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BORGES Y EL INFINITO
Por Harold Ruíz
Paz - Colombia
Borges y yo
(...) hace años
yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías
del arrabal a los juegos con el tiempo y el infinito pero esos juegos
son de Borges ahora y tendré que idear otros (...)
J.L.B.
Durante
una semana se arremolinó en mi memoria el título de una
conferencia que por nada del mundo quería perderme: “Borges
y el Infinito”, conferencia que sería perpetrada por un matemático
en un simulacro de paraíso borgiano: La Biblioteca “Mario
Carvajal”, de la Universidad del Valle. La curiosidad de ver los
nexos entre Borges y el infinito, desde el punto de vista de un matemático,
me produjo una náusea pre-suicida. El día anterior a la
conferencia, alrededor de la medianoche, me levanté sobresaltado
a causa de un sueño en el cual mi cuerpo caía al vacío
y nada detenía su errancia. Un sudor parecido al esmegma de las
ninfas bañaba mi cuerpo. El corazón me tañía
como si quisiera destrozarme el pecho y no sabía qué hacer
con mi lengua que parecía un confite de hiel. Al no poder conciliar
el sueño, la idea de infinito se apoderó de mi mente y el
insomnio estableció en mi pensamiento su reino de lentitud y terror,
y pude hallarle sentido a una frase que se había impreso indeleble
en mi memoria tres meses antes: “Aún no comprendo por qué
al pensar en la palabra infinito no expiro o me sorprende el rayo de la
locura”. Ahora que la examino con minucia, idéntica aseveración
podría aplicarse al estribillo, al mantra Borges.
Varios días después de haber tenido lugar la conferencia
no me desamparaba el asco que me produjo tan inusitado incidente y mucho
menos cuando me desencadenó un fallido episodio suicida. Tal vez
al atosigarme con las lecturas Borges, y entrecruzarme con sus esbirros,
terminé transfigurándome en víctima de una de sus
obsesiones: el Aleph.
Después de la conferencia leí varias veces el Aleph, pues
en el transcurso de ella lo vi, o creí verlo o quizá sólo
lo soñé. Mas no era idéntico al alucinado por Borges.
Esta experiencia me hizo pensar que, al parecer, podrían existir
universos contiguos o disímiles al que alucinase Borges, luego
de que Carlos Argentino lo sugestionase mediante un extraño ritual.
O simplemente fue el mismo Aleph y cada sujeto, predestinado para tal
delirio, retiene lo que quiere retener. Lo que me ocurrió, así
me lo hizo suponer:
Llegué al aquelarre quince minutos antes; junto a una mesita se
hallaba el conferencista repasando sus pesquisas sobre Borges y el infinito
(ahora conjeturo que “Borges y Dios” habría sido un
título más apropiado); me senté en la parte de atrás,
flanco izquierdo. En el piso de abajo una exhibición de piezas
precolombinas de oro y barro, hallazgos óseos, mascaras, utensilios
de madera y piedra y una efigie, mitad hombre-mitad fiera, de alrededor
de dos metros de altura, que parecía mirar a todas las direcciones
con llamativos ojos de fuego. Cualquier sujeto supersticioso habría
afirmado que albergaban vida.
A las cinco de la tarde no apareció Julio César Silva y
tuve que ceder la silla que ferozmente le guarecía de la cuadrilla
matemático-literaria. Julio César era mi compinche en la
universidad. Había nacido en Bogotá y desde el comienzo
de su adolescencia se había venido a vivir a Cali. Estudiaba literatura
y se autodenominaba el poeta gris. Pocos minutos después de haber
cedido la silla que estaba destinada a mi amigo, advertí que ni
el milagro de convertirse en un ser etéreo habría servido
para formar parte de la turba transpirante que atosigaba el lugar y, no
obstante, una aglomeración de engendros forcejeaba por colarse,
como si algo trascendental en sus vidas dependiera de ello. Entre parpadeo
y parpadeo, un asco efervescente, big-bángnico, se fue adueñando
de mí y tuve que apelar a los números para empezar a vomitar
mi superávit de veneno y más aún cuando me di cuenta
que la gragea que tomaba para hacer tolerable este tipo de situaciones
se me había quedado en casa. El conferencista me pareció
un buen blanco: cincuenta y dos años malgastando el aire del planeta,
un metro cincuenta y seis punto dos centímetros de espejismos intelectuales,
cincuenta y nueve kilos de aporías, treinta y cinco centímetros
de cabellera pseudo-wayúu, ocho traumas freudianos y un decálogo
de gargarismos lingüísticos se me antojaron en aquel golem
de las matemáticas, funcionario del infinito y de los juegos de
palabras con los que Borges, haciendo gala de su “perversa costumbre
de falsear y magnificar”, labró espejismos sobre el tema.
