EL DERECHO A LA ESPERANZA

Autora: Carmen Escallón Góngora *

Médica Pediatra Terapeuta de Familia

Docente de la Universidad de Cartagena

 

“No hay llanura que no esté seguida por una pendiente.

Ninguna partida que no esté seguida de un regreso.

Aquel que permanece perseverante en el peligro

Está libre de censura.

No hay que quejarse de esta verdad;

Goza la buena fortuna que aún posees.”

 

I CHING

 

 

 

 

 

Era una quieta mañana de Febrero, el aire estaba impregnado de tristeza, de desconsuelo y de dolor. Niños, niñas, ancianas, ancianos y adultos en los cambuches, especie de  carpas hechas de plástico, de lona, cartón o latas. Miradas tristes, ojos húmedos, caras sucias, manos crispadas, pies descalzos, vestidos deshechos, estómagos vacíos, almas estalladas, rostros suplicantes, silencios de abismos, movimientos de autómatas,  historias truncas. En la entrada de un cambuche la bandera colombiana se movía orgullosa en medio de la desdicha y la desesperanza, y una leyenda la sostenía: “El terremoto nos asustó, nos destruyó, pero aquí seguimos Armenia, te amamos, ¡ contigo nos quedaremos!”

 

¿Con qué contábamos para recuperar a tantas personas del inmenso dolor, de la desesperanza y de tanta incertidumbre?.  Llevábamos las mismas herramientas con las que hemos estado trabajando durante estos años de aquí para allá, en los proyectos de Paz en la Escuela, las mismas con las que hemos buscado la Convivencia Pacífica, que han sido las mismas con las que ayudamos a las familias en crisis y las que nos han servido para acompañar a nuestros pacientes en el difícil trance de morir en forma erótica: AMOR  CREATIVIDAD y ESPERANZA. Amor para penetrar en lo que hacemos, siendo necesario para ello sentir, estar, pensarse, como dice nuestro maestro Manfred Neff: “El acto creativo comienza cuando yo me integro con, cuando soy parte de, cuando penetro profundamente algo y, sobre todo, si lo penetro con amor, es decir con el deseo de potenciar sinérgicamente con él”

 

Saberse amado aviva la esperanza, como dice Goethe, “saberse amado da más fuerza que saberse fuerte”. El amor no es ciego, es visionario, es en el amor  donde ocurren los milagros, donde la esperanza se viste de fiesta, tiene que ver con abrir para los otros espacios de existencia junto a uno.

 

La esperanza, ese derecho que tenemos todos los seres humanos a salvarnos, ese derecho  que se afirma cuando logramos sentir, pese a la adversidad, la luz de la vida. Ese derecho que nos acompaña desde el nacimiento, cuando nos impulsamos desde las profundidades del útero materno, donde hemos permanecido en la mágica penumbra de los inicios misteriosos de la vida, hasta encontrarnos con la mirada amorosa de la madre, esa mirada cargada de significados, esa mirada que nos vuelve humanamente significativos, esa que nos confirma la existencia. Es el mismo derecho que durante la vida confirmamos al encontrarnos con tantos rostros que nos devuelven miradas poéticas, miradas de respeto, cuando nos encontramos en el abrazo con otro humano, cuando sentimos una mano cálida que nos salva, una palabra que nos consuela, una canción que nos arrulla, una presencia que nos sana.

La esperanza, esa mujer en gestación, mujer que espera. Esa parte nuestra que pare sueños, sueños de vida, esa dimensión que nos hace cocreadores del universo, esa que está escondida en el fondo de la caja de la diosa Pandora,  allí la depositó Zeus, el padre de los dioses, cuando se enojó con la humanidad,  y la acompañó de la envidia, el hambre, el desconsuelo, la peste, el miedo y otros males. La esperanza es esa mujer pintada sobre la tela, esa mujer que pacientemente está mirando al mar...

