Dirigida por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez


| Poesía | | Celebrar a Pedro Pietri |

Los textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
 
 
Google
 
Estadisticas y contadores web gratis
Oposiciones Masters
 
     
 
LA COLECCIONISTA DE MAMARRACHOS

Por Harold Ruiz Paz - Cali, Colombia

A Natividad la conocí en el taller literario “Veneno” cuyo centro de operaciones quedaba en La Biblioteca Departamental de Cali. Los atuendos y el caminar de esta ninfa urbana no daban lugar a dudas de que estaba bien equipada para los deleites de la carne y que macho atrapado por su embrujo macho apremiado a demostrarle que el Kamasutra era un juego de niños. Yo no fui la excepción, pues mordí uno de sus anzuelos y la invité a pasar un fin de semana en mi casa. Ella aceptó; eso sí, acompañada de su hermana Charol, pues eran uña y mugre y, además, pertenecían a la calaña de espécimenes cuya belleza duele como un puñal en las entrañas, como un zarpazo en el alma, como una maldición que nos escupe Dios desde el cielo. Si bien, las señales emitidas por Natividad eran de fácil lectura, las de su hermana Charol representaban todo un desafío semiótico.

Un sábado, al arribo del anochecer y después de que los miembros del taller literario malgastáramos el tiempo en una discusión sobre el papel de la impotencia sexual de Borges en su obra literaria, Natividad me dijo –con la voz de quien está acostumbrada a tomar lo que le apetece–: “¿a dónde nos vas a invitar, Rancio?”. “Sí, ¿a dónde nos vas a invitar?” –repitió Charol cuyo libreto de cómplice conocía a perfección.

Estábamos sentados en una de las gradas de acceso a la biblioteca mirando el paisaje urbano y lo poco que quedaba del paisaje natural. En primera instancia, las invité a Palmira, a la casa de un amigo poeta que vivía en soledad por hallarse recién divorciado, y rehusaron:

--Yo no salgo de Cali. Mis desenfrenos son más impetuosos aquí –señaló Natividad.

--Yo no confío en los poetas que viven solos, prefiero los asesinos en serie –dictaminó Charol.

Y mientras ellas seguían regurgitando una serie de silogismos post-aristotélicos, por el otro costado de La Calle Quinta una procesión de sujetos vestidos de negro sincronizaba su caminar de zombis. Volví mi vista hacia mis acompañantes y un viento lujurioso hostigaba los bucles de Charol y anidaba debajo de la minifalda de Natividad. Les propuse, entonces, ir a mi casa casi seguro de que se negarían, pero, para mi sorpresa, dicha invitación fue música para sus oídos y respondieron sonrientes y a coro que sí, que claro que sí. Abordamos un bus y, luego de saltar con dificultad a un borracho que yacía al pie de la registradora, nos sentamos. Ellas, tres puestos más adelante de donde yo lo hice. Yo, tres puestos más atrás de donde ellas lo hicieron. A los pocos minutos, una mujer casi disecada se sentó a mi lado cargando en sus brazos una criatura amarilla. Luego, cual si fuese una Virgen María posando para una pintura inmortal, de uno de los colgajos de su pecho a la criatura puso a mamar. Una atmósfera fétida que iba in crescendo me hizo maldecir a la naturaleza por haberme impuesto el sentido del olfato. De vez en cuando Nati y Charol me miraban, comentaban algo y sus risotadas, en ese momento, fueron el mejor consuelo frente a la maldición de respirar en Cali.

Cuando llegaron a mi guarida, la miraron detenidamente y les pareció un lugar agradable, no obstante, mi culto a las artesanías indígenas se les antojó patético. Me pidieron que les pusiera rock en español, especialmente, Roby Draco Rosa, quien las hacía orinarse de la histeria. Fui al estanco y compré un guacal de cervezas, del cual, en la primera hora, dimos cuenta de buena parte. Y mientras la cerveza cumplía con su papel de cómplice para acercamientos y roces de cortejo, cantamos y reímos y morboseámos y nos burlamos de cada uno de los bichos que asistían al taller literario y de los escritores a quienes veneraban con incienso, mirra y oro. A la hora del hambre, engullimos arroz chino y, a medianoche, nos subimos a la terraza a divagar sobre temas de astrología, satanismo, vudú y especialmente sexo. Yo tendí una colchoneta sobre el pavimento y ellas se acostaron dejando un abismo entre sus cuerpos para mis ansias de macho cabrío experto en fingir la virtud de la templanza. Las estrellas del cielo reiteraban su homenaje estúpido a la redundancia de la materia y el Cerro de las Tres Cruces descansaba de las procesiones que día tras día lo apestaban.

