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Perdidos
en Nueva York
Texto
y fotos Por Sebastian Velásquez Escobar
Hace casi doscientos años envueltos en querellas ornamentales y
hasta chismes de señoras, los europeos nacidos en la que se perfilaba
como la Gran Colombia, junto con toda la plebe mestiza, india y negra,
se levantaron contra la Corona española en lo que se ha denominado
como el primer grito de independencia. Años después vendría
la real independencia, la de facto, y que se constituiría ya como
el inicio legítimo de nuestro desmoronamiento.
Aquello que se desintegraba por entonces en plena integración ha
sido quizá el eslabón perdido de nuestra unidad y pertenencia.
Las fechas disímiles de emancipación de cada uno de los
países que anteriormente éramos uno, nos dicen cuán
desintegrados y faltos de sincronía hemos estado siempre. Desintegrados
además porque somos una construcción pluriracial, pluriétnica
y pluriterritorial, que no nos aceptamos como tales, y desdeñamos
de la diferencia, que es acaso nuestra propia identidad. No sincronizados
además, por el acoplamiento progresista de ideas retardatarias,
por andar rezagados a los vientos de la actualidad occidental, nuestro
modelo, y por nuestro aislamiento venal.
Nuestra suerte nos hizo vérnosla con esta nación, este dolor
de patria. Sea que es apropiado llamarlo suerte o destino, o sea por esos
azares curiosos en el universo, que no sólo contentos con las más
trascendentales determinaciones individuales, vinieron a posar la semilla
de nuestra alma en este territorio llamado Colombia. Sea como sea eso
somos, y aciagos son y han sido esos azares.
Bien distinto habrá de ser el sentimiento nacionalista, digamos,
para un sueco. Su orgullo patrio, y su extraña resolución
de que las fuerzas del destino le tenían merecido un lugar tal
a que aferrarse y pertenecer. Algo así pensarán los ciudadanos
de naciones poderosas, que no necesariamente prósperas y equitativas,
en donde la dignidad nacional todavía tiene peso. ¿Pero,
y qué pensar entonces de nosotros? ¿Qué lotería
inicua nos premio de tal modo? Es que nuestro caso raya todo límite
de la incredulidad. Nuestros compatriotas se matan entre sí, el
enemigo somos todos, combatimos a muerte lo que no entendemos y en algunas
ocasiones ni nos concierne, y acabamos con nuestros recursos humanos y
naturales. Que ni hablemos de derechas o de izquierdas, que además
somos ambidiestros.
Si
en Colombia es normal pasar el 20 de julio enguayabado o descansando,
con total desconocimiento del santo del día, en el Imperio los
millones de colombianos de alguna forma no pasan por alto la Independencia.
Bien o mal asilados, bien o mal asalariados, tristes o felices con su
suerte, sí celebran el día de la patria, o en su defecto,
lo rememoran. Se rememora porque acá se está lejos de la
patria, y por tanto no se tiene. Pero se rememora también que allá,
en la patria, la patria tampoco se tiene, y así pues sólo
se es un país de exiliados, una patria de despatriados.
Sin embargo nuestra vitalidad sale a flote, y la fiesta se lleva a cabo.
Tal es nuestra celebración de la colombianidad en Nueva York, y
muchos otros lugares del destierro, que durante consecutivos días
se hacen manifestaciones y eventos, y que hasta nuestro presidente decidió
unirse. Él mismo lo mencionó, sobrecogido por el fervor
colombiano en un país extranjero y en el día en que hasta
Dios descansa.
Millares de colombianos habitando este país de industrialización
y maquinaria que es la gran máquina universal de la felicidad y
de los sueños. Acá, al igual que las filas de inmigrantes
de otros países infaustos, estamos también como engranaje
de la maquinaria que habrá de maquinar la dirección de nuestros
mismos sueños nacionales. Y como si fuera mera retaliación
a nuestros sueños frustrados, acá los colombianos esperamos
saciar toda aquella insatisfacción onírica que la misma
Colombia nos enseñó y nos negó.
La
diáspora ya tiene en su haber varias generaciones que se le van
sumando al desgarre de la patria. Ya no somos el pueblo relativamente
pequeño de décadas atrás, y tampoco somos sólo
la imagen del narcotráfico y las luchas políticas. (Como
si sólo de imagen pudieramos fortalecernos moralmente). Los medios
informativos siempre tan diligentes nos recuerdan que hay un colombiano
en la Nasa, otro en Hollywood, y que Juanes apoya al delfín rosado.
Porque es que además el desgarramiento se lleva consigo a una minoría
académicamente preparada que ante la oportunidad de salir, sale,
o ante el desmoronamiento de apariencia irreversible, escapa. Se lleva
todo su amor patrio, se lo inculca a sus hijos, les compra camisetas,
manillitas y afiches, y si puede, regresa a Colombia de paseo, a visitar
la siempre elitista Cartagena y quizá a darse un paseo por el ahora
afamado Eje cafetero. Siempre con ese halo de prosperidad y derroche que
ocultan los trabajosos esfuerzos en el país extranjero, y que ocultan
la sorpresa creciente de los precios infames en nuestra querida patria.
Porque nuestra irrisión de patria es importante para todos, pero
al fin de cuentas siempre será más importante la realización
individual, y lastimosamente su vínculo estrecho con la realización
económica.
La pertenenencia es un clamor humano connatural a sí mismo. Desde
la fundación de Israel, millones de judíos alrededor del
mundo han dejado sus vidas atrás en países dispersos, para
congregarse en un territorio y una representación nacional simbólica
que quieren hacer suyos más allá de cualquier problema adyacente.
