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Sobre
la necesidad de exorcizar a Dios
Julio
César Londoño
Los
que miran por encima del hombro las religiones ignoran que ellas juegan
un papel central en la mecánica de las sociedades; que contienen
lecciones y normas de conducta indispensables para el buen curso de la
convivencia social; que han proporcionado a las artes y a la filosofía
algunos de sus mejores temas; que conforman una cosmología de creación
colectiva, proporcionan al individuo los elementos para la práctica
de una teoterapia confortadora, y hacen parte importante de los rasgos
culturales que configuran la identidad de los grupos humanos.
Los inconvenientes que conllevan las creencias religiosas –guerras,
intolerancia, oscurantismo, traumas psicológicos, charlatanería,
palos en la rueda del conocimiento– son tan conocidos y gravosos
que es innecesario insistir en ello.
La cuestión es: ¿será posible hallar un equivalente
ético de la fe? ¿Es posible conservar los elementos estéticos
y enaltecedores de las religiones y desechar sus lastres? ¿Podemos
gozar de la belleza y la catarsis del rito sin necesidad de salir a matarnos
por él?
La idea no es descabellada. La historia nos ofrece varios ejemplos de
pasiones sublimadas, de demonios domesticados. Los grandes personajes
de la literatura, por ejemplo, alcanzan dimensiones francamente mitológicas
y se los cita como fuente de sabiduría e inspiración pero
nadie los considera infalibles, ni se sabe de lectores del Quijote que
hayan incendiado las casas de los lectores del Fausto; después
de Hiroshima aprendimos a usar el uranio y el plutonio para iluminar las
ciudades, no para borrarlas; algunos países conservan los protocolos
reales –y los aprovechan como factores de cohesión nacional
o señuelo de promociones turísticas– sin necesidad
de soportar las infamias de la monarquía; los deportes exigen lealtad,
disciplina y heroísmo, y satisfacen la pulsión de aventura
de esos pacíficos guerreros que los practican, pero han prescindido
sabiamente de los horrores de la guerra.
¿Qué tienen las religiones que polarizan la opinión
más que el deporte, la política, la filosofía o el
arte, y tanto como el oro, ese ídolo universal? (Quizá la
vista de una peligrosa conjunción –oro y religión–
fue lo que trastornó a Moisés cuando descendió del
Monte Sinaí con los Diez Mandamientos aún frescos y encontró
a su pueblo adorando el becerro que Aaron había fundido con los
zarcillos de oro de las mujeres. Piedro, el tartamudo líder de
los hebreos quebró las tablas del Decálogo e hizo pasar
a cuchillo 23 mil idólatras).
Sería deseable que todos fuéramos como la señora
que me contaba, sin aspavientos, que cuando tenía “un lugarcito"
se metía al primer templo que encontraba –iglesia, sinagoga,
mezquita o pagoda– para hablar con Dios.
Sí, sería deseable que aceptáramos, como seguro intuía
ella, que los dioses no son entidades de contornos muy definidos sino
el nombre que le damos a una oscura y antigua ansiedad metafísica.
Si aún no sabemos con exactitud qué es un átomo,
¿quién puede saber qué es Dios, qué le molesta,
o cuál es la ofrenda capaz de dibujar una sonrisa en su rostro?
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