Charol era una adolescente de negros ojos, ombligo psicodélico y ensortijado cabello. No poseía el talento de la promiscuidad sexual como Natividad, pero los relatos de sus experiencias, sueños y fantasías sexuales me produjeron escalofríos por estar adobados con sacrificios de animales cuya sangre era bebida como afrodisíaco, de íncubos que la visitaban en las noches y la penetraban con penes de fuego y de amantes que tenían que disfrazarse de guerreros medievales y cual si fuesen leones en celo copular con ella por toda la eternidad. Asimismo, dejó claro su frenesí por otras aberraciones sexo-lúdico-terapéuticas de las cuales no quiero acordarme. Como es apenas obvio eran escasos los candidatos que presentaban casting para este tipo de menesteres. Nati, por su parte, gustaba de experiencias sexuales continuas y como buena caleña su lema era: “Los hombres se comen lo que pueden, yo me como lo que quiero”. Era sorprendente advertir cómo se recreaba contando los más mínimos detalles de sus incontables experiencias sexuales y las peculiaridades de los hombres y mujeres implicados en ellas. Yo, por mi parte, no recuerdo por qué, sostenía que el triángulo era la figura perfecta porque hacía referencia a la trinidad y que quienes sostenían que el círculo o la esfera eran retardados mentales. De este modo, esclavos de ese bodrio psíquico que los psicoanalistas denominan asociación libre, dimos rienda suelta durante algunas horas a nuestras hieles y delirios. Recuerdo que, en cierto momento, Charol narró con lujo de detalles un sueño, soñado generalmente en noches de luna llena, en el cual un pitecántropo la poseía sin compasión y le dejaba como recuerdo unos intensos dolores pélvicos que debía calmar con cannabis. Asimismo, expresó que la expansión del VIH-SIDA era deseable y los ojos le chispeaban de placer al referir que no usaba preservativo en sus apareamientos porque quería ser recordada como una de las más destacadas embajadoras del Apocalipsis. “El sexo nos dio la vida, el sexo nos la quitará”, clamó sonriente. En el momento en que más atento estaba yo a sus postulados, interrumpió, de repente, su relato. Se incorporó y bajó hacia el baño. Natividad y yo nos miramos y, sin articular palabra, la fuerza de gravedad de nuestros cuerpos nos atrajo y nos besamos y exprimimos con un ímpetu tal que parecíamos luchadores de jujitsu poniendo en juego un repertorio de llaves mortales. De repente, así como nos juntamos, nos separamos y en silencio y sin mirarnos y aún jadeantes esperamos a que llegase Charol.

Las divagaciones en torno a la singularidad de nuestros egos duraron cerca de una hora más hasta que decidimos que había llegado el momento de acostarnos. Arreglé el cuarto donde ellas dormirían y les dije: “¡Hasta mañana! Si necesitan algo no duden en tomarlo”. Me dirigí a mi habitación, me senté en el borde de la cama sintiendo que todo me daba vueltas y mientras tramaba una artimaña para pasar la noche con Nati la vi irrumpir en mi cuarto en tangas rojas y sin sostenes. Se quedó un instante quieta con las manos en la cintura para que yo pudiese observarla y se abalanzó sobre mis ansias dando comienzo a una noche de pasión en la que debí representar el papel de contorsionista, depredador y taumaturgo del sexo. Recuerdo que en un momento de nuestro ajetreo la embestía por detrás, excitado por su trasero de patinadora, al tiempo que mi lengua escarbaba en uno de sus oídos, un dedo de mi mano derecha anidaba en su ombligo, otro, de mi mano izquierda, hurgaba en su vulva y otro, de mi pie derecho, era succionado sin piedad por los músculos de su boca. En plena faena de improvisado Kamasutra, un grito femenino desgarró la calle ante el acoso de un jolgorio masculino y un gallo respondió impotente con solfeo de tenor. Cuando Nati advirtió que mi aspecto semejaba el de un guiñapo, sentenció el final de la faena: “¡Basta por hoy!”, luego cerró los ojos y monologó una frase que aún no he podido olvidar: “El hombre ideal es un rompecabezas cuyas piezas son los machos cabríos que se cruzan en mi camino”. El reloj marcaba las tres de la mañana. Alcancé a ver una silueta en el umbral de la puerta antes de cerrar los ojos y descender varios escalones hacia la morada de Morfeo o, mejor, hacia la gruta donde están las Sirenas, porque dos horas después me despertó una pesadilla en la que un par de ellas devoraba con avidez el cuerpo de un marinero. Abrí con fuerza los ojos, mi corazón daba embestidas contra las paredes del pecho y mi cuerpo era una apología al sudor. Cuando la oscuridad fue disminuyendo, vi que Natividad y Charol dormían, desnudas, a mi lado. Antes de quedarme dormido, acaricié por unos minutos la topografía de sus cuerpos suaves y voraces. Si yo, de los tejemanejes perpetrados por el destino, era la víctima o el victimario, o ambos a la vez, en ese instante, me importó un bledo.

