lo injusto, ante las frías mentiras de
los domadores de la muerte.
A pesar de lo gris de esos últimos días, sentados en una
mesa contra las barandas del Mesón del Muelle, con las frases ondulando
en la tarde, frente a los tintes anaranjados del horizonte cruzado por
las líneas del viaducto, no me permitiría olvidarlos sin
sentirme demasiado culpable. ¿No fue allí donde por primera
vez se oyeron los disparos de anuncio cuando llegaban los nuevos conquistadores,
encargados de meter en cintura cualquier desaire contra el orden que ellos
mismos impondrían a sangre y barro, dispuestos a desaparecer del
planeta todo lo que tuviera trazas de desviarse de sus designios, en complicidad
con los poderes del cielo y de la tierra?
Allí al menos pudimos repasar los poemas, sentir las músicas
isleñas que nos caían por todos los costados como granizadas.
Esos días marcaron con irónico resplandor el punto final
de algo y el comienzo de esta endemoniada soledad que al fin dará
rumbo a mis brújulas.
Si el dios de los desahucios existiera, habría nacido en un día
como ésos, con el verano cruzado por lluvias sutiles; si pudiera
existir, tendría finalmente tus ojos... Esos ojos que siguieron
el vuelo de los pelícanos contra el fondo inmóvil de los
barcos y los pescadores solitarios, a mi lado, pitonisa de los augurios
acuáticos, quimera de senos precoces en los que bebí la
miel y el desamparo, sirena devuelta ahora a la casa terrestre de los
antepasados.
No creas que me ligo demasiado al desastre; los amigos que frecuentábamos
llegaban de cuando en cuando a esta mesa con nuevas noticias de desmadres
y asaltos ocurridos a tan pocas leguas, y nos hacían sentir lo
efímero de nuestros propósitos, lo injustificado de nuestro
afán por tener unas cuartillas a punto para que horas después
voces desconocidas les dieran vida en alguna cabina condenada de antemano
al desaire.
Los amigos querían partir, mientras nosotros nos aferrábamos
a este corredor costero con la terquedad de mirmidones negros. Más
allá también la guerra se erguía inclemente con los
brazos manchados, más allá también navegaba el ruidoso
tren de las desapariciones. Salvo que aquí todo parecía
más cercano, espada incierta sobre cuellos todavía no elegidos.
Detrás de esas ceremonias estaba la razón profunda de ser
de donde éramos, de haber corrido tras un ave playera y haber jugado
a guardianes y a libres. Ahora los niños se alinderan en bandos
simbólicos que tienen como única misión la de aniquilarse...
Digo que al fin y al cabo no estás lejos, que si no vienes se debe
a la profunda razón de sobrevivir y perdurar sobre el caos, aunque
el impredecible péndulo de tus abrazos-negativas siga teniendo
peso y color en esta mesa cruzada por fantasmas, donde es fama que muchos
bajadores de estrellas llegaron desde lejos a recalar sus perplejas fatigas
¿Qué era entonces lo que nos unía por encima de las
zozobras y los desafíos?; ¿los viajes por las ensenadas
violentas, la bruma de las mañanas o el misterio seductor de una
calle que lleva ahora tu nombre, como tributo a tu partida inútil?
Mi derrota más profunda emerge del convencimiento de que ahora
sólo podré escribirte una carta que jamás leerán
tus ojos y ni siquiera -¡oh fervor de invencibles cachorros!- mancharás
con una lágrima ligera en alguna pausa de tus itinerarios apartados
de mí.
Esta carta viajará por corrientes desconocidas y tendrá
la carga de melodrama suficiente para conmoverte. Aunque una vez sitiadas
las ciudades, hasta las estatuas perecen. Las estatuas que sirvieron para
conmemorar en su momento un destino heroico o una ofensa impgable...
Sólo que ahora, Ariadna, o como en realidad deba llamarte, eres
sustancia desconocida, patria de lluvias acumuladas en memorias ardientes,
con la certeza de que tus piernas no caminarán hasta aquí
ni volverán a abrirse para recibir mi sed de antiguo galeote.
La tinta sepia del olvido que finalmente me invade en esta mesa la convierte
en tierra extraña ahora para quien tanto la frecuentó en
mejores días. Gocé cada minuto posible, bebí cada
frase de tu voz cadenciosa y a veces tan dramática. Creo que en
el fondo de tus subterfugios hacías otro tanto.
No queda, entonces, motivo para tardíos reclamos. Esta carta es
todo menos un reclamo; es por el contrario la renovación de los
milagros, es deseo vencido y nostalgia de corazones alejados de su antiguo
fervor. Si hay algo de lamento en ella, obedecerá tal vez a la
cruda veleta del tiempo que giró hacia el holocausto dispersándonos,
enviándote a oficios de encierro, dejándome solo mientras
escribo un último homenaje a tu amor extinguido.
La brisa es fuerte todavía. Los murciélagos pescadores cruzan
raudos como latigazos sobre el agua oscura. ¿Recuerdas la oración
de los vampiros que elaboramos para que los señores de la noche
fueran nuestros cómplices? ¿Recuerdas el ratón blanco
de marfil que me obsequiaste en algún reciente cumpleaños,
en homenaje al poema de Montale, que tanto repetíamos?
El mar se adivina encrespado y brumoso, ese mar nuestro, irremediable.
Y del lado de acá, la botella de ron disuena con la otra, con la
oscura botella preferida por los herbolarios. Es allí, en su vientre
discreto, en donde irá esta carta y luego -sellada como debe serlo-
será arrojada al mar, a una navegación errática,
digna de historias antiguas, así su iridiscente vidriaje haga tierra
en los arenales cercanos o se destroce en los acantilados del norte.
De todos modos, algún asombro causé en la joven mujer que
oficia aquí de camarera; se acercó como siempre a preguntarme
si esta noche prefería el ron o la fría cerveza y, como
en los boleros de otros días, preguntó por ti. Le dije que
te habías ido de viaje, que de todos modos era imposible que estuvieras
conmigo porque la vida te había asignado otras tareas y los gnomos
de los bosquecillos te habían guardado en sus castillos.
Todo estaba dado para que empezara a escribirte esta carta que navegará
hacia el pasado, del que tengo ya un vago rumor. Y tal vez también
yo navegaré en cada línea en busca de tus ojos de medusa.
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