A los pocos minutos de haber dado comienzo a su faena especulativa, debí
controlar mi vértigo aferrado a la silla tambaleante del escepticismo
y la desazón.
“La matemática, al Igual que la literatura –regurgitaba
el conferencista- se sirve de un conjunto de metáforas y metonimias
para expresarse. En este sentido, son semejantes los recursos que utilizan
un literato y un matemático. Además, son célebres
los escritores que han recurrido a las matemáticas para la construcción
de sus relatos: Dante, Goethe, Nietzsche, Bretón, Valéry,
Poe”
¡Cuántos enunciados tan magistralmente rumiados!, pensaba
yo, mientras miraba al baboso de mi flanco izquierdo quien estaba paralizado
como por un hechizo ante los sofismas que desembuchaba la tosca reencarnación
de Pitágoras, quien no paraba de transpirar y salivar argumentos
y ejemplos, engalanados con un reír algebraico:
“Con base en las conclusiones elaboradas al cabo de diez años
de investigación sobre el tema, creo que ha sido Borges quien,
con célebre maestría, ha establecido los mejores puntos
de contacto entre el discurso literario y el lenguaje matemático,
ante todo en el Aleph, la Biblioteca de Babel, El Libro de Arena, Funes
el Memorioso y Avatares de la Tortuga”. Poco a poco, en mi mente
fueron desfilando y apretujándose, como subordinadas a una rumiación
maldita, las ideas sobre el infinito: la historia del infinito, el infinito
potencial, el infinito actual, el infinito absoluto (Dios), un infinito
más grande que otro: el aleph cero, el aleph uno, el aleph n. Infinitos
infinitos, un infinito más infinito que otro, un finito infinito,
una biblioteca infinita, un libro infinito, Cantor y su pretenciosa búsqueda
del infinito, el big bang inflándose y desinflándose de
infinita manera, el punto de fuga, la infinita perversidad humana y, como
era de sospecharse, la demostración que hacen los famosos sabihondos
de la filosofía del infinito como tara de Dios: Aristóteles
y san Agustín, Santo Tomás de Aquino y Nicolás de
Cusa... Al llegar hasta este punto, murmuré: ¡Qué
manera tan persuasiva de invocar a Dios! ¡Cuántas cábalas
sobre el infinito para encaminar rebaños de babosos a las fauces
del todopoderoso! Este estúpido perfecto, ¿además
de matemático será pastor? Acaso todos lo triquitraques
que arman los fanáticos de Borges ¿no son otra cosa que
un pretexto para tropezar con Dios? “Algo, que ciertamente no se
nombra con la palabra azar, rige estas cosas”. Concluí, como
si dicha frase, extirpada del Poema de los Dones, pusiera en evidencia
la urdimbre que Borges perpetrará para cautivar la adoración
de las hordas literarias. Algo que era de suponerse, según decretaba
mi repulsión sacrílega, en un notable embajador de Dios
y en un magnífico representante del onanismo intelectual argentino.
Unas frases cifradas –que mi cerebro no atinó a eslabonar–
y condimentadas con una modulación de experto en marketing, brotaron
de la boca de un bicho de barbas rojizas, acerca de las relaciones del
infinito con el arte: las proporciones concretas y abstractas, y lo más
substancial: su condición de director de la biblioteca. Mientras
en la congregación se esparcía el vaho reverente de los
templos, yo profería mis plegarias: ¡Oh, Dios!, ¿Por
qué no me diste el don de matar con la mirada o al menos escupir
cianuro a chorros? ¿Por qué te me cruzas en todos los caminos,
a mí, a Rancio Vaca, a este huésped de lo absurdo, fanático
de la perpetuación del Caos, devoto de las palabras que sólo
entrañan lo que no se puede nombrar ni cifrar...?
Me llamó la atención un joven de melena y rostro de Adonis
–quien para ensanchar la red de seducción que le había
tendido a la joven de su costado izquierdo, su próxima conquista–,
parafraseo las argucias que el pastor ya había recitado sobre Zenón
de Elea y las paradojas del infinito y sobre Aquiles y la tortuga: La
ingenuidad de la muchacha de mirar almibarado emergió como una
supuración y le dio un beso al comediante.
Asqueado de tropezar en mi camino con las arquetípicas representaciones
teatrales exhibidas en los antros del saber, volví mi rostro hacia
el matemático y de repente vi el Aleph, en todo el centro de sus
cejas, ahí donde le entra la bala al cabecilla de los criminales
en las películas o quizá ahí donde los místicos
ubican el tercer ojo. Sentí que el tiempo se había estancado.
