Saudade

Por Eva Durán

 
     
 

Mi abuelo Suta me visita en sueños (no tiene mas de 30 años, está lleno de luz, plácido y hermoso como el amanecer en los brazos del único hombre que me ha hecho feliz)

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Mi abuelo Suta me visita en sueños (no tiene mas de 30 años, está lleno de luz, plácido y hermoso como el amanecer en los brazos del único hombre que me ha hecho feliz)

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Me pregunta por sus hijos. A Cecilia – me pide- dile que nunca he dejado de quererla.

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- Tienes 22 años de muerto, abuelo – le digo -, y entonces le abrazo y le cuento de ti, que eres terca y mandona como él, de tu voz que me llega al alma, de tus cabellos rizados y llenos de miel. Contarle que mamá sigue siendo buena, que el trabajo mal pagado, la soledad y  el dolor le han hecho fuerte, que el abandono no apagó su risa, y que aún cree. Que a los cincuenta sigue siendo la misma niña dulce y crédula que él de madrugada sacaba dormida de la cama, envolvía con una ruana y llevaba a comer peto y casabe a las faldas de la Popa. Él era taxista nocturno, y al terminar la jornada en la madrugada llegaba a casa, encontraba a sus tres niñas apelotadas en su cama, solas, esperándole. Y él las despertaba, les hacía el desayuno y las llenaba de besos. (Pilar se le fue a los 28 en un accidente de tránsito, dejándole tres bebés y el ritual de emborracharse hasta la muerte clamando su nombre).

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Decirle que Yadira se ha empequeñecido, que es espiritista como yo, que al tiempo es sabia y malgeniada, transparente y generosa, que su hijo estudia medicina, y que es abuela.

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Que Cecilia pelea como siempre y jode como nadie, que renunció para siempre al amor, que es fanática del béisbol y de la Club Colombia y que ebria, aún le llora.

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Que Nacho, el niño de sus ojos, el que dejó de 12 heredándole solo su maletín de tramitador de pases de conducción y su cepillo de afeitar, está huyendo. Que aún es silencioso y pensativo, que aún se demora una eternidad para comer, y que ni el dinero ni el estatus, ni las muchas mujeres que conocieron su cuerpo supieron calmar el vacío desesperado de su corazón; decirle que Nacho está lejos pero más cerca que nunca y que en mi cumpleaños encendimos las quince velas que lo traerán a casa de regreso.

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Le cuento entonces, que me fui hace mucho de casa, que olvidé las canciones militares que me cantaba hasta dormirme, que llevo conmigo un ala rota, pero que esa herida, que a veces duele, es lo más bello que poseo en la vida. Y le confieso que siempre, siempre, en cualquier ciudad donde me encuentre, llevo casabe en mi maleta.

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Le digo que pasamos su cuerpo de la fosa prestada, a una pequeñita y propia bajo una palmera, que Yadira le colocó flores de plástico y tres jarrones de plata. Y que el montoncito tímido de huesos que ahora es, revueltos con Pilar y con mi hermano, descansan bajo un corazón de mármol que dice que le amamos, y que pronto nos veremos, en esa pradera luminosa donde él nos espera, donde no hay oscuridad.

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