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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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Los fantasmas de Scrooge y la técnica en el cine
Generalmente el componente artístico se imponía al técnico, que estaba casi siempre a su servicio. Sólo ocurría lo contrario de una manera evidente, cuando se probaba un nuevo adelanto técnico y se hacía una serie de películas que se ajustaran a él, como ocurrió cuando apareció el sonido en 1927 o la tercera dimensión en la década del cincuenta. Pero pasada la novedad, estos adelantos técnicos se incorporaban orgánicamente a la concepción artística del cine y éste seguía su camino, privilegiando el lenguaje cinematográfico y las ideas en su proceso creativo. Sin embargo, desde un momento que se puede situar más o menos con la aparición de las primeras películas de George Lucas y Steven Spielberg los adelantos técnicos, en su apartado de efectos especiales y en el cine norteamericano principalmente, empezaron a tener un protagonismo tal que las ideas planteadas por una película, su discursividad narrativa y propuestas estéticas, muchas veces pasaron a un segundo plano. En los últimos años, en una tendencia que se consolidó con Jurassic Park (Spielberg, 1993) los efectos e imágenes diseñados por computador se tomaron el cine comercial, condicionándolo muchas veces en sus temas, tratamiento y proceso de producción. Por eso no es casual desde entonces la proliferación de cine de fantasía y de superhéroes. El desarrollo de estas imágenes virtuales en el cine es continuo y el truco cada vez es menos perceptible, por eso es que están eliminando sin piedad el uso de miles de extras, de cierto tipo de maquillaje, de los escenarios costosos o imposibles de conseguir y hasta de los actores mismos, haciendo que la puesta en escena de muchas películas, sobre todo en grandes producciones como, por ejemplo, La Guerra de las galaxias-episodio 1 (Lucas, 1999) o 300 (Zack Zinder, 2007), sea cada vez más virtual, es decir, menos cine a la vieja usanza. El caso de Los fantasmas de Scrooge (Robert Zemeckis, 2009) presenta una variable interesante en todo este asunto, porque es algo así como hacer una película convencional y luego convertirla en una con lo tecnológico como esencia. Y es que con una treintena de versiones cinematográficas que tiene este clásico libro de Charles Dickens, tal vez sea por eso que otra versión más requería de una novedad que marcara la diferencia. En esta ocasión la técnica podía ser la respuesta. Porque la técnica cada vez permite con mayor perfección la creación sin límites. Aunque también puede imponerse a sus inventores y desfigurar su humanidad o todo aquello humano que quieran expresar, como el gesto de un actor, por poner un simple pero significativo ejemplo. Desde sus dos anteriores películas (El expreso polar, 2004 y Beowulf, 2007) Zemeckis anda embelesado con la técnica del motion-capture, que no es otra cosa que la lógica del viejo rotoscopio adaptada a la era digital, es decir, grabar con una cámara a los actores y buena parte de la puesta en escena, para luego darles un acabado como si se tratara de imagen digital. Y para complementar, está en versión 3D -la de las gafas- y en Estados Unidos en sistema IMAX (sistema de proyección con mayor tamaño y definición), aspectos que potencian aún más el valor del filme, pero por vía de la tecnología. La cuestión es preguntarse si la película como otra adaptación más de un conocido cuento se sostendría sola, o si únicamente resulta atractiva por la tecnología que la soporta, el motion-capture y el 3D. Si es así, entonces la verdadera esencia del cine se pierde por completo aquí, esto es, el arte de contar historias que nos trasmitan ideas y sentimientos, que nos emocionen y hablen honestamente de la naturaleza humana. El despliegue técnico y las decisiones estéticas no pueden ser razón suficiente para ver una película, menos para que siga existiendo el cine. Es cierto que la televisión por cable, el DVD (ahora el Blue-ray) y las descargas por Internet han significado un descalabro para la exhibición convencional de cine, y por eso la industria debe competir con mayor efectismo y adelantos tecnológicos que no se puedan obtener por fuera de las salas. Sin embargo, cuando Robert Zemeckis hace estas tres películas con actores como Tom Hanks, Anthony Hopkins y Jim Carrey, respectivamente, pero luego transforma, o más bien, desfigura sus interpretaciones, con este artificio tecnológico, no se puede menos que cuestionar el orden de prioridades que ahora tiene la industria. Parece más importante el empaque que el contenido. Es verdad que esto ha sido normal en esta industria, pero con este caso de transformar –que no crear- el mundo real en uno digital, se pone aún más en evidencia la situación. El
gran problema de esto es que los espectadores confundan ese virtuosismo
técnico con el cinematográfico y que los realizadores hagan
del tratamiento digital de la imagen, no un complemento del arte de contar
historias con imágenes en movimiento, sino un sustituto. Por eso,
si este componente técnico supiera guardar el debido respeto hacia
el componente artístico del cine al que debe servir, no importaría
tanto que ahora muchas películas empiecen con el clic de un mouse
y no con el clásico y trillado “luces, cámara, acción”. |
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