 

Entonces nos integramos con los sobrevivientes, con los que acababan de despedir a sus muertos, con los que estaban vivos por razones que se escapan a todo entendimiento lógico: les escuchamos, les abrazamos, les consolamos, le dimos de comer, lloramos con ellos. Al atardecer nos sentamos y sabíamos que para empezar a trabajar era necesario extraer de nuestro morral a la esperanza acompañada de una buena dosis de intuición, toneladas de magia, muchas libras de fantasía, litros de confianza, los bultos de emociones, kilos de voluntad, a nuestra compañera inseparable de viaje, la exquisita Quimera y  empezar a construir una plataforma donde convergieran todos los caminos creativos.  Una vez más validamos nuestro estilo y nuestra tarea como educadores y terapeutas de niños y niñas gravemente perturbados, que  consiste en restablecer el sentido a sus vidas,  al tiempo que modificamos patrones en la familia, la escuela y la sociedad para que se  les eduque  de manera que la vida tenga sentido para ellos y ellas y así no requieran de más  ayuda.

 

Empezamos el viaje de sanación, fabricando sueños, fabricando metáforas y fue así como seguimos sacando de nuestras maletas y de nuestros bolsillos, las hadas, los duendes, los gigantes y algunos enanos, los castillos, los bosques encantados, las lagunas sagradas, los minotauros, las crayolas, las plastilinas, la greda, las ninfas de los bosques, las sirenas, las tempestades, las alfombras voladoras, las témperas, las princesas, los genios, el señor Había una Vez, la señora Entonces, y nos pusimos a trabajar. Nuestra propia esperanza y nuestra fe, era nuestra garantía para hacer liviano el peso de vivir en este momento y en estas circunstancias donde la historia nos había colocado.  Debíamos convertirnos en Perseos,  el legendario héroe que tenía como misión destruir a la Medusa, mujer con cabellos de serpiente y con la capacidad de convertir en estatua de sí mismo a aquel que la mirara a los ojos; debíamos cortar la cabeza de la Medusa volando en las sandalias aladas y  apoyarnos en las nubes y los vientos, mirando a la desdicha  o Gorgona no directamente a los ojos, sino a través de su reflejo en el escudo.  Así como de la sangre de la medusa de Perseo surge Pegaso, el caballo alado; de la sangre de  nuestra gorgona  brota la vida, la compasión, la solidaridad, el consuelo, los  nuevos ideales, el diálogo, las nuevas certezas, la fe en el futuro y la amistad. Debimos  elevarnos a través de las dificultades,  para transformar las crisis en oportunidades para ellos y para nosotros mismos,  cortar la cabeza de la medusa sin mirarla a los ojos. Perseo debía lavarse las manos después de derrotar a la medusa y para ello tomó la cabeza  y la colocó  boca  abajo  en un nicho de hojas y ramitas nacidas bajo el agua, y  entonces sucede un milagro inesperado: las ramas marinas al ponerse en contacto  con la Medusa se transforman en corales, que sirven luego para adornar a las ninfas. Así como sucede esta mágica transformación, de la misma manera  las crisis de la humanidad por muy devastadoras y desastrosas que sean si se logran transformar en oportunidades, pueden  ser fuerzas que mantengan viva la vida y vivos los sueños.

La palabra crisis, que significa PELIGRO  y OPORTUNIDAD, es una oportunidad peligrosa para el cambio. Peligrosa en el sentido de que puede producir en la misma proporción sanación y vida o involución y muerte. Cuando a partir de la crisis se logra transformar las pérdidas en ganancias y crecimiento, entonces vemos brotar de la cabeza de Medusa, corales hermosos y brillantes. Son estas transformaciones las que nos alientan la esperanza.

