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El periplo de Bush

(Juan Diego García)

La mayoría de los analistas consideran que el viaje del presidente estadounidense a Latinoamérica tiene como objetivo central neutralizar la creciente influencia de Hugo Chávez en la región mediante una propuesta cargada de buenas palabras hacia las mayorías empobrecidas del continente. Por un lado entonces, Bush pretende crear una cuña entre Lula y Chávez, meter cizaña entre Uruguay y MERCOSUR, respaldar a un debilitado Uribe, dar alas a la derecha guatemalteca y revisar el estado de las complicadas relaciones con México; por otro, sorprende con almibaradas palabras y emocionadas menciones del mismísimo Libertador, Simón Bolívar, del cual se declara heredero.

La oferta de Bush tiene similitudes con la Alianza para el Progreso de Kennedy, al menos en su objetivo estratégico de neutralizar un gran movimiento popular que exige democracia e independencia para América Latina. Ayer era la influencia de la revolución cubana; hoy, de la revolución bolivariana.

La Alianza para el Progreso proponía ciertas reformas democráticas y la promoción de un desarrollo menos desigual y menos raquítico aunque sin afectar las relaciones de dominación respecto a Washington. Se trataba de modernizar la administración pública y hacer menos oligárquico el sistema político y económico. Pero para que tales objetivos tuvieran visos de realidad era necesario sobre todo que la clase dominante estuviese en disposición de adelantar dichas reformas. No fue así y los llamados sectores progresistas y modernizadores de la burguesía criolla tuvieron que desistir de sus ímpetus reformistas. En lugar de reformas se respondió a los movimientos populares con sangrientas dictaduras. Los objetivos de la Alianza para el Progreso quedaron como la ingenua idea de un gobernante gringo ignorante de las realidades al sur del Río Grande. Ni el imperio estaba en disposición de permitir desarrollos autónomos en su patio trasero ni las oligarquías criollas tenían la menor intención de introducir reformas democráticas que afectaran sus privilegios.

El mensaje de Bush no tiene el alcance de la propuesta de Kennedy pero algunos creen ver en sus palabras una cierta reedición de aquella Alianza, aunque sobre otras bases. En efecto, el desarrollismo de entonces ya no tiene cabida en los programas de los partidos burgueses del continente. El de hoy es un mensaje de integración plena en la economía mundial acentuando la naturaleza de estas economías como simples exportadoras de materias primas, productos energéticos, mercancías de escaso valor agregado y mano de obra barata. Del nuevo lenguaje ha desaparecido por completo la reforma agraria (se optó por la modernización de latifundio); tampoco aparece el fortalecimiento del estado (se promueve un estado mínimo) ni se hace referencia a un proyecto nacional (el nacionalismo es una antigualla en este mundo “globalizado”). La “apertura” ha desdibujado aún más el carácter nacional de las economías al punto que muchas son ya simples apéndices de grandes empresas multinacionales mientras el pago de los intereses de la deuda constituye un porcentaje cada vez mayor de la riqueza generada. Además, el “agente histórico” de las supuestas reformas sigue siendo el mismo, la vieja oligarquía, ampliada ahora con nuevas camadas fruto de la especulación, la corrupción o directamente del negocio mafioso. Ellos son el apoyo de los gobiernos neoliberales y los socios naturales de Washington en la aventura que propone Bush: más “apertura” económica, más acuerdos de libre comercio y más mercado. La democracia, el bienestar y el progreso vendrán por añadidura.

Mientras tanto Chávez hace su propio recorrido y propone fortalecer los estados nacionales como agentes promotores del desarrollo, defender los recursos naturales de la voracidad de las multinacionales, resguardar el trabajo nacional de la competencia desleal de los países ricos, integrarse regionalmente para tener alternativas en el difícil entramado del nuevo orden económico mundial (para negociar de forma conjunta la deuda externa, por ejemplo), unir físicamente unas economías que se han orientado tradicionalmente a las metrópolis en lugar de buscar al vecino más próximo y sobre todo reformar la propiedad y el poder de manera que la riqueza social beneficie a las mayorías y el pobrerío tenga voz en lugar de ser el eterno excluido en las instancias de decisión política.

En realidad la Revolución Bolivariana si acomete las reformas que nunca realizó la Alianza para el Progreso. Por ejemplo, la reforma agraria propuesta por Kennedy jamás pasó del papel; Chávez y Morales en cambio si la llevan a cabo aunque dentro de los estrechos márgenes que impone la legalidad burguesa. La modernización del aparato estatal nunca tuvo feliz término; Chávez y Morales la están intentando, por supuesto sobre nuevas bases pues ya no se trata de evitar la revolución social sino precisamente de promoverla.

Ni los sabotajes criminales, ni el golpe de estado, ni la evasión de capitales, ni los intentos separatistas han conseguido minar el apoyo popular a los gobiernos que se inspiran en el ideario bolivariano que Chávez representa. A Venezuela y Bolivia se agregan ahora Ecuador y Nicaragua y en México el voto popular estuvo a punto de dar un buen susto a Washington.

Que Bush se declare “bolivariano” resulta tan patético como tendencioso el discurso de bienvenida de Uribe escogiendo algunas frases del Libertador que le muestran como un partidario ferviente de los Estados Unidos. Washington ha intentado sin éxito una maniobra similar con la figura del héroe nacional cubano, José Martí. Pero basta conocer un poco la obra de estos dos próceres para saber que desde siempre tuvieron muy claro el papel imperialista de los Estados Unidos y sus intenciones agresivas hacia las nuevas repúblicas. “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas y mi honda es la de David” decía Martí. Y Bolívar sostenía que “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a llenar de hambre y miseria nuestra América en nombre de la justicia”. O los asesores del presidente no leyeron detenidamente las obras de Bolívar antes de recomendarle declararse él también “bolivariano” o contaron seguramente con la ignorancia interesada de los anfitriones sobre el pensamiento del Libertador.

Como testimonio de dignidad quedó la movilización ciudadana con sus gritos y protestas, y como contraste, la efectiva solidaridad de Venezuela materializada en millones de dólares para Uruguay, Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, República Dominicana, Haití y hasta para las comunidades pobres de las grandes ciudades de los Estados Unidos. Mientras tanto la ayuda estadounidense destinada a Latinoamérica se recorta en el presupuesto de 2008, casi la mitad va destinada a financiar la guerra en Colombia y de ésta, menos del 10% tiene finalidades no militares.

Si el sr. Bush se siente “hijo de Bolívar” conmovido por la admiración que el Libertador y casi todos los próceres de la Independencia sentían por el dinamismo de la economía y el orden social que imperaba entonces en el norte en comparación con la pobreza y atraso de las colonias españolas del Nuevo Mundo, bien podría también declararse “nieto de Carlos Marx” quien no tuvo reparos en reconocer el papel revolucionario de la burguesía tanto como su ineluctable destino de clase explotadora y colonialista. Pero estas deben ser consideraciones demasiado complejas para la mente simple del inquilino de la casa Blanca que refiriéndose a Latinoamérica habló de “nuestros dos continentes”. Muchos, con sobradas razones, han tenido por cierto el apócrifo estudio del Instituto Lovenstein de Pensilvania (al parecer, inexistente) que establecía el nivel intelectual de Bush como el más bajo de presidente alguno en la historia de los últimos 60 años en Estados Unidos.

 
     
 
 
     
 
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