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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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LA POESÍA PROFANADA
Darío Acevedo Carmona El XVII Festival Internacional de Poesía de Medellín ha sufrido una profanación. Sus directivos, motu propio, decidieron aprovechar la gran convocatoria que se produce año tras año para lanzar un cuestionable manifiesto político contra la guerra y por la paz en el que se le echa agua sucia al estado colombiano, al gobierno y a los grupos de extrema derecha y, curiosamente, se invisibiliza a la guerrilla y se omiten referencias a sus recientes actos terroristas. Los escritores, de signo político distinto, Oscar Collazos y Eduardo Escobar, escribieron sendos artículos en el diario El Tiempo develando el carácter sesgado del documento. En los actos de lectura de poemas, un presentador leía como abrebocas un texto político tipo proclama anti gobiernista. Es como si en una sala de cine antes de la exhibición de la cinta el dueño del teatro o sus accionistas aprovecharan nuestra presencia para realizar una determinada campaña política. En defensa de tal atropello se escuchan razones de la más diversa índole, como que la poesía tiene que estar comprometida, tiene que ser sensible con el sufrimiento del pueblo, etc. Recuerda uno las exageraciones en contra de la libertad creativa y de la libre inspiración personal acometidas por regímenes tiránicos de la extrema izquierda con su famoso arte realista o su revolución cultural contra del arte occidental por considerarlo burgués e individualista y a cuya sombra se persiguió de manera implacable no sólo toda la música y la literatura clásica sino que se ordenó la confiscación y destrucción de los instrumentos y de las obras que eran expresión de tales artes. También rememoran las arbitrariedades de regímenes de extrema derecha que quemaban los libros considerados libertarios y críticos de sus gobiernos y de sus políticas. Nadie más sensible que el poeta con las angustias y sufrimientos propiciados por todo tipo de dictaduras, pero, a la vez, nada más opresor para él que la fijación de un programa o un derrotero oficial proveniente de cualquier fanatismo o causa que pretenda negar la universalidad de sus mensajes y la extrema vivencia individual de sus creaciones que son como el parto de las hembras, insolidarios y solitarios, aunque el resultado provoque el goce colectivo. Pero los directores del festival abusando de la buena fe del público, tomándose por asalto la opinión y el sentir de los asistentes, pretendieron uniformizarnos políticamente al abrir un paraguas que en vez de asegurarnos y respetar la comunión sagrada en torno a la poesía nos divide al dejar gentes por fuera, pues quienes se congregan para escuchar a los poetas invitados lo hacen sin preguntarse por la procedencia política o ideológica. Y es que no hay peor enemigo del disfrute del arte, que es ante todo un disfrute estético, que la obsesión de aquellos que ven al público como una manada o rebaño al que se le puede inculcar sin dolor un mensaje político, una encuesta aparentemente inofensiva, pues si se trata de la paz, nada malo debería pensarse. Recuerda uno las triquiñuelas de Stalin quien a la cabeza de un estado militarista e imperialista se dio el lujo de crear del premio de la paz de los pueblos mientras dentro de la URSS, según sus propios camaradas del PCUS, ordenó el exterminio de millones de campesinos, de opositores y críticos. Un mamertismo de nuevo cuño nos trae a la memoria épocas nefandas que le negaron al arte y a los artistas el derecho a decidir por ellos mismos la naturaleza de sus creaciones. No hay espíritu libertario en el manifiesto de los artistas e intelectuales recientemente lanzado por los promotores del festival de poesía porque protesta contra la guerra en general y omite referirse al terrorismo de la guerrilla fariana y porque mete en el mismo saco al gobierno con los grupos de extrema derecha y extrema izquierda y porque es palpable el oportunismo de los organizadores que aprovecharon la búsqueda de las gentes de un solaz, de un descanso, de un refresco, de una nueva palabra en la poesía, para meternos gato por liebre en un alarde de irresponsable confusión de lugares, de roles y de responsabilidades. Convertir una tradición respetable de arte, como lo es el festival de poesía en tribuna de agitación política es una acción imperdonable por lo insultante, y es una clara violación al espíritu universal y policrómico del público. |
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