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Nereo López: Pupila de la Historia Colombiana
Por Juan Julián Caicedo

Los Tarascos, milenaria cultura de Michoacán, tienen un proverbio que viene al caso si se trata de dialogar sobre artes visuales: “Dicen más los ojos que las palabras”. El oficio de escribir limita sin embargo a su practicante con los parámetros del verbo, y sólo queda luego dar crédito al artista gráfico con los implementos de ajenas artes.

Una breve reseña que pretenda entonces hacer, a brocha gorda, la interpretación verbal de la naturaleza y los mecanismos creativos de un realizado fotógrafo como el colombiano Nereo López-Mesa puede bien iniciarse –¿por qué no?– a partir de su nombre mismo: al nombrarnos, de algún intuitivo modo se está proyectando nuestro destino. Ese tan musical nombre, Nereo, corresponde al ámbito porteño donde nació en 1920 su cartagenero portador, puesto que el original Nereo fue un dios marino, padre de quince ninfas que personificaban el juego de las olas: las Nereidas. Pero sólo hasta ahí nos llega la analogía, ya que al expander nuestra investigación, a través de las sabrosas narrativas orales con que se autorretrata este ya octogenario artista –sin ninguna pretensión aunque con abundancia de gozona nostalgia–, nos vemos obligados a concluir que su destino se emparenta más lógicamente con las traviesas deidades de la comunicación y los viajes: con el Hermes griego, el Mercurio romano, e incluso con el afro-antillano Elecuá, señor de los caminos y mensajero entre mundos.

La escena primigenia que marcó la vida de Nereo fue una muy temprana horfandad: perdió a su padre al cierre de la primera infancia y a su madre a las puertas de la adolescencia, y desde ