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La magia de la música pa` tomar guaro  
 

Por Juan Esteban Villegas
juanvillegas@optonline.net

La mayor parte de mi niñez la viví en casa de Gustavo Restrepo y Nora Ortiz, mis abuelitos maternos. La casa, ubicada en el barrio Belén Parque de Medellín, ha tenido siempre un largo corredor, un bello balcón y una amplia terraza. No fue revocada hasta principios de los noventa, época en la que comencé a ir a la guardería “Aleluyas” con mi lonchera azul de René Higuita. Fueron muchos los regaños que me gané por pintar la pared con crayolas y ensuciarla con mis manos. Pero mi familia no ha sido una familia pegona; nunca fui víctima de golpes con el cable de la plancha, el metro mojado, o la hebilla de la correa como les ha sucedido a muchos.

Gracias a que mi abuela (quien fue la que me crió por que mi cucha tuvo que trabajar) nunca estuvo ni ha estado de acuerdo con las pelas, mi castigo tenia altas dosis de pedagogía y sensibilidad artística: me hacía coger la flauta dulce que me compró mi mamá en una feria de San Alejo, me sentaba en el sillón de la sala, y me colocaba música en el equipo de sonido. Feliz pero a la vez confundido por no saber si aquello se trataba de un castigo o un “mimo”, yo me quedaba horas y horas sentadito, tratando de remedar las melodías que tanta compañía brindaron a mi niñez.

Algunas canciones eran de Richard Clayderman, un pianista francés que una vez se presentó en el show de las estrellas de Jorge Barón y al que el mundo conoce por su canción “Balada para Adelina”. Pero mi abuela también me ponía pasillos, valses, bambucos, boleros, todo tipo de canciones que pertenecen a la llamada “música vieja”, esa misma que les sirve de pretexto a muchos colombianos para beber, decir hijueputa, y pegarle a sus esposas e hijos. Concentrado en mi arte, pasaba largas horas intentado tocar, de oído, los boleros de Alci Acosta y Daniel Santos, los bambucos de Jorge Villamil y Héctor Ochoa, los valses y pasillos de Garzón y Collazos, y los tangos de Cátulo Castillo, Enrique Santos, y mister Gardel, música esta que formó parte de aquellos días de “castigo” que hoy recuerdo con brutal nostalgia.

Pero esta música no solo hizo presencia en aquellos momentos de mi vida en los que me porté mal. Cada que podía, en un enorme carro verde que tenía mi abuelito, mi familia solía dar mucho “la vuelta a oriente”. El carro se parecía mucho al “bati-móvil”, y en él visitábamos pueblos como Rionegro, La Ceja, El Carmen, El Retiro, Guarne, Marinilla y El Santuario.

Gracias a mi virtud de “vomitón”, yo siempre tenía que comprar una cajetilla de chicles Adam’s y tomarme dos mareol antes de salir. Tras horas de andar en carro, parábamos en humildes estaderitos a comer arepa de chócolo con queso y chocolate, todo esto mientras, de fondo, se oían Las Acacias, La Ruana, El Enterrador, entre otras, mientras yo me deleitaba con la precisión que tenían esas letras para describir el olor a monte, finca, vacas, caballos, boñiga, y arrieros, el olor a esa Antioquia que tanto amo (así haya nacido en ella por pura coincidencia) y que hace ocho años no veo. Hoy por hoy, que me afeito, que tengo cédula, que bebo vino, fumo Marlboro, leo con fervor y no toco flauta sino piano, he entendido que escuchar flamenco, música clásica, rock, jazz, baladas o reggae, es como soñar que se está hablando con Dios, pero untarme de pasillos, bambucos, valses, boleros, tangos, tiples, bandolas, guitarras y requintos, es hablar con Dios (que lo único que hace es darnos fuete ventiao’, pero Dios al fin y al cabo).

Es muy triste que uno se tenga que sentar a escribir esto para darse cuenta de que los días y las noches de la infancia ya se fueron. Pero por lo menos sirve para darme cuenta de que la melancolía y la nostalgia no son más que la simple y llana alegría de estar triste.

ÑAPA: Bacano sería pedirle a Daddy Yankee que me diera más gasolina para poder mandarlo a quemar a él y al resto de pendejos que no hacen otra cosa que aullar y cogerse las jíqueras. Si el asunto es de erotismo, de sensualidad, de sudor y clímax, pues ¡divulguemos el mapalé!


Juan Esteban Villegas (Medellín, 1985). Periodista empírico, escritor, traductor al inglés e hincha del nacional. Fundó y fue editor de la revista cultural Plectros. Actualmente se encuentra trabajando en su primer libro de cuentos cortos.

 
     
 
 
     
 
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