Dirigida por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez


| Poetas en red | Crónicas | | Celebrar a Pedro Pietri |

Los textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
 
 
Google
Estadisticas y contadores web gratis
 
 
 
     

BOMBARDEROS

-Llegaron los bombarderos, llegaron los bombarderos…-chilla a todo pulmón el viejo Eddie, una de aquellas mañanas en que regresa de su visita a la farmacia del barrio, llevando entre sus gruesos y peludos brazos unas cuantas cajetillas de benzedrina 100, la droga más popular entre los inquilinos de la casa 27 de Memorial Avenue, condado de Staten Island, en donde además de “dealer personalizado”, Eddie ejerce ocasionalmente como el administrador de turno y cobrador. Ante la proximidad de los “salvajes B-100”, aquel destartalado caserón parece entrar en frenesí colectivo y de un momento a otro muchas caras expectantes se amontonan frente a la puerta de Eddie, en espera del santo y seña que les permita ingresar, por vía alterna, al paraíso de sus alucinaciones personales.

El primero en asomar su carota redonda y congestionada es el viejo Joey, famoso entre sus vecinos por su sorprendente habilidad para imitar las voces de populares personajes de series animadas como el Pájaro Loco, Popeye y Bugs Bunny. Afirma haber sido contratado por el mismísimo Mel Blanc una lejana tarde del ‘53, poco antes de la “guerra amarilla”, cuando una carambola del azar lo lanzó del cargo de mantenimiento y servicios varios en una estación local de radio en Staten Island, al nada deleznable título de locutor principal de la Warner Brothers.


-¿Sabes, Eddie? Anoche tuve una pesadilla terrible, -confiesa con sigilo Joey a su hiperactivo interlocutor quién no se detiene un segundo en su febril actividad de revisar cada cajetilla y recontar por enésima vez el número de pastillas que se apresta a vender. –Era de nuevo prisionero de los malditos amarillos y me lanzaban a una cloaca más pequeña, fría y oscura de la que me metieron en la puta selva de Corea- susurra Joey con rostro adolorido.
-Maldita sea si no me di cuenta, Joey. Tus chillidos se escuchaban por toda la jodida casa. Yo tampoco pude dormir – Le espeta Eddie mientras con una mano se señala las ojeras y con la otra le entrega un paquete con la dosis habitual. Joey sonríe con aspecto beatífico e inclina la cabeza hacia su salvador mientras apresta sus manos en gesto de recibir “la sagrada hostia”. Eddie a su vez le devuelve una generosa sonrisa de tres molares arriba y dos colmillos abajo a su primer “salvado” en este día.

Y es que Eddie sí sabe lo que es calmar a un espíritu atormentado. 17 años, entregado en cuerpo y alma al consumo ritual de drogas de farmacia, le han permitido perfeccionar sus dotes de sanador curtido en el oficio. Para no ir tan lejos en el tiempo, seis noches atrás, de no haber sido por su oportuna intervención, lo más probable es que la señorita Williams hubiera fallecido por ahogamiento en su propio vómito.

Un minuto de tardanza y Margoth Williams, Enfermera en jefe del pabellón trece del Hospital Psiquiátrico de Orange Hill sería otro nombre más en los obituarios del “Staten Island Advance”, uno de los diarios de este olvidado distrito de la ciudad de Nueva York. La ventaja de tener un oído afinado y la manía de recorrer, una y otra vez, los pasillos de aquel viejo caserón estilo republicano revisitado, se confabularon en aquella ocasión y permitieron que Eddie entrara, once accesos de tos después de iniciado el infausto suceso, en la habitación de Margoth, y la encontrara aferrada a su botella de “Bourbón Francés”, intentando mantener su dignidad en medio de aquel caos digestivo. Suerte o intervención de la divina providencia, el caso es que aquella noche, Eddie no sólo rescató a un cuerpo agonizante y repleto de alcohol y benzedrina, sino también a un espíritu solitario que clamaba por algo de atención a su alrededor.