El siguiente sábado, Nati me invitó a su casa y acepté. Esta vez Charol no la acompañó porque había preferido ir con sus padres a las tomas de yagé que, los fines de semana, ya eran populares en La Buitrera. La casa de Nati estaba ubicada en el barrio Siloé y su apariencia modesta era menos urbana que rural. En la primera hora de mi visita fue imposible estar a solas con ella porque cada cinco minutos llegaba un mamarracho a visitarla y en corto tiempo ya eran legión. Como era de esperarse, el aquelarre llegó a congregar tal cantidad de miasmas que si alguno de estos superyahoos hubiese chasqueado los dientes habríamos estallado en mil pedazos. Quizá Nati sintió mi asco florecer frente a tantos especimenes de apariencia tan extravagante porque en la siguiente media hora se deshizo de todos ellos. Los minutos siguientes los aproveché para besarla y acariciarla y estrujarla sin tregua. Cuando ya me preparaba para otro inédito capítulo del Kamasutra, sonó el teléfono y, como si de esa llamada dependiese su vida, se zafó de mis tentáculos y contestó. Era un tipejo, oriundo de Bogotá, a quien ella conocía hace pocos días y que viniendo a visitarla se había extraviado. Yo le dije que lo despachara, pero ella rehusó. Me pidió más bien que la acompañase a buscarlo.

--Prefiero un vía crucis idéntico al de Cristo que conocer a un rolo –regurgité mi sarcasmo con fiereza.

--No hay problema, un macho cabrío se va y otro llega –fue su respuesta de geisha caleña.

Me acompañó hasta el paradero de buses, sitio donde casualmente la esperaba el bicho capitalino. Apenas lo vio no pudo ocultar su emoción. Me lo presentó y tuve que controlar mis náuseas homicidas. El desgraciado tenía tatuajes y piercings hasta en el alma, su figura era escuálida y su ropa y melena aguantaban entristecidas la fuerza de gravedad o quizá preferían reposar en el piso a la deshonra de colgar de un espantapájaros ambulante. Las calles y casuchas del arrabal estaban tan familiarizadas con la estupidez humana que ya eran expertas en asumir el rostro de la indiferencia. Al ver al rolo no pude evitar pensar que seguramente trabajaba de conejillo de Indias en un laboratorio de sustancias psicoactivas, ilegales, claro está. “Una pieza muy significativa para tu rompecabezas” –le gruñí a Natividad–, al tiempo que ponía mis pezuñas en polvorosa sin mirar atrás. El frenesí manifestado por ella frente a “El Señor de los Tatuajes” dejó claro que mi gruñido, aunque de macho malherido, resbalaba por su aura de coleccionista de mamarrachos.

El siguiente sábado la esperé ansioso, pero no asistió al taller y durante meses, en ninguno de los antros, que nos eran comunes, volvió a hacer acto de aparición. No obstante, un día pasé cerca de su casa y la vi, por casualidad, entrar a una edificación suntuosa, su cabello lucía acicalado con esmero, llevaba puesto un vestido que le llegaba hasta el tobillo y una Biblia bajo el brazo. Aunque pensé en la posibilidad de estar frente a su doble, deseché dicha superstición porque en su cuello lucía un collar que yo le había regalado, un collar de semillas nativas perpetrado con mis propias manos. Me aproximé hacia el recinto y en su interior vi un grupo de mentecatos –también con su respectiva Biblia— que dirigía su atención hacia un prestidigitador que junto a un estrado y detrás de un atril oficiaba la farsa. Riendo de manera nerviosa me alejé del lugar porque supe que Natividad ya había logrado armar su rompecabezas, que la búsqueda del Mamarracho Ideal había concluido.

 
     
 
 
     
 
Envíe sus comentarios
 
 
Archivo de ediciones anteriores