 

 Ya bien entrada la noche,  habíamos terminado de compartir nuestros sentires ante la experiencia vivida, nuestras preguntas de vida, nuestras preguntas de muerte, nos detuvimos largo rato pensando acerca de lo inevitable y en este espacio  pensamos la muerte: ¿Nosotros moriremos? ¿Cómo sería vivir sin la posibilidad de la muerte? ¿Cuándo moriremos? ¿Cómo?. Fueron treinta y dos segundos para que todo un pueblo perdiera seres amados, sus amigos, sus sueños, su paisaje, sus certezas, sus ideales, sus viviendas, sus hogares, su inmortalidad, la esperanza y la fe en el futuro. “ _ Bastaron pocos segundos para acabar con mi historia” –  Nos había dicho un hombre de mirada helada y melancólica.

 

Entre sorbos de café y esfuerzos por despejar la gran opresión que se nos metió en medio del pecho, en la cabeza y en los diferentes sitios donde guardamos el alma, empezamos a pensarlos y a pensarnos, sabíamos que el trabajo sería duro, porque parte del equipo como tantas otras veces, eran damnificados, pero a diferencia de esas muchas otras veces, no se trataba de damnificados de la violencia intrafamiliar ni social, sino de seres que habían perdido casi todo en segundos, por los caprichosos movimientos de ese ser majestuoso llamado Tierra.

 Nos propusimos acompañarles a través del tiempo, ayudarles a devolver la capacidad de soñar, de jugar, de trabajar, de amar y de tener fe en el futuro. Relacionamos la creatividad con el caos, viajamos de lo simple a lo complejo por los caminos de la trascendencia. Hicimos conocido lo extraño y extraño lo conocido. Reflexionamos la vida vislumbrada desde el interior. Entendimos una vez más que la esperanza es un compromiso con varios mundos, con varias disciplinas, con varias dimensiones, que la esperanza es un derecho.

Un hombre estaba triste, estaba triste sentado en sus nostalgias, en sus miedos y desesperanzas. En el horizonte a lo lejos divisó la quimera, se levantó y avanzó diez pasos y observó como el horizonte y la quimera se alejaron diez pasos. Avanzó cinco y sorprendido vio que el horizonte y la quimera se alejaron cinco pasos. Entonces, desanimado se detuvo y le preguntó al poeta: ¾Poeta, dime ¿de qué sirve avanzar diez pasos, si el horizonte y la quimera se alejan diez pasos, y de qué sirve volver a avanzar cinco pasos, si el horizonte y la quimera se alejan cinco?

El poeta respondió: ¾¡ Te sirve para seguir caminando!

 

 

Trabajamos con niños y niñas y fue la metáfora la que permitió que aún los más pequeños socializaran el dolor, el miedo, la rabia, el desconsuelo, las dudas. Le dimos color, textura, olor, sabor y forma a los sentimientos. Encerramos los miedos en piedras que lanzábamos al fondo de las lagunas. Le dimos número a las tristezas, a las alegrías y ese número reemplazó el “presente”, en el llamado a lista en el aula, cada día. Sacamos monstruos que estaban encerrados en los armarios y debajo de las camas. Desensibilizamos a la infancia frente al terremoto, invitándoles a escuchar esos otros movimientos internos en sus cuerpecitos. Contamos cuentos y oraciones para matar el miedo, cuentos que ayudaban a estos niños y niñas a desarrollar una conciencia superior a través del contenido de la historia, cuentos que les permitían hacer plausibles y aceptables la ausencia de los padres y madres, otros muchos cuentos que les mostraban en forma simbólica muchos de los conflictos que estaban viviendo y les sugería formas de cómo podrían resolverse para que ellos y ellas encontraran sus propias soluciones, cuentos  terapéuticos, todos ellos. Estos cuentos de hadas a diferencia de cualquier otra forma de literatura, llevaban a los niños y niñas a la sanación y al descubrimiento de su identidad y vocación. Muchas de las historias insinuaban la existencia una vida armónica y gratificadora al alcance de nosotros, a pesar de las dificultades, las adversidades las desesperanzas y las pérdidas, y se consigue si perseveramos sin apartarnos jamás  de las peligrosas luchas, sin las cuales no se consigue nunca la verdadera identidad.

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