Etnairis Rivera
 

Nació en San Juan de Puerto Rico.

Pertenece a la Generación Poética del '75.

Escribe desde temprana edad; publicó sus primeros poemas en la prensa literaria cuando tenía 15 años.

Estudiosa de la literatura, figura entre las más destacadas poetas contemporáneas de Puerto Rico.

Ha ofrecido talleres de creación literaria y numerosos recitales y representaciones teatrales de poesía en universidades e instituciones culturales del país y del extranjero.

Ha representado a su país en Ferias del Libro y Encuentros Internacionales de Poesía.

Su poesía, que le ha valido importantes premios, ha sido traducida al inglés, francés y portugués, y publicada en diversas antologías y revistas de poesía puertorriqueña e hispanoamericana.

Escribe relatos, ensayos, y guiones para programas culturales televisivos.

Es Catedrática de Literatura Hispánica en la Universidad de Puerto Rico.

Cuenta con nueve poemarios: Intervenidos (2003)

El viaje de los besos, premiado por el PEN Club de Puerto Rico

De la flor del mar y de la muerte (2000)

Entre ciudades y casi paraísos (1995)

Ariadna del Agua (1989)

El día del polen (1981)

Canto de la Pachamama (1976)

María Mar Moriviví (1976)

Wydondequiera (1974)

Tiene inéditos: Los pájaros de la diosa, Las huellas encendidas (próximo a publicarse en 2004).

 
     
 
Leer sus poemas
 
     
lign:justify'>Así, sin una familia tradicional que pudiera cuidar de mí, mi padre encontró la fórmula para dejarme en adopción a un caballero, todo un señor mayordomo de un marqués español, amigo de mi padre, quien se encargó de criarme. Crecí  en la ciudad de Manresa, importante capital del Bages, en la provincia de Barcelona, la legendaria España.

 

En esta ciudad inicié y terminé el bachillerato en el Instituto Nacional y estudié música en el Conservatorio del Gran Teatro del Liceo de Barcelona.

 

A partir de terminados mis estudios básicos, añadí a ellos el estudio de Magisterio y fui muy aficionado a los idiomas. Después de ejercer mi profesión de maestro rural en varios pueblos catalanes, me marché a Inglaterra, donde estuve ocupado durante un largo período en hostelería.

 

Más tarde,  interesado en la aventura de los viajes, tuve la oportunidad de trabajar en un gran trasatlántico de una compañía Noruega que hacia cruceros por los 7 mares y más. Así pude ver un buen “cacho” del planeta, incluso la Rusia de los Soviéticos.

 

Pero cansado ya de los viajes, desembarqué un buen día en San Francisco y me quedé 15 años en Estados Unidos. Puedo decir que conozco bastante bien el terreno Costa a Costa;  he cruzado el territorio por tres veces.

 

En Estados Unidos he vivido en Nueva York, Atlanta, San Francisco, Baltimore, Washington DC.  Newark, Philadelphia …

 

En América hice mis pinitos escribiendo cuentos de misterio y trabajando como traductor y periodista  en la ciudad de Nueva York, y…aunque conozco la mayoría de grandes ciudades como Chicago y Los Ángeles, me cansé también de las prisas y luchas de este lugar agobiante y regresé a España.

 

Vivo retirado en una casita en las montañas del Montnegre, en el Maresma de Cataluña en compañía de mis animales.  

 

Hago marketing, escribo, pinto, leo, toco el violín y tengo contactos con casi medio mundo…. pero sin más. Añoro América, eso sí. Y esto es todo

 

                             F.G. Quinto

 

 

         
  y a refutar, de paso, la hipótesis de que el caleño nace con un gen –o un chip– criminal.

         
 

 

 

medir no parecen ser las mismas para todos los casos. En efecto, cuando se trata de Venezuela la alta abstención en las últimas elecciones municipales se interpreta como un varapalo para el gobierno de Chávez mientras la abstención en Colombia se ignora o se menciona tan solo de pasada como un dato más, sin mayor relevancia.