De otro modo no sería posible explicar el hecho de que cada mañana, en los albores de la madrugada y antes de salir a cumplir su agotador turno de doce horas en el pabellón de los casos más “delicados” de ezquizofrenia, la señora Williams se parase frente al espejo de su tocador, herencia de su querida madre, y recitara fragmentos, ojos bien cerrados, de “Un tranvía llamado deseo”, una obra de teatro que marcaría su ya lejana adolescencia. Nostalgias de una profesión acaso anhelada en secreto, el hecho es que Eddie había descubierto este singular ritual una mañana de otoño, cuando una puerta mal cerrada le dio el aval para entrar a asegurarse de que la señora Williams no fuera víctima de algún “sucio delincuente mejicano”, como los que solía ver parados ociosos en las esquinas del barrio, cada mañana en su trayecto a la farmacia. La imagen de esta mujer en sus cincuenta y mucho, murmurando frases ininteligibles y cubierta apenas por una batola raída, dejaría estupefacto a un atortolado Eddie que atisbaba por primera vez en aquel singular espacio poblado de elegantes bufandas colgadas de un alto perchero y decenas de botellas de Bourbón vacías y lanzadas por todos los rincones de la habitación. Y fue precisamente una de aquellas elegantes botellas la que delataría a Eddie, al enredarse en sus viejas zapatillas Reebok, las cuales llevaban acomodadas sobre esos malolientes pies más años que los que tenía Eddie de vivir en esa semiderruída casona de inquilinato.

Algún testigo externo de este fortuito encuentro tardaría un tiempo en adivinar en cuál de aquellos rostros subía más intenso el rojo de la vergüenza tras ser descubiertos en su pequeño acto secreto. La habilidad para enfrentarse a las situaciones más descabelladas que surgían en su día a día con los pacientes a su cargo, le permitieron a la señora Williams salir avanti del bochornoso incidente al precipitarse sobre Eddie y comenzar una larga perorata sobre los inconvenientes que tenía con esa desvencijada puerta, aparte, claro, de otros innumerables que de tiempo atrás sufría por culpa de la humedad y el óxido que corroían las paredes de su habitación.


Eddie, aprovechando también el instante de exaltación de la señora Williams, le recordó a su inquilina que no estaría de más una colaboración de su parte para saldar los tres de meses de arriendo atrasados que sumaba hasta el momento. La señora Williams, o Margoth, a secas, como prefería ella que fuese llamada por el “apuesto Eddie”, según sus propias palabras, volvería a hacer gala de su habilidad para controlar situaciones de suma delicadeza y de una vez le hizo saber a su amable arrendatario encargado, que aquella deuda sería saldada muy pronto, con el dinero de su pensión en camino; y que para dar fe de sus buenas intenciones le haría obsequio de una exquisita botella de Bourbon en la noche que él creyese conveniente “acercarse a su humilde hogar y conversar de negocios pendientes”.

La curiosidad, la falta de una pareja permanente con quien calmar sus ímpetus sexuales, el deseo de recuperar ese dinero, o tal vez la combinación de todas, empujarían al usualmente falto de iniciativa de Eddie, a descolgar de su armario aquella camisa a cuadros que le diera su anciano padre una tarde del otoño anterior, con la intención de impresionar un poco a la usualmente rígida y silenciosa señora Williams, perdón, Margoth. Fuera lo que fuese, Eddie caminó con paso firme por el viejo corredor de madera que le llevaba a la habitación de Margoth, y con tres golpes secos y decididos le hizo saber que un caballero había llegado a cumplir su palabra. Silencio de varios segundos. La tardanza en responder comienzan a hacer pronta mella en los nervios del ya nervioso Eddie, quién justo gira su cuerpo para devolverse a su habitación, cuando una sonriente e inusualmente atractiva Margoth, aparece en el marco de su puerta desvencijada, cabello atado en una moña alta y bufanda de plumas rosadas envolviendo su largo y fino cuello, para indicarle a su invitado nocturno que adentro le aguarda un cómodo poltrón dispuesto para que ambos se sienten a conversar esas “cosas serias” que tienen pendientes. Eddie avanza con parsimoniosa lentitud al interior de aquella habitación que pocas horas antes lucía sucia y desordenada, y ahora brilla limpia y resplandeciente, gracias a una ardua labor de aseo y a la luz de unas velas rojas colocadas en puntos estratégicos del modesto hogar de la enfermera Williams.

La conversación transcurre en términos amistosos, sin llegar a ninguna muestra de lascivia de parte de los contertulios, si acaso una palmadita en el muslo de Eddie por parte de una locuaz señora Williams, o un comentario casual sobre los aún firmes muslos de Margoth por parte de un risueño Eddie, cuando merced a la tan nombrada puerta desvencijada, todo cambia de forma radical: en el marco de aquella puerta se encuentra, rostro congestionado por la sorpresa y la rabia, Deborah Phineas, amante ocasional del viejo Eddie e inquilina frecuente del Hospital Siquiátrico de Orange Hill.


Deborah, mujer de porte descomunal, macizos brazos y alborotado cabello rojo, nacida en un pequeño pueblo del estado de Alabama, no era de aquellas personas que se detuviera mucho a pensar en la consecuencia de sus actos.


