Dirigida por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez


| Poetas en red | Crónicas | | Celebrar a Pedro Pietri |

Los textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
 
 
Google
Estadisticas y contadores web gratis
 
 
 
 
 
 

 

OTRO MAMERTO

Por: Renandarío Arango

La demonización a casi todo lo desconocido, es una idea ya clásica de este país del norte, con esa necia ceguera pendiente de rechazarlo, o cuando más, reformarlo, o capitalizarlo hasta depurarlo y hacerlo propio; por tal vez la inconciente razón de un sezgado temor a lo ignorado, pues desde el principio lo hacen ver todavía más fácil con el uso de los epítetos, falsos nombres y adjetivos despreciativos, -despectivos, para el purista-, o finalmente la lógica organización de querer etiquetarlo todo para crear ese paquete mental donde sólo caben los desamores. Víctima de esto ha sido el Islamismo, mal entendido e igonrado con la consecuente xenofobia, y la redirección a las guerras actuales tras la busqueda de enemigos sin rostro, pero que ya tienen nombre, o por lo menos apodo.

También en un analisis superficial, fue como me etiquetó y lo escribió un amigo, tal vez reconsiderándolo ahora, un muy querido ex amigo, quien vino de paso, y en donde con un manido adjetivo, del cual estoy seguro descoñoce su origen pero le parece sonoramente poético, populachero y vulgar; para según él y su eclectisismo dialectal, le fuera perfecto para encasillarme, ya que así, sí le quedaba todavía aún más fácil “re - evaluarme”.

Desde la historia, el miedo a toda ruptura, o proceso de cambio radical o evolutivo, nos reinventa el apasionamiento por atacar a cualesquiera que venga con intentos de renovación de las ideas que creemos como propias, sólida y peremnemente constituidas; y basándonos en la misma estólida solidez de lo que a pie juntillas creemos, y de que cualesquier duda nos ponga a tambalear en medio la ñoña relatividad de eso que hemos creído desde siempre, con esa seguridad relativa de un cómodo estado permanente, eterno e inamovible, para todo y para todos. Entonces se fustiga y dispara el mecanismo de defensa para blindarnos, o sin querer, se nos sale ese fanático irredento que se desboca para atacar de lleno y sin fundamento a todo lo que consideremos atentatorio contra nuestro cubilete de magos de nosotros mismos; surgen pues, esas generalizadas demonizaciones colectivas.

Así nacieron la cursadas, perdón, las cruzadas.
Con la mínima sospecha de que las ideas ajenas no han sido saneadas, pasadas por el tamiz del santo oficio, espulgadas y comparadas, aceptadas y bendecidas por los dómines de nuestros afectos, entonces, no podremos digerirlas de primer intento; o son muy nuevas, o parecidas a las que inconcientemente odiamos, o ni conocemos, pues nos serán siempre sospechosas, y como un ataque frontal a la eterna seguridad general de nuestros envejecidos dogmas, en donde eso, nuevo o novedoso, puede ser el anatema coyuntural de una derrota a las hipótesis de lo que apenas somos, o creemos que somos, porque ya otros, muy arrobadoramente nos lo han dicho y así tiene que quedarse per sécula seculorum.
Surgen entonces conciliábulos, conventillos y madrigueras cropofágicas, para que sean los recocidos de siempre los que alimenten los egos con sus mismas defecaciones, sin ningúna autocrítica que vaya más allá de las lisonjas, de los mismos haciendo lo mismo, en esa marquesina del auto elogio, que es de lo que siempre quise alejarme para no caer en etiquetas grupales, que hagan de mis hechos, o mis actos, sus gratuitas inquinas; o el blanco fácil de sus desafectos, tanto aquí, como acullá, en los dominios de los mismos de siempre, donde ya ese pedazo que llamamos patria está escriturada, estratificada y hasta requeteposeída.
Cuando los pensamientos o ideas se encuentran en desacuerdo, la racionalidad prima para establecer un diálogo, buscar un punto de encuentro o algo que rompa con la rutina del Valderrama, el futbolista, por supuesto: “Todo bien, todo muy bien…” porque las sólo apariencias lo ameriten y la horda ciega persista en su desatre, no se le puede conceder la razón a millones de moscas.

Por no ser genuflexo, ni chupar rueda, o medias, o no tener inclinaciones de esas de moda, es por lo que no quepo en su elucubrante techumbre, ya que he sido por encima de mis ciruncunstancias muy respetuoso con lo mío, y lo ajeno, - aunque muchísimo más con lo ajeno -, y no he podido ser cómplice afecto de todas sus ideas ni de sus otras cosas o manías; por lo que él ha decidido etiquetarme y empaquetarme en el cajón de sus desafectos, atreviéndose a llamarme impunemente como acostumbra llamar, y hasta señalar acustoriamente, o querer creer agredir a quienes le contradicen, o no le jonjolean y le acumulan puntos, ni codifican o cotizan en su entorno… entonces, he terminado siendo para él… sí, así de fácil, sin ningún análisis y muy gratuito: otro mamerto.

 
     
 
 
     
     
 
Envíe sus comentarios
 
 
Archivo de ediciones anteriores