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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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| SILENCIO: ESCRITORES EN SESIÓN
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy Que el cielo del Valle del Cauca está atravesado por una constelación de escritores todo mundo lo observa aún si mira de noche. No sólo su suelo es fértil y en temporadas Van Gogh podría volver a pintar más girasoles junto al pueblo blanco de Vijes. Su comida es exuberante en Ginebra o Guacarí o en Rozo. Su música es famosa en el Mono Núñez o en El Queremal o en Los Cristales con Peregoyo, o sus compositores como los maestros Valencia y Ochoa, cantantes como Zoraida Salazar y Martha Senn o las jóvenes Martha Lalinde y Ruth Castañeda. El Valle es ubérrimo por donde se le mire. Aquí nacieron Isaacs, que dio a luz a María y a Saulo, toda la familia Gamboa, Villafañe, Gilberto Garrido, Ricardo Nieto, Helcías Martán, el académico y rector del San Simón de Ibagué, Manuel Antonio Bonilla, Tomás Quintero, Antonio Llanos, Mario Carvajal, Octavio Gamboa, Andrés Caicedo, ya fallecidos. Y entre los vivos y activos hay una larga estela que abre Mariela del Nilo con Mientras arde una lámpara, Gloria Cepeda Vargas, la escritora y presentadora, Margarita Vidal, Cecilia Balcázar de Bucher, Ángela Becerra, los escritores Harold Alvarado Tenorio, Jota Mario Arbeláez, Fabio Martínez, Carmiña Navia, Julio César Londoño, Medardo Arias, Harold Kremer, Antonio Zibara, Orietta Lozano, Amparo Romero Vásquez, Ana Milena Puerta, Ana Mercedes Vivas, los primeros premios en poesía en Roldanillo, Adela Guerrero, Gloria María Medina, Patricia Inés Jaramillo y Yolanda de Tenorio, María de los Ángeles Popov, Mary Grueso, Elcina Valencia, Cristina Valcke, los periodistas Álvaro Gartner, Elvira Bonilla, Germán Patiño, y otros que no conozco -pero que tampoco desconozco- que engrandecen el caudal valluno. No es como se dice que “han puesto un granito de arena”, sino que han clavado hitos visibles en la literatura y en la historia nacional y, aún, han trascendido al ámbito internacional. Quienes vemos con ojo sincero y abrimos las páginas de periódicos y las de internet y asistimos a recitales y lanzamientos, podemos comparar y poner a cada quien en la balanza. El peso específico de la literatura del Valle se acrisola cada día. Hay revistas, asociaciones literarias, hay trabajo, hay producción, aunque poca crítica, - que es tan saludable-. Ojalá “sonaran timbres”, como cantó Vidales, ojalá “llovieran piedras” todos los días como decía Cervantes en la época de oro, ojalá se oyeran aullidos de alerta en esta selva violenta. Se aplauden realities copiados de ejemplos foráneos -hasta en los títulos-, y se venden con éxito el sexo y letras escatológicas. El idioma se pierde entre tanto montón de excremento. Sí, el público es el cliente que pide, ¿pero qué ofrece la literatura a cambio? Ser urbano y respetuoso ya no se enseña en los manuales ni se practica en cocteles, pero se ventila en casa el insulto sin recato ni disimulo. En verdad no vivimos tiempos de églogas ni de geórgicas ni tampoco se copia el modelo de las tertulias de la Gruta Simbólica o El Mosaico, ni la del Buen Gusto o La Bagatela ni las del Café Automático para ponerse tarea y discutir al calor del vino o el ajenjo. Pero también ya pasó la época en que los pueblos gorrones ponían las carnes del enemigo a orear para el asado en las cuerdas al pie del fogón. Que lo demás no funcione, pero que las plumas escriban y no se vuelvan para abrir heridas a amigos. Las hojas del árbol de letras no pueden servir de hoguera sino unirse para formar las ramas que arropen y con su verde propicien paz y esperanza al mundo.
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