De hecho nunca pensaba en la consecuencia de sus actos. Actuaba siempre guiada por el sentimiento que más predominara en ese momento y que usualmente correspondía a la pasión desbordada o al odio descontrolado.


Lamentablemente para nuestra pareja en ciernes, sería éste último sentimiento el que tomaría el control sobre la reblandecida mente de la rojiza Deborah, y el que la llevaría finalmente a lanzarse, cual fiera hambrienta, sobre un par de aterrados Eddie y Margoth, quienes a duras penas alcanzan a escapar de su furia asesina. De los insultos a todo pulmón, se pasa a los estrujones contra la pared, hasta llegar a la amenaza de usar un bate de beisbol que Deborah había tomado de la habitación de Eddie, minutos atrás cuando, recién llegada a casa y luego de otra visita forzada al pabellón psiquiátrico, se lanza escaleras arriba en búsqueda de su fogoso amante en la planta superior de la casa. La sorpresa de Deborah es mayúscula al abrir de un sopetón la puerta de su amante y toparse con una habitación vacía y olorosa a colonia de afeitar. Sospechosos ruidos en la planta superior de la habitación de Eddie ponen en alerta a Deborah, desesperada al no hallar al motivo de sus desvelos.

Todo el asunto hubiera terminado en catástrofe de no ser por la oportuna intervención del señor Julius, el anciano gigante y bonachón que vive en la habitación número tres, en plena esquina del segundo piso del inquilinato. Sus enormes manos, usualmente ocupadas en la delicada labor de liar cigarrillos, se transforman en dos poderosas tenazas que logran frenar a una enloquecida Deborah quien derriba a diestra y siniestra vasos, cuadros, sillas y todo lo que se atraviese en el trayecto de su bate. Si algo se pudiese alegar en defensa de la bateadora Deborah, sería la ira e intenso dolor que le produjo presenciar lo que ella asumía como un acto de infidelidad por parte de su amante y el odio acumulado en sus entrañas hacia Margoth y hacia todos los hombres y mujeres que trabajaban en el Hospital Siquiátrico de Orange Hill y a quienes consideraba sus peores enemigos. O por lo menos esa fue la excusa esgrimida por el ecuánime Julius, cuando unos minutos más tarde, conversaba tranquilamente en el pórtico de la casona, café en mano, con dos oficiales de policía que habían llegado hasta el inmueble, alertados por alguna vecina que había escuchado los gritos y los aterradores sonidos escapados de lo que la señora describía como “siniestro lugar y antro de viciosos”.

Teniendo en cuenta todo lo acaecido aquella larga y violenta noche, y el hecho de que hasta el momento, seis días después de no se supiera nada de la irascible Deborah, era explicable todo el ambiente de agitación que reinaba aquella mañana cuando el “Doctor” Eddie llegó al viejo caserón, armado de pastillas de muchos colores destinadas a calmar los frágiles nervios de sus inquilinos.

Uno a uno, van desfilando por la habitación del viejo Eddie, cada cual en mayor o menor grado de excitación, los cuatro inquilinos de la casa, quedando por fuera, hasta el momento, la fugitiva Deborah, quien de seguro, donde quiera que se encontrase, añoraba aquel sagrado ritual, que si al menos no la ponía en contacto con Dios, le permitía ahuyentar, momentáneamente, los demonios que permanentemente la acosan. El primero en entrar, como ya sabemos, es el viejo Eddie quien es casi seguro ocupa el primer lugar entre los más afectados por el incidente del bate, pues a partir de esa noche, sus pesadillas sobre la guerra y los “malditos amarillos” se incrementarían en frecuencia e intensidad. De allí que se lanzara como poseído a la habitación de Eddie en el momento en que éste cruzara el umbral de la vieja casona. Oliéndose lo que se traía el viejo entre manos, la astuta señora Williams, le sigue silenciosa por el corredor y deja que el viejo de ancestros italianos entre de primero en la habitación de Eddie, para de inmediato, acomodarse cerca de la vieja mesa de tres patas en el centro de la habitación, y en donde tendrá lugar la ceremonia de repartición del colorido maná de turno. Julius, quién a pesar de su aparente tranquilidad necesita de aquella milagrosa droga que le permite olvidar por instantes el vacío instalado en su corazón, tras el fallecimiento, tres años atrás, de Olga, su adorada esposa, también escucha la algarabía de voces y pasos ocasionada por la presencia de “los bombarderos” y hasta allí llega superando la renquera de su pierna izquierda. El último en hacer acto de presencia en ese orate escenario es el “misterioso Charlie”, un hombre de procedencia indefinida quien pocas veces sale de su habitación y parece aborrecer el contacto con otros seres humanos.