No se trata de ensalzar o vituperar su proceso territorial, es sólo
una ejemplificación de la demanda individual de pertenencia, y
en este caso, a la nación. Las tribus colombianas, a semejanza,
a diferencia, echadas de su territorio por su mismo pueblo, por nadie
y por todos, son muchas más de doce, están regadas por todo
el planeta y la oficialidad universal no las quiere.
Aquel
ya explotado pasage de Borges en Ulrica que sentencia que ser colombiano
es un acto de fe, muy seguramente no perderá su vigencia. Aunque
Borges, o el cuento, busca librarse un poco de tal afirmación y
seguidamente nos expresa cómo la patria, siempre y cualquiera que
sea, será un acto de fe.
Podemos pensarlo como el ejercicio mismo del nacionalismo, o del amor
patrio, que es tan elaborado y abstracto como cualquier doctrina teológica
o ideológica. Podemos pensar que el acto de fe está en asumirnos
(cualquier nacional de cualquier nación) como una homogeneidad
que camina junta hacia un objetivo común, directo y unívoco.
Pero sabemos también que a nosotros, como colombianos, como portadores
y de alguna forma responsables de nuestra suerte patria, de lo único
que nos podemos agarrar es de la fe, y en algunas circunstancias de nuestra
mala fe.
Así, si ser colombianos es un acto de fe, admitimos entonces que
la nuestra es una pertenencia ilusoria y una esperanza largamente frustrada.
Al fin de cuentas un poco idiotas y soñadores somos todos al guardar
algo de fervor por nuestro país, algo de esperanza; aunque al fin
de cuentas apátridas y traicioneros lo somos también por
lo contrario.
Pero también somos patriotas acérrimos cuando estamos por
fuera, cuando queremos celebrar nuestra heterogeneidad como el espacio
común que nos vino en suerte, cuando la empanada, la peluca del
Pibe o la cumbia de siempre pueden generar sentimientos sublimes en nuestro
interior que ya creíamos encallecido.
Pero incluso un ocasional sentimiento sublime puede revertirse con fuerza
y abofetearnos la buena fe, ese acto de fe que una vez más resulta
frustrado. Aquel domingo 22 de julio, me dirigía pletórico
con mi patria a cuestas, montado en algún vagón del tren
subterráneo de la ciudad de Nueva York, rumbo hacia el parque de
Flushing en donde se celebraba la Indenpendencia de Colombia.
Como una prueba nefasta de nuestro discurrir histórico, de nuestra
presencia en el mundo, de nuestros valores nacionales, de los avatares
que ha traído con sigo la guerra, el narcotráfico y la cultura
generalizada de tales estilos de vida, yo no era el único colombiano
que iba a celebrar la bandera. Ni el más circunspecto, ni el más
contrariado, y nunca el único entre este país de colombianos
desterrados.
Así, de repente, como se ha desmoronado Colombia en todos estos
repentinos días y décadas, el tren se comenzó a llenar
de algarabía y banderines y ropas que exhibían el tricolor;
grupos de señoras con sus señores y su prole, y grupos de
jóvenes ávidos de pertenencia !Pertenencia¡ Se repetía
mi patriotismo adolescente. Y más me acomodaba entre ellos ante
la preeminencia de sus gritos de frases inconexas, pasando del inglés
de barriada de negros y latinos excluidos, a expresiones con todo el acento
paisa que celebra al parcero, al verde, y a no sé qué vivo
que habrá de vivir del bobo. Sus tatuajes de iconografía
cristiana mezclados con nombres que rememoraban antiguos desvelos de amor,
sus cabellos ajenamente entrenzados y arreglados con exceso de manía,
el ligero tufillo a aguardiente en el ambiente y sus cigarrillos asfixiantes
en el tren encerrado, hicieron que por momentos me olvidara de estar en
el Imperio, y se me revolcarán en la conciencia toda la mala fe
colombiana y la frustrada pertenencia.
Pero si lo anterior apareció extraño de repente, extraño
ante la familiaridad y el uso, no se hizo luego menos extraño estar
en un parque gigante en medio de una multitud milenaria reúnida
por un mismo propósito, Colombia. Y encontrar toda una gama generacional
de huérfanos de su patria, en algunos casos sin fluidez en su idioma,
ya no fue extraño sino una total perplejidad.
No dejo de ser impredecible incluso encontrar toda la manida estética
del narcotráfico y el prototipo delincuencial, cual tribuna del
estadio, o discoteca de moda en la más “chévere”
de nuestras capitales.
Porque es que en esta otra Colombia con mayor capacidad de compra se puede
hacer más masiva la teta postiza y cualquier otro implante o cirugía
estética. Más común la marca costoza de ropa y el
carro grande y vistoso como el de cualquier gringo gordo común.
Porque acá en el Imperio sí que se está actualizado
en las directrices hacia donde cada colombiano debe apuntar, como émula
del narcotraficante que se es o no se es. Es como si fuera el sueño
colombiano hecho realidad en “América”. Pertenecer
por pertenecer, me reproché incesante. A esto pertenecemos.
De fondo, tras el clamor de las risas, las ventas de carnes y frituras
criollas, y la normal algarabía de nuestra gente que reconoce su
pertenencia a esto, a esa fe que se difumina, el presidente de dos turnos
declara “pasamos de 27.000 asesinados anuales a 15.000”.
Las cifras positivas de nuestra ignominia. No tener ahora un aguardiente
y brindar en soledad, y ahogar por fin esta mala fe.
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