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La
trampa dorada
Julio César Londoño
En
alguna fase de la evolución de la especie ocurrió un accidente
que nos desconfiguró el “pensador”, o cerebro que llaman.
Basta mirar los diarios para constatar que esa unidad no anda bien en
ninguna parte.
A consecuencia de ese insuceso todos nuestros juicios son erróneos.
Me limitaré aquí al análisis del más extendido:
la creencia en que el bienestar guarda una relación directa con
los ingresos.
La persona que gana entre 2 y 3 salarios mínimos vive, viste, come
y se divierte con mesura; siempre tiene algún excedente que le
permite ejercer la usura en pequeña escala o cubrir la iliquidez
del cónyuge. Con 4 salarios empiezan los problemas: la persona
se sofistica, añade frutas y delicadezas a la canasta familiar
pero no resta nada, pierde la línea y con ella la posibilidad de
ser sexualmente competitivo porque en estos tiempos el que no sea esbelto,
adinerado y menor de 40, no juega.
Con 5 s.m.m.v. el sujeto contrae algo peor que la obesidad: se vuelve
digno de crédito; le fían de todo y, claro, compra de todo.
Es algo fatal. No puede evitarlo. Así se lo dictan su software
(la publicidad) y su hardware (los 5 salarios y el “pensador”).
Cuando traspasa la barrera de los 6 salarios el sujeto pierde por completo
la noción de realidad y se mete en un crédito para vivienda.
Su futuro es previsible: el buen hombre terminará sin casa y sin
salario, y no podrá escuchar las palabras Hommes, Gaviria o Luis
Carlos Sarmiento sin convulsionar. Antes había comprado un carro.
Seguramente la desdicha de la movilidad lo indujo a pensar que en los
bienes raíces podía estar la clave de la felicidad.
7 s.m.m.v. crean una compulsión de gasto tan frenética que
el sujeto no para hasta adquirir compromisos por 9 o 10 salarios. Los
sujetos de este estrato lo tienen todo repetido: tienen por lo menos dos
teléfonos, el fijo y el móvil, dos computadores, el camastrón
y el portátil, dos mujeres, la quieta y la ágil, etc.
El baloto tampoco es la solución porque el feliz ganador no puede
evitar creerse Dios y emprender el arreglo del mundo. Empieza por remodelar
la casa de la mamá y repartir unos millones entre la parentela
pobre –esa chusma– hasta que comprende que la pobreza es un
agujero negro que ninguna suma puede llenar. Entonces frena los auxilios
y la chusma lo abuchea y lo tilda de avaro. Lo único seguro es
el silencio absoluto pero ¿cómo mantener en secreto un premio
gordo? Usted se lo cuenta mínimo al cónyuge, él a
la suegra... al cabo de tres minutos la noticia llega a oídos de
Jojoy y usted termina leyendo Voz Proletaria en la jungla o lavando platos
en algún país del Norte porque ninguna suma, ni siquiera
el baloto, resiste la división por tres mil.
Cuando se alcanza el nirvana de los 10 s.m.m.v. se comprenden las 5 leyes
del oro:
1, que el oro es lo que no alcanza.
2, que para igualar el debe y el haber se necesitan un banco propio y
tres senadores.
3, que es más fácil ser fiel que mesurado.
4, que sólo hay una cosa más insensata que matarse trabajando:
matarse ahorrando.
Y 5, que era cierto aquello de que el oro no hace la felicidad –lo
cual no significa, aclaremos, que baste ser pobre para alcanzarla.
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