La algarabía ya alcanza niveles demenciales cuando un golpe seco en la vieja puerta de madera acompañado de chiflidos y maldiciones interrumpe la espontánea ceremonia y de paso provoca un remezón en la humanidad de Joey, quien deja caer al suelo las coloridas “vitaminas” que requiere con urgencia para sus recurrentes pesadillas. –Malditos bastardos! ¿No pueden esperar un jodido segundo? – vocifera Eddie en el instante en que camina con ímpetu hacia la puerta en medio de expresiones injuriosas. A su vez, Joey se abalanza sobre el sucio suelo de madera, con el desespero de quien le arrebatan la mascarilla de oxígeno en un aterrizaje de emergencia. Eddie, con la molestia reflejada en su rubicundo rostro, apenas alcanza a tomar la perilla de la puerta antes de ser lanzado varios metros atrás por el violento impacto de un bate de béisbol, aplicado con descomunal fuerza sobre esas costillas de administrador encargado. El silencio se apodera de toda la habitación, cuando bate en alto, irrumpe en escena una descontrolada Deborah, quien con ojos inyectados de odio y anfetaminas, observa a cada uno de los allí presentes, tal vez esperando el contraataque de rigor. Nada. El mito de Lot pareciese haber tomado nueva forma en aquellas estatuas de sal vivientes.

El silencio sepulcral es de repente rasgado por unos dedos angustiados que buscan en el suelo de madera su motivo de redención. Esas manos son las de Eddie, quien con rostro amoratado, producto de un infarto súbito, intenta infructuosamente tomar las pastillas esparcidas por toda la habitación. Sus manos, en un principio, veloces y precisas se convierten, con el angustioso transcurrir de los segundos, en objetos inertes aferrados a una dulce nada.

Los gritos de horror de los otrora belicosos y desesperados vecinos alertan a Eddie quien poniéndose de pie para impedir otra magistral muestra de puntería en el bate por parte de su enardecida amante, gira su cabeza para descubrir cómo el último aliento de vida se escapa por la boca del una vez locuaz Joey.

De nuevo el silencio cubre con su fina capa a todos los allí presentes. Incluso la esquizofrénica Deborah parece entrar en estado de suspensión. Todos a una, clavan su mirada sobre el cuerpo inerte a sus pies.
-Maldita sea –vocifera Eddie al tiempo que escupe al suelo y observa los ojos en blanco del viejo Joey. – Un error de cálculo le sucede a los mejores pilotos.


FIN

 
 

LUIS MERINO

Luis Merino

Nació en Cali, Colombia en 1969. Es graduado de comunicación social de la Universidad del Valle.

Realizo estudios de cine en el College of Staten island, New York entre 1997 y 1999. En medios audiovisuales ha trabajado para Telepacífico y Señal Colombia donde ha dirigido series culturales y documentales, destacándose los documentales “Rumbo a Santiago”, “Circo para todos” y la serie para televisión “Vocación Maestra”.

De forma independiente ha realizado varios cortometrajes entre los que se destacan “Vida Pierruna”, “Polifonía a la distancia” y “Entrecuartos”. Este último cortometraje ha sido invitado a numerosos festivales de cortometraje como el Havana Film Festival in New York, Abril 2003; Festival de cine de Santafé de Antioquia, 2002; Avalon Film Festival Mejico, 2003; Festivallisimmo, Montreal, mayo 2004; Shortos, New York, 2004; Serie de otoño de Cinema Tropical, New York, diciembre 2003; “Corto circuito”, Latin american short film festival, New York, 2004; Festival de cortometrajes del Espejo, Bogotá, junio 2005.

Invitado a la semana del cine colombiano Sí Futuro, octubre 23 al 29 de 2006.

En medios escritos ha colaborado con artículos para las revistas “Credencial” y “Viceversa”, y para los diarios “El Espectador” y “El Diario de New York”.

Recientemente tradujo el cuento “Arte en América” de la escritora norteamericana Rolaine Hochstein para el número 296 de la Revista de la Universidad de Antioquia.

Actualmente es profesor de dirección en la escuela de cine digital Esmedios de Pakiko Ordóñez y está en la preproducción del cortometraje “Gelatina”, basado en un cuento del escritor colombiano Harold Kremer.

 
 
 
     
     
 
Envíe sus comentarios
 
 
Archivo de ediciones anteriores