COMPLEJO DE ELECTRA

Eva Durán

Lo confieso, me enloquecen los hombres mayores. Mi terapeuta afirma que la causa de ello reside en el divorcio de mis padres. "Entonces no es mi culpa" - le respondo muerta de risa. -

"Si segùn Freud, al tener una pareja mayor me estoy comiendo simbólicamente a mi papá, solo me falta matar a mi mamá" (metafóricamente claro).

Ella me habla insistentemente de las ventajas de salir con chicos de mi edad, haciendo especial enfasis en aspectos como el poder hablar de temas comunes, pertenecer a la misma generación, la posibilidad de tener hijos y verlos crecer, los nietos, el pensar a largo plazo y todas esas ideas que nos hacen seres respetables y que constiyen la base de la democracia, la familia y el estado.

Pues bien, el único problema que me plantea mi complejo de Electra estriba en que desearía tener una obsesión menos común, más sofisticada, como la de los buscadores del ojo perdido de la emperatriz Nefertiti o la de los Miembros de la Sagrada Orden de buscadores del Santo Prepucio de nuestro señor Jesucristo.

Pero… ¿Como no encoñarse cuando se ha tenido la dicha de disfrutar la viril sabiduría de un hombre que en plena madurez conserva el transgresor, penetrante poder de un adolescente?

¿Cómo no entregarle todo a quién no tiene miedo de entregarse, por encima de las decepciones, el dolor y las cenizas que otros cuerpos dejaron en su cuerpo?.

Un hombre destilado a fuego lento por la vida, la imagen de sus piernas bronceadas y fuertes arrojando lava encendida sobre mí, ese es el recuerdo más hermoso que conservo del mundo.

Que me perdonen los obesos, pero su cuerpo debe conservar la talla justa que me permita enlazar con mis piernas sus caderas.

Que me perdonen los muy altos, pero deseo ser besada al instante de la entrega.

Que se olviden los jovencitos, pero carezco de paciencia ante sus inseguridades, inexperiencia y constantes embarradas.

En el otro extremo del espectro, tengo amigas del alma, entre los 30 y los 45 años, dedicadas a calmar su arrechera o a compensar una vida marital insatisfecha o inexistente, utilizando a esa montonera siempre dispuesta de muchachitos que mueren por aprender con una mujer con experiencia.

Algunas financian de su bolsillo toda la corrida, de