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EL
CÁLCULO INFINITESIMAL Y EL NIÑO RUSO
A menudo pensamos que si no lo hubiera hecho uno lo hubiera hecho otro,
y esto sobre asuntos que han tenido alguna importancia para los hombres.
Hay muestras de todo color en las historias de la ciencia y del arte para
ilustrar esta cuestión, siendo una de las más señaladas
la del cálculo infinitesimal, cuyo invento unos atribuyen al inglés
Newton y otros a Leibiniz, el alemán.
Los gombrowiczidas hispanohablantes bien sabemos que el primero que puso
en español una obra de Gombrowicz fue Gombrowicz mismo, con la
colaboración magistral del comité de traducción del
café Rex que lo ayudó a trasladar a nuestro idioma el inmarcesible
“Ferdydurke”.
Sin embargo, hay que decirlo, existe otro gombrowiczida que compite con
el mismísimo Gombrowicz en el invento del cálculo infinitesimal
de la literatura, es decir, en la traducción de sus obras: el Niño
Ruso.
Supe
algo de él cuando Gombrowicz andaba buscando desesperadamente un
traductor para poner en español el “Diario argentino”,
y nos hacía conocer en sus cartas su preocupación.
“En cambio no haces lo que debieras hacer, es decir, mandar un ejemplar
de “El casamiento” argentino a Sergio Pitol, México,
como te decía en la anterior”
En “El Viaje”, una obra espléndida de Pitol, un amigo
de la niñez le pregunta cómo se llama: –Iván;
–¿Iván qué?; –Iván, niño
ruso
“Los problemas de mitomanía me duraron unos cuantos años,
como defensa ante el mundo (...) La única excepción fue
la de mi identificación con Iván, niño ruso, que
aún a veces me parece auténtica verdad.”
Cuando
andaba detrás de la publicación de mis cartas a Gombrowicz
me daba consejos. “Tienes que hacer ejercicios, desprenderte del
ego, al menos un poquito, para bien del libro, de Gombrowicz, de los académicos
y de los lectores”
Por las mismas razones que a Gombrowicz a mí me gusta discutir
con la gente de modo que algunas veces me veo obligado a buscar argumentos
para contrariar a los demás. Estaba dándole vueltas a la
cabeza a ver cómo podía atacar la actitud bondadosa y caballeresca
del Niño Ruso.
“Siento algo de inquisidor en tus preguntas. ¿Por qué
no mencioné la muerte de Gombrowicz en mi diario de Escudillers?
Tal vez no lo supe entonces. En España fuera de un puñado
de intelectuales nadie sabía de la existencia de él. Y la
muerte de alguien que no existe en mi entorno más íntimo
me parece natural, es el ritmo final de la comedia humana, y está
muy cerca de nuestras raíces mexicanas. Me parece que el único
autor cuya muerte me dolió fue la de Thomas Mann, cuando era yo
muy joven”
También
me empezó a llamar la atención cuando motejé a Rita
y se me dio por llamarla la Vaca Sagrada.
“Me permito decirte que hay algo que no me gusta de tus cartas,
la manera como te expresas al tocar a Rita G. Fue su compañera,
su enfermera, su lazo con el mundo y con la vida en los últimos
años. Él la eligió. Aún ahora continúa
trabajando para que la obra de Gombrowicz no se pierda. Si también
tiene ganancias de esa obra, eso es lo que menos debe contar”
“Y si declara que tenía relaciones con otros, es explicable,
por las discordancias de edades, por la enfermedad y por las características
difíciles de Gombrowicz en cuanto al sexo. Y, sobre todo, porque
en los años sesenta en Europa y creo que en todo el mundo, fueron
absolutamente disolutos, libertarios, anárquicos, cargados de una
intensidad erótica soberbia, y un acto sexual no tenía la
más mínima trascendencia. Era como tomar un vaso de agua”
No
nos poníamos de acuerdo ni siquiera en qué cosa era La Fragata.
Una tarde de Buenos Aires en el Hotel Crillón le digo al Niño
Ruso: –Sí, fue terrible para mí, su “acaso era
posible prolongar indefinidamente ese jueguito nuestro en la Fragata?”,
me envenenó; –Pero, ¿por qué?; –Y, bueno,
imaginate, las conversaciones que yo tenía con él en la
Fragata eran todo para mí; –Pero, ¿cómo, la
Fragata no era una señora que ustedes se disputaban?; –No,
hombre, no, era junto al Rex el lugar donde se había desarrollado
nuestra amistad; –Mira, hasta hoy pensé que era una señora.
Después de haber recibido unos cuantos gombrowiczidas me tira otra
vez de las orejas, pero muy afectuosamente
“Entrañable
Goma, Soy afecto de las Gombrowiczidas, personaje algunas veces y también
crítico de tu incomprensión del Gombrowicz de Vence, famoso,
deprimido, enfermo, lejos de Polonia y Argentina. Lo conociste de una
manera radiante y no le perdonaste, ni aún lo haces, que no fuera
siempre así. El derrumbe de la amistad tenía que suceder.
Fue amargo y cruel porque le exigiste lo imposible. Eres fenomenal cuando
escribes sobre Gombrowicz y la literatura y la excentricidad de ese hombre
único que de repente llegó a Buenos Aires para vivir largos
años. Me encantó lo que escribiste últimamente sobre
la pasión por Thomas Mann”
Esta
historia verdadera del Niño Ruso y el cálculo infinitesimal
empezó en una época remota, hace cuarenta años, con
una carta.
“Un día el cartero me entregó una carta procedente
de Vence, una población del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz.
¿Se trataría, acaso de una broma? Me resultaba difícil
creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos
y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por
un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué
anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como todo en
la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba
que alguien había puesto en sus manos la traducción al español
de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había
parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él
en la traducción de su Diario argentino...”
NIÑO RUSO: Sergio Pitol
VACA SAGRADA: Rita Gombrowicz
ORATE BLAGUER: Enrique Vila-Matas
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