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Así va la ciencia


Julio César Londoño

La expresión inteligencia militar puede parecer una contradicción en los términos, algo así como un círculo cuadrado, pero existe y es la chispa del sector más dinámico de la economía, la industria de las armas. Nada estimula tanto el avance de la ciencia como las investigaciones de esa industria. La radio, la televisión, el radar, la aviación, el láser, la energía nuclear e Internet, p.e., han sido total o parcialmente resultados de proyectos militares. La evolución de la radio y la aviación, tan lenta en sus orígenes, se aceleró con el estallido de la 1ª guerra mundial. La energía atómica lo debe todo a la 2ª. Internet fue al principio, en los 70, una red de información militar.


Aunque no hemos vuelto a tener jaleos mundiales, las investigaciones continúan. Un consorcio francés acaba de patentar pistolas que irradian ondas que noquean al agresor, y granadas que provocan un vómito incontrolable. La pistola es un emisor de ultrasonido que afecta el órgano del equilibrio, ubicado en el oído medio, al punto de causar un mareo que derrumba al enemigo. Las granadas no despiden ondas de choque ni esquirlas metálicas sino un olor nauseabundo, algo realmente insoportable.


Los ingenieros ópticos de la Nasa desarrollaron un foco de destellos tan intensos que pueden cegar durante 30 segundos a una persona situada a 50 metros de la fuente. Su limitación estriba en que sólo se podrá emplear en recintos cerrados, o durante la noche. Los rusos tienen una espuma violeta que puede volver tan resbaladizo como el hielo superficies tan disímiles como la tierra, el prado y el cemento. Pero lo más sorprendente es un arma que dispara ondas electromagnéticas capaces de engañar los receptores nerviosos de la piel. Un disparo suyo puede hacer que un parroquiano tirite de frío bajo un sol abrasador, o que ‘sienta’ un quemonazo brutal en la zona del ‘impacto’.


Los sentidos, pues, son la fuente de inspiración de los armeros modernos. La vista, el oído, el olfato y el tacto son los blancos preferidos. Sólo les falta el gusto, pero no será por mucho tiempo. Algo se les ocurrirá. Todas estas armas han sido pensadas para atacar enemigos que estén mezclados con población civil; por eso son relativamente benignas. Se trata de neutralizar momentáneamente a decenas o a cientos de personas, para capturar a unas cuantas.


Entre las proyecciones más pérfidas de la ingeniería genética, está la posibilidad de que se construyan ‘bombas étnicas’, artefactos capaces de acabar con los negros, o los amarillos, y dejar intactos a los demás.


Pobre pero creativa, Colombia también investiga. Las Farc cargan las pipetas con explosivos y decol, un fosfato que produce asfixia intermitente. Al coctel añaden ácido sulfúrico, plástico y materia fecal. El plástico se adhiere a la piel y produce quemaduras de tercer grado. Las heces tienen como fin complicar los cuadros clínicos resultantes con la aparición de infecciones difíciles de controlar en zonas rurales.


Podría seguir enumerando ingenios bélicos hasta llenar la página. Son miles porque tenemos miles de razones para matarnos (la política, el deporte, la raza, la religión, las riquezas, la pobreza, las drogas). Quizá algún día hallemos siquiera una razón, universal y poderosa, para vivir.

 
     
 
 
     
 
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