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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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Julio César Londoño |
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En 1958 publicó Desayuno en Tiffany’s, novela que, sin ser un suceso literario, confirma el buen pulso de su autor. En 1967 publicó a Sangre fría, novela que lo convierte en millonario y le da fama universal. Capote alcanza el apogeo de su gloria literaria y social. Para celebrarlo dio una fiesta legendaria en los anales de la alta sociedad norteamericana, una bacanal que reunió lo más selecto de tres continentes en los salones del hotel Waldorf Astoria. En el centro, presidiendo el aquelarre como un animal bello y sagrado, Truman Capote, o el estilo. Viaja por el mundo. Se entiende muy bien con las mujeres. Se embarca en un crucero por el Mediterráneo con Jackie Kennedy, su inteligente amiga; esnifa con una muchacha de nombre rarísimo, Oona O’Neill, quien aún no ha caído en las garras de Charles Chaplin, y llora sobre el hombro de Lee Radziwill, que aún no es princesa, y de Gloria Vanderbilt, que lo será siempre. También tiene éxito entre los escritores. Albert Camus fue el editor de su primera novela para Gallimard; Yukio Mishima y Jean Cocteau dormían con sus libros y a veces, dicen, con el mismísimo autor. Tennessee Williams es su compañero de “cacerías” en bares de muchachos; Carson MaCullers y Karen Blixen lo leen casi con la misma devoción con que él las lee a ellas. Trabaja duro: sexo, fiestas, viajes, escritura. Quiere dominar “un repertorio de fórmulas y alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador”. Lógicamente, este ritmo de vida era insostenible sin estimulantes y él los usó todos: vodka, whisky, coca, valium, codeína, dilantina; y muchachos, por supuesto. Admiraba a Proust. Quizá por esto concibió el proyecto de hacer un libro que fuera la gran crónica de la sociedad estadounidense, y empezó a escribir Plegarias atendidas, una obra que sería el equivalente americano de En busca del tiempo perdido, el gran fresco de una sociedad rica, moderna, imperial y viciosa. Por alguna razón que se desconoce, el trabajo nunca marchó a buen ritmo, y la poderosa pluma de Capote vaciló. Quizá algo le falló en el cerebro. O en su corazón. Quizá adivinaba que esos muchachos que se le metían a la cama iban tras su dinero y sólo veían en él un gordo viejo. Quizá sufría del desánimo que sufren los que alcanzan la gloria temprana. Después de la cima ¿qué? El libro nunca se terminó. El capítulo que publicó en Esquire, “La Cote Basque”, fue recibido con chiflidos. Es mejor que muchos clásicos, pero inferior a todo lo que había publicado hasta entonces. Cuando todos pensaban que estaba acabado, escribió un libro sorprendente, Música para camaleones. Son retratos, cuentos, una novela corta, reportajes y hasta una auto-entrevista. Todos magistrales. ¿Cómo pudo escribir algo así un hombre perdido en las brumas del licor y las pastillas, un señor que decía incoherencias en los estrados y tropezaba y caía y pasaba mucho tiempo en los sanatorios? Nadie se lo explica. También es incomprensible –quizá injusto sea la palabra– que después de escribir tantas páginas llenas de humanidad –sus cuentos de navidad, el retrato del abuelo, Harpas de hierba, “Una hermosa criatura”– entre el público quede una imagen suya frívola y cínica. Fue frívolo, sí, y también cínico, a la manera de los moralistas irónicos, pero es injusto desconocer que el cinismo era la única manera que le quedaba a un inteligencia tan retorcida como la suya, que su obra es de una seriedad que asusta y de una belleza que ya la quisiera el mismísimo Proust. Frases de Capote * Yo nunca escribo –soy físicamente incapaz de escribir– nada gratis.
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