Bastardos sin
gloria, de Quentin Tarantino
5
en gramática y 0 en historia
Por Oswaldo Osorio
Cada película de Quentin Tarantino es un acontecimiento. Toda
la cinefilia mundial lo espera, aun para odiarlo o despreciarlo. Porque
es un cineasta de excesos, genialidades, caprichos adolescentes y de
un impecable dominio del oficio de contar historias con imágenes
en movimiento. Esta nueva película puede que irrite a los historiadores,
que mate del tedio con sus interminables diálogos al espectador
común, que cause escozor hasta al último sádico
del cine gore, que excite al cinéfilo que gusta de cazar citas
o que maraville al estudioso del lenguaje del cine, el caso es que nunca
podrá ser posible que sea vista como una cinta cualquiera.
Lo primero que hay siempre que tener en cuenta para ver ésta
y casi todas las cintas de QT es que el referente del que parte para
crear sus universos, historias y personajes no es la realidad sino el
cine (y a veces la televisión), con toda su iconografía,
historia y mitología. Los homenajes y variaciones al cine de
explotación de los setenta son sus preferidos: las artes marciales
en el díptico de Kill Bill, blackxplotation en Jackie Brown o
películas de autos, carreras y choques en Death proof. Con su
nuevo filme hace referencia al cine de explotación de guerra,
tipo Los doce del patíbulo (Aldrich, 67), o incluso al llamado
macaroni combat, que es la versión italiana de este cine, así
como el espaguetiwestern lo fuera a las películas del oeste.
Es por eso que este genio perverso elige la más cinematográfica
de todas las guerras con los más agradecidos villanos del cine:
la Segunda Guerra Mundial y los odiadísimos nazis. Ya con esta
materia prima y el mencionado referente, se dedica a hacer lo que mejor
sabe, esto es, elaboradas y precisas situaciones, organizadas por capítulos,
en las que despliega todo su talento para crear cinéticas coreografías
de diálogos, personajes, imágenes, música y momentos
de artificial pero eficaz tensión.
La película empieza calcando el estilo de los espagueti westerns
de Sergio Leone y luego empata con una de esas larguísimas escenas
donde el diálogo, a veces inocuo, redundante o retórico,
se toma la narración y permite construir la filigrana de un personaje
o la tensión creciente que inevitablemente terminará con
un gran arrebato. Esos diálogos que irritan tanto a algunos pero
que son su principal marca de fábrica, están a lo largo
de todo el relato y son la principal razón para que el actor
Christoph Waltz, en su políglota interpretación del coronel
Landa, se robe todo el protagonismo, el mismo que Brad Pitt no supo
aprovechar con su caricaturesca mandíbula y la pobreza de diálogos.
Después de este inicio, Tarantino se abalanza sobre el público
con su infaltable dosis de violencia, que en él nunca es simple,
sino siempre sazonada con apología (en el visual y dinámico
sentido de la palabra), regodeo estilístico y estetización.
Sin embargo, en este caso sus personajes y su mirada a la violencia
empiezan a rayar con gratuito sadismo, que ya estaba presente plenamente
en Death proof (donde es mostrada, una a una, aunque sucede simultáneamente,
la forma como cuatro chicas son grotescamente mutiladas en un choque).
Lejos está esa cámara sugestiva y mesurada de su opera
prima, Reservoir dogs, que voltea a mirar hacia una pared cuando le
cortan la oreja al policía.
Ahora, lo de jugar con acontecimientos históricos es un arma
de doble filo. En principio, puede ser contraproducente, pues cuando
el relato llega a acontecimientos históricos tan conocidos, como
la forma en que mueren Hitler y el alto mando nazi, entonces la intriga
y la tensión que traía el relato desaparece y la expectativa
se acaba, pues ante el conocimiento de la historia, el espectador puede
pensar que todo ese asunto de la Operación Kino en el teatro
es sólo una larguísima transición hacia el verdadero
desenlace.
Por otro lado, cuando los hechos históricos son sorprendentemente
transformados por la película, esto puede ser vito como un fascinante
gesto de irreverencia con la Historia, pero también como un capricho
desconcertante, por lo autocomplaciente y disparatado de la salida.
Nuevamente lo que se ve aquí es una banda de vengadores sádicos
que responden a la crueldad con mucha más crueldad. Y aunque
se sabe que lo de Tarantino es divertimento cinematográfico,
es mascar cine y regurgitar efectistas relatos, eso no lo exime de tener
una ética para con sus personajes y con el público.
Es por esto último que resulta ambigua la sensación general
que deja esta película. De un lado, la gramática, es decir,
la escritura cinematográfica de Tarantino, da gusto “leerla”
y degustarla, en especial para la cinefilia; pero por otro lado, su
carga de referentes y sus caprichos irresponsables hacen un poco masturbatorio
su discurso, además, dejándolo todo limitado a un brillante
y atractivo ejercicio estilístico, sin que al final de cuentas
quede nada en el seso del espectador, algo que sólo es conseguido
en Jackie Brown. Por eso ya, a estas alturas, también empieza
a hartar tanta contundencia visual y narrativa envolviendo tanta nadería.
Es por eso que a Quentin Tarantino se le ama o se le odia, pero también
es posible, como lo constata este texto, amarlo y odiarlo al mismo tiempo.
FICHA TÉCNICA
Título original: Inglourious basterds
Dirección y guión: Quentin Tarantino
Producción: Lawrence Bender
Fotografía: Bob Richardson.
Reparto: Brad Pitt, Diane Kruger, Mélanie Laurent, Christoph
Waltz, Michael Fassbender, Daniel Brühl, Eli Roth, B.J. Novak,
Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Julie Dreyfus.
USA/Alemania Año: 2009. Duración: 153 min.