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  ARMA DE DOBLE FILO

Por: Renandarío Arango

Acaballado sobre un montón de ideas buscaba traicionar sus recuerdos.
Si de recordar se trataba, siempre fueron los recuerdos más amables, y los exitosos, los que se tenían en cuenta, de los otros no había, no sentía el valor para avalarlos al nivel de su propia realidad.

Las ideas las copiaba de cualesquier parte, ya fueran impresas o sacadas del internet, rebuscadas, recontadas o tomadas de otros. No desistía en presentar una imagen de persona inteligente, activa, dueña de ese caudal de imaginación que le permitía insospechadamente ser visto como alguien de prestancia, o de alguna relativa importancia, con viejos láudos de poca monta y origen raro.

Minimizaba con desprecio las labores manuales, de las de donde los otros pergeñaban un sustento, pero no escatimaba excusas para ser un copartícipe constante de sus jolgorios, en donde su único aporte se limitaba a su presencia.

Hacía con su silencio, una mofa disimulada de aquellos a quienes bien o mal calculaban sus irrisorios presupuestos, durante los ágapes improvisados; para él de alguna forma, sólo le bastaba medio tentarles por el lado de la solidaridad con el artista, para encajar así, muy buenamente dentro de la generosa cuota voluntaria de los demás, de la cual se lucraba descarada, voluminosa y maliciosamente, esquilmando siempre para sí la mejor parte.

Acudía con calidez ferviente donde se escanciaran licores, se formaran conciliábulos o se establecieran reuniones; para el caso, mantenía al día y muy presente, todas y cada una de las celebraciones, las conmemoraciones, ceremonias, homenajes, cocteles e inauguraciones de turno.

Infaltable en los bailes o fiestas de los conocidos, o de los conocidos de los conocidos, en donde el nunca era desconocido, aunque no fuera bienvenido.
Su mejor y bien lograda estrategia: la lisonja, repartida en dosis de proporciones adecuadas a los egos del interlocutor de turno, dejando de reserva algún gracejo de grata recordación o de momentos compartidos, donde la importancia del hecho se abultaba al volumen y capacidad de digestión inmediata del lisonjeado.
Diligente atentísimo, como paño de lágrimas, de las parejas despechadas de los amigos o conocidos, en donde sin faltar confidencias compartidas, las capitalizaba a su favor, como bucanero de faldas en apuros, agregando a su caudal de conquistas, las víctimas de sus manipulaciones por ambas partes.
Fogueado en aventuras espurias, trasgresor de ilusiones, contrabandista de la ética y titiritero de ideas sustraídas, rumia sus nímias derrotas en un pesado silencio; en donde esa triste vida aún le queda fácil, con el caudal de seudoamigos, renuentes a no dejarle morir esa acostumbrada y alcahuetera limosna de compasión vitalicia. La verdad, su verdad, fue y será para siempre, un arma de doble filo.

 
     
 
 
     
     
 
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