 

Contrasta igualmente la reacción de los gobiernos. Para Chávez aquella abstención había sido una llamada de atención muy clara del electorado a los dirigentes para corregir los errores del proceso de la Revolución Bolivariana y proponía como reto personal conseguir una participación masiva de los electores en la próxima contienda presidencial alcanzado el respaldo de al menos diez millones de votos como muestra de la legitimidad de su gobierno revolucionario.

 

A Uribe Vélez, en cambio, la reiterada abstención no parece perturbarle el sueño. Poco o nada se habla entonces de una abstención que se ha convertido en habitual en Colombia. Solo muy excepcionalmente una votación consigue movilizar a más del 50% de los electores. Uribe mismo llega a la presidencia con una bajísima participación que no llega ni al 50%, de manera que visto globalmente no es errado afirmar que al actual presidente le escogió tan solo uno de cada cuatro ciudadanos. De los tres restantes dos no votaron y el otro lo hizo en contra.

 

Para cualquier observador imparcial un sistema político como éste, sustentado siempre en porcentajes tan escasos de participación estaría sostenido por fundamentos muy endebles. O quizás asentado en esos mecanismos misteriosos que hacen de la democracia gringa el modelo a seguir, al menos para Uribe Vélez, que ha sido elegido con porcentajes muy “à la americana”. Poco importa entonces que los gobernantes carezcan de un respaldo electoral creíble, comprobado en una votación con niveles razonables de participación.

 

No vale argumentar que quien no vota de alguna manera está dando su consentimiento al sistema. Es tan solo un juego tramposo asociar abstención con una aquiescencia implícita, con la peregrina idea que ve en la abstención tan solo la manifestación de una ciudadanía feliz, próspera y satisfecha que no ve como una necesidad mayor refrendar su fidelidad al sistema mediante el voto.

 

Menos plausible resulta el argumento que explica la abstención por una supuesta inmadurez política de los colombianos, quienes carentes de la necesaria educación cívica se despreocupan de elegir a sus gobernantes y les da igual cualquier cosa que signifique ir un poco más allá de sus propios intereses individuales. Un pueblo entonces, ignorante, de escasa condición ciudadana y de enfermizo individualismo. Y resulta menos creíble tal argumentación porque basta una somera revisión de la historia reciente del país para observar que Colombia registra una vida política muy activa, cuya ciudadanía ha dado muestras reiteradas de un enorme compromiso cívico y una decisión de participación puesta a toda prueba. Son innegables las amplias luchas de los campesinos por la tierra; son inocultables las huelgas obreras, los movimientos cívicos, las iniciativas ciudadanas y los mil grupos de voluntariado de todas las causas, en unas condiciones de violencia y represión que hacen del país uno de los más inseguros del planeta. Recientemente, por ejemplo, la OIT denunciaba que de cada cuatro sindicalistas asesinados en el mundo, tres eran colombianos; hay más de tres millones de desplazados, principalmente por culpa de la acción de los grupos armados de la ultraderecha, los exilados de la izquierda se cuentan por miles y a las autoridades les cabe -entre otras muchas responsabilidades- la muerte violenta de más de tres mil cuadros políticos de la Unión Patriótica, un partido mediante el cual la guerrilla comunista intentó en su día iniciar un proceso de abandono de las armas y desembarco en la acción política legal.  

 

Es muy difícil endilgar a la ciudadanía colombiana desinterés político como explicación de su tradicional abstencionismo. Sorprende más bien, no solo que tantos expertos y analistas pasen de puntillas sobre la abstención en Colombia sino que la izquierda no armada mantenga su participación en las elecciones, en unas condiciones tales que el mismo tradicional partido liberal denuncia por su falta de garantías, por el abuso del poder que hace el presidente en favor de sus listas, por la intimidación y el crimen de unos grupos de la ultra derecha que lejos de haber abandonado sus actividades criminales se mantienen activos, han estado en primera línea en el debate electoral y han conseguido ampliar su presencia en el Parlamento. Ciertamente, hay que tener mucho coraje, mucha conciencia cívica y una alta responsabilidad ciudadana para participar en las elecciones cuando se sabe de antemano que las cartas están marcadas y sobre todo cuando se es conciente de la dificultad casi insuperable de convencer a esas mayorías populares de la validez del voto y la democracia representativa.

 

Uribe Vélez