Una impetuosa voluptuosidad se apoderó de mi ser, como si no estuviera
divisando ese punto que es todos los puntos y es ninguno, sino a la diosa
Venus danzarme desnuda: Ahora que lo medito, la comparación deviene
menos imprecisa que impúdica, pero es la única que me visita
en este momento. Como venía diciendo, vi el Aleph, ese punto resplandeciente
como bola de árbol de navidad, ese escurridizo calidoscopio del
tiempo y del espacio y en él vi el universo: vi a Dios jugando
ajedrez en el tablero de lo absurdo, usando como piezas a esos engendros
que son su imagen y semejanza; lo vi también vestirlos de bufones
mientras mascullaban en lenguas babélicas y tejían, frente
a ríos de sangre, delirios sobre un mundo feliz; vi una inmensa
cámara de gas que giraba sobre su propio eje, era la tierra: la
humanidad girando sobre su propia extinción; vi a todos los déspotas
repartirse el mundo, mientras se iban convirtiendo en polvo; vi una exótica
geografía de corrupción, mafias y exterminios, era Colombia;
vi a Dios inoculando la palabra infinito en la cabeza de los hombres para
mofarse de los matemáticos y de Borges; vi, sin embargo, que Dios
no era feliz; vi a Borges fraguando embrollos para sus lectores mediante
un juego de espejos, lo vi burlarse de sus esbirros, quienes en definitiva
eran más ciegos que él; Borges tampoco era feliz. Vi a todos
los ciegos, vi que la humanidad era ciega... asimismo, Dios; vi a un tigre
sin rayas devorarse a sí mismo; vi a Estifen Hokins incinerando
sus libros de física y soñando ser pastor y físico-culturista;
vi a un hombre mortificado cuya misión era destruir ídolos;
vi un espejo donde mi rostro no acudía sino el de Schopenhauer,
quien acaso descifró este universo como un universo de repeticiones
atroces (él era una de ellas), y el de Cioran, quien murió
exiliado y viejo con un pan francés bajo el brazo, a pesar de haber
promovido toda su vida las mil y una virtudes del suicidio; vi los infinitos
metros de tripas de todas las víctimas de la historia humana, pude
incluso olfatearlas; vi a Prometeo devolviéndole el fuego a los
dioses; vi a los científicos y sus amos, sacrificando miles de
humanos para conocer qué relaciones existían entre sus cráneos
y el big bang, vi resguardos y vitrinas en donde seres humanos "salvajes"
eran exhibidos como especimenes exóticos; vi que nadie se baña
dos veces en el mismo río porque la segunda vez no había
río o sus componentes eran perjudiciales para la salud; vi el cadáver
del último hombre arrastrado por el último río; vi
una muchedumbre de niños sucumbiendo a los rigores del hambre;
vi pulgas fornicando en el pubis del Papa; vi la escala involutiva: desde
la primera célula hasta el homo sapiens; vi que todo era absurdo
y que Dios acecha dentro y fuera del laberinto; vi mucha gente disgustada
por lo que vi; vi que tenía los ojos cerrados, entonces no supe
si vi lo que vi. Cuando los abrí, una voz, como de otro mundo gritó:
--¡Fue un ataque!
Sucesivamente, otras voces decían:
--¡Dejen que le entre aire para que no se sofoque, ya le está
pasando!
--¡Sosténganlo para que no se haga daño, no sabemos
si le repite!
Al cabo de cinco, diez o quizás quince minutos de permanecer absorto,
el asco retozaba en mí y renegaba al pensar que ni en las matemáticas
hallaría la anhelada cárcel que me salvaría del látigo
de las religiones. Al observar que el Pitágoras postmoderno retomaba
su navegación por el mar de la cháchara, yo deambulaba en
las tinieblas del monólogo y fantaseaba: “Será que
los excluidos de este mundo, algún día me agradecerían
si me diese a la tarea de fundar unas matemáticas liberadas de
Dios, sin Alephs, sin cero (¿será que debo decir ceros?
¿Será que hay cero cero y cero uno y cero n y ceros más
grandes que otros y ceros infinitos? ¿Será que Dios y el
cero son la misma cosa? ¡Vaya el diablo a saber!), o me agradecerían
por inventar una ficción o doctrina, disfrazando dichas minucias
con algunos galimatías o parábolas proféticas inspiradas
en el pecado original y la condena de la humanidad. Mas, que ridiculez
sería pasar a la Histeria o Historia Universal sabiendo que Dios,
como la tortuga de Zenón a Aquiles, le lleva la delantera a mis
pasos, que todos los caminos del sabio o del necio conducen a lo inconcebible,
a lo absurdo, a Borges, a Dios: Que no fastidien Dios y sus fantoches
verborreicos y Borges y sus esbirros con su hedor sobre el infinito o
el Aleph, yo prefiero copular con el cero en el regazo de la nada o jugar
ruleta rusa con el vacío”. Me incorporé y dije: ¡Amén,
Hermanos y hermanas! Y pensando en no seguir siendo parte de tanta farsa
ni de ninguna Farsa, salí como alma que lleva el diablo.
ranciovaca69@hotmail.com
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