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LA TELEVISIÓN Y SUS MUECAS

Por Harol Ruíz Paz

¡Cómo no celebrar la televisión y a todos aquellos estúpidos que malgastan sus vidas en ella! ¡Cómo no celebrar todo aquello que de forma tan competente se pone al servicio de nuestro asco, de nuestro veneno! Siempre he odiado la televisión y a quienes pueden tolerarla más de cinco minutos, pues no hay duda de que es una de las tantas invenciones que se utilizan para ayudar a la gente a ser más estúpida de lo que ya es. En el caso de Cristián –un amigo que vivía en un barrio de casonas y apartamentos desvencijados denominado Barrio Caliente–, la televisión cumplía un papel diferente: lo incitaba a cometer delitos. Su máxima favorita era “soy lo que soy por culpa de la televisión, entonces ¡qué viva la televisión”! Cristián estaba convencido que la televisión escupía mensajes y ondas electromagnéticas que trastornaban los componentes físico-químicos de su cerebro y lo fustigaban a robar, matar y violar. Los programas preferidos que inspiraban sus comportamientos eran los reality shows, las plenarias del congreso y aquellos donde un payaso vestido de etiqueta entrevista a las marionetas cotizadas del momento. “Yo José Gabriel”, le exacerbaba sus impulsos criminales al máximo. La estrategia para seleccionar a la víctima era sencilla: luego de ver un programa de televisión se paraba junto a la ventana de su habitación a masturbarse y haciendo uso de una progresión aritmética, que establecía con base en el número de movimientos de su mano, elegía a su presa, preferiblemente niñas y adolescentes: “esas que sonríen impunes por las calles como si Cali fuera un paraíso”, decía, modulando la voz como si sus palabras fuesen golosinas. Además, sus crímenes no le generaban ni el más mínimo prurito de culpa, por el contrario, se sentía orgulloso de ser un joven que encajaba perfectamente en las aberraciones de La Aldea Global. No obstante, un error en sus cálculos fue su perdición y nadie llorará sobre su cadáver como algún día anheló.

De sus crímenes, los únicos que lamenté fueron los asesinatos de Naren y su perra pequinesa. Naren era una niña de diez años que vivía en La Calle de Los Mutantes y sus rasgos faciales parecían usurpados de los Nukak Makú. Cristián cometió el crimen porque se había sentido encolerizado contra unas lesbianas que salieron en la televisión vociferando que el Papa tenía la culpa de que en pleno siglo XXI no legalizaran los matrimonios gays, y también contra una ONG comunista que promulgaba la necesidad de erradicar el catolicismo de la faz de la tierra porque ser católico no era más que gozar de licencia para abusar sexualmente de los niños. Para infortunio de Naren y su perra –y como una razón más para aborrecer las progresiones aritméticas–, ambas salieron favorecidas en la tómbola criminal de Cristián. Aprovechando al máximo el encanto natural con el que Dios premió a los psicópatas, se acercó a ellas y las sedujo con alabanzas, muecas y regalos y consumó su propósito en un templo Cristiáno que estaba en vísperas de ser inaugurado. La perra se llamaba Cuchicuchi y era admirada por glamorosa, por haber aprendido a sentarse a la mesa, por ser modelo de ropa de marca y por trabajar como co-terapeuta de niños autistas. Los asesinatos de Naren y Cuchicuchi fueron muy sonados en la ciudad de Cali. Primero generaron repudio y clamores de justicia, luego se convirtieron en todo un espectáculo condimentado con chistes, comentarios y parodias. Hubo incluso una empresa paisa que salió de la quiebra en un santiamén sacando al mercado juguetes que representaban a Naren y a Cuchicuchi.

Cuando Cristián veía televisión no podía olvidar las melodías de apertura de cada uno de los programas de su predilección. Había una en particular que prefería desde los siete años: la del Chavo del Ocho. Había conseguido la canción y la tenía grabada en acetato, en CD, en DVD y vaya el diablo a saber qué otras modalidades. Adoraba en especial una versión en cuya portada aparece La Chilindrina dándole un beso al Chavo.

Cristián aseguraba que cuando terminaban de emitir las propagandas venían unos instantes de silencio en los que aparentemente no se veía nada, pero en realidad se veía el rostro de Urib Álvar. Cristián sabía que en ciertas horas del día, cambiar de canal era inútil porque el rostro era transmitido en todos los canales. En una ocasión que veíamos El Chavo del 8, me dijo:

--En estos hijueputas apartamentos las paredes parece que estuvieran hechas de papel higiénico y de mala calidad, esos de colores deprimentes que vienen en rollos de una sola hoja…

--Esos son los mejores, pues producen cáncer, eso sí mediante un ardor placentero –le dije yo, mirando una colección de ropa y objetos infantiles que reposaban en un mueble.

--Aunque gracias al avance de la tecnología ya vienen en presentaciones más resistentes con hojas adornadas y perfumadas e incluso con la imagen del Che.

--Muy pronto vendrán con la de nuestro presidentucho y toda su camada” –le repliqué.

--Aquí nadie habla con nadie pero todos saben lo de todos y eso gracias a estas putas paredes. ¿Sabías que el tipo de al lado sabe que todos sabemos que viola a su hijo porque va mal en el colegio?

--No, no sabía. Es que las pedagogías para educar a los hijos evolucionan tan rápido que ya Piaget debe hacer parte del museo de los idiotas.

--Primero lo pone a ver una película porno y luego lo viola.

--¡Vaya forma de convertir a un muchacho en buen estudiante! El tipo debería patentar su descubrimiento o escribir un libro sobre cómo convertir a los hijos en genios mediante el abuso sexual. En Colombia se haría millonario.

--Le pide que no grite, pero todos escuchamos y nadie se atreve a llamar a la policía.

--Y por cierto, ¿por qué no llaman a la policía?

--Porque el tipo es un oficial de la policía y sabe que nosotros sabemos y le importa un comino.

--Eso debe ser lo que más lo excita. ¡Pobre muchacho!

--Asimismo sabemos que el gordo marica del quinto piso golpea a su mamá todo el tiempo y la encierra en el baño si ella no accede a darle dinero para ir a ver los partidos del Deportivo Cali.

--Pero parece que el único ser normal en este condominio sos vos.

--¿Ser normal? ¡Ni loco que estuviera!

--¡Jum!

--Todo el mundo sabe también que el matrimonio del cuarto piso goza de lo lindo, pero me sacan la piedra porque a eso de las once de la noche no puede uno mirar la televisión tranquilamente. La mujer empieza a gemir mientras él tipo le dice: “ponte en cuatro que ahora te meto la videocámara por el culo y te hago gozar, zorra vagabunda”.

--Como que de verdad gozan de lo lindo. ¿Será que el tipo es el camarógrafo de algún reality tratando de ir a la vanguardia del rating?

--Quizá. Yo trato de concentrarme en el programa de RCN, el de “Yo José Gabriel”, y mientras miro a ese cachaco hijueputa que se las da de lindo, de gentleman, empiezo a oscilar como una caña de bambú azotada por el viento y su rostro de estúpido, y también la del enano que dirige la orquesta, calientan mi cerebro y tengo que salir a la calle a cometer alguna fechoría.

--Estoy de acuerdo con vos, ese programa dan ganas de matar, pero a Pose Gabriel, a nadie más. Ese programa no lo soporto ni un segundo, pero ese segundo basta para querer matar a ese payaso.

Cristián odiaba a muerte a los políticos comunistas porque fingían defender los derechos de las trabajadoras sexuales cuando ellos mismos eran los proxenetas. También les temía, pues ya conocía todas las atrocidades que habían cometido a nombre del comunismo. Estaba casi seguro que nuestro país sería un total desastre si algún día los comunistas ganaban las elecciones, y como estaba seguro que todo tendía hacia lo peor no le parecía raro que ese día llegase en un santiamén. Se veía como un pordiosero caminando por las calles de Cali con una andrajosa bandera de Colombia cubriendo su cuerpo, ya no fofo sino pellejudo. Lagrimeaba de sólo pensar en la prohibición de las películas de Stallone, Van Dame y Swarzenegger. Además le parecía repugnante que la televisión llegara a malutilizarse en la emisión de documentales sobre Marx o Mao Tsé-tung. Aunque había recibido una educación católica muy rígida –con abuso sexual por parte de un cura, tal como Dios manda– prefería el status quo a un mundo ateo y comunista. Para él, el mundo tenía que seguir siendo católico porque eso garantizaba la perpetuación de las aberraciones humanas demasiado humanas. ¡Pobre Cristián! Me caías bien. ¿Porque escogiste la víctima equivocada?

Recuerdo que los programas con público incluido eran los que más llamaban su atención porque, según él, la gente mantenía con la mirada pérdida y ponían voces de radio mal sintonizado como si fuesen robots en período de prueba. Unos días atrás en un reality había visto entre el público un tipo que se meneaba y se meneaba y se meneaba. Pensó que era un pobre discapacitado –pues con el presidentucho actual ya son legión en nuestro país–, pero miró bien y parecía que estaba haciendo lo que tanto le gustaba hacer a él junto a la ventana de su habitación. Pensó que la fogosidad del tipo era culpa de la nueva marca de desodorantes cuyas propagandas sediciosamente lésbicas tanto gustan a los espectadores, o quizá debido a la nueva versión de chicles afrodisíacos. Pero no, el tipo no estaba masturbándose, sólo estaba jugando con un celular.

“Me desilusiona saber que las telecomunicaciones hayan cambiado la filosofía sexual de ayer –decía--. El celular es exactamente lo opuesto al pene, entre más pequeño más interesante para las mujeres. Con respecto al pene sigue siendo igual que desde la época de las cavernas: entre más grande más atractivo. En esta parte he sido afortunado, pues mis treinta centímetros hablan por mí”.

A su abuela la consideraba una máquina especializada en la producción de malos olores. Él sentía náuseas cuando ella se le acercaba. Su gran obsesión era matarla, pero el asco no lo dejaba.

--Algunas veces sueño que la beso –repetía.

--Pero no decís que le tenés asco.

--Sí, pero un sueño es un sueño y no más.

--Los sueños son realizaciones de deseos reprimidos, según los estribillos freudianos.

--En mi caso, no. Además no sé porque te hablo de mi abuela, pues que yo tenga abuela no tiene importancia, no conozco a alguien que sea más inteligente o mejor persona por tener abuela. Mi abuela es sorda e hipócrita y se orina en los calzones con eso basta.

En otra ocasión me contó que había soñado con Marilyn Monroe. Ella llamaba a la puerta de su habitación mientras su abuela le preguntaba algo sobre el abuelo muerto. Después de escupir a su abuela y pedirle que se callara, abrió la puerta y vio a la diva luciendo unos calzones cacheteros y con las manos cubriéndose los pechos.

--¡Hola, Cristián! –dice Marilyn.

--¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Sigue y siéntate! –le responde él.

--¡Muchas gracias! Hace días que quería conocerte.

--¡Gracias por venir! ¡Al fin podré violarte! Pero cuéntame: ¿Sigues con tus vicios?

--No, ya estoy muerta y en la muerte se tienen otros vicios.

--Estarás muerta, pero tus carnes se ven muy bien –Le dice y se abalanza sobre ella como un perro furioso. Mientras viola a Marilyn, su abuela, que mira la televisión, se pone en cuatro y empieza a orinar y su magma inunda toda la habitación derritiendo todo lo que halla a su paso. El sofá sobre el cual Cristián oprime y desgarra las carnes de Marilyn flota hasta salir por la ventana. Al final del sueño, el cerebro de Cristián se le escurre por oídos y nariz salpicando el cuerpo de la diva. En ese momento, Cristián siente un placer inmenso.

Aunque odiaba a su abuela, siempre la acompañaba al cementerio Central donde estaban los restos de su abuelo, quien murió a causa una descarga eléctrica cuando arreglaba un televisor.

“No me gustan los viejos, lo mismo encienden la radio que la televisión, lo mismo la escuchan que la miran porque están atrapados en las telarañas de la memoria, están presentes pero ausentes, tratan de hacerse los bobos para que la muerte no los vea”, repetía cuando hablaba de su abuela.

Cuando era niño, Cristián soñaba con ser un médico famoso con la capacidad de salvar muchas vidas, de tal modo que cuando muriera todo el mundo se acercase a llorar sobre su cadáver. “Entonces me hubiese sentido más vivo que en cualquier otro momento de mi vida, muriendo hubiera empezado a vivir de verdad. Pero ahora he crecido, los sueños se vuelven pesadillas, y es mi destino salir a la calle a hacerle daño a la gente”, añadía.

La penúltima vez que lo vi, Cristián soñaba con un arma mejor que la mágnum que siempre lo acompañaba, un arma capaz de traspasar una fila de personas, de esas filas que la gente realiza cuando cada mes el Estado la obliga a ser desvalijada por las empresas municipales. Infortunadamente, ya no podrá realizar su sueño porque se metió con quien no debía. El día de su muerte, atravesé La Calle de Los Mutantes, llegué a su casa, entré a su habitación y le dije que quería oír la melodía del Chavo. Él veía “Yo Pose Gabriel”. Puso con gusto la melodía, luego le solicité ver su Mágnum argumentando que quería cambiar mi Walter por una como la suya. Adivinando mis intenciones la tomó con rapidez e intentó liquidarme, forcejeamos unos segundos junto a la ventana hasta que lo golpeé en la cabeza dejándolo a merced de mi rabia. La luna llena, esa luna fisgona que el ladrón dejó olvidada en la ventana, iluminaba la escena. Tomé su arma y le hice confesar un crimen en especial. Cuando así lo hizo, un rebote de lujuria apareció en sus ojos. Lágrimas brotaron de los míos. Su abuela miraba indiferente la escena envuelta en un mar de orina, Pose Gabriel exhibía su sonrisa de títere del capitalismo y la melodía del Chavo estalló en mis entrañas como una pepa alucinógena. “¿Por qué tenías que ultrajarla? ¿Por qué tenías que asesinarla? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Maldito abusador!, con mi hermanita Naren hubiera sido suficiente. Esa te la hubiese pasado. Pero te excediste. ¡Lástima por ti! En el fondo me caías bien, hubiéramos podido seguir siendo amigos. Tomé el collar de Cuchicuchi que colgaba de un clavo y disparé. La primera bala dio contra su bocota de payaso. El televisor estalló en mil pedazos y con él Pose Gabriel. Luego clavé mi mirada de enfermo terminal en mi amigo, quien se hallaba amortajado por el miedo: ¡Qué te pudras en el infierno!, le grité, mientras le volaba la tapa de los sesos.

 

 
     
 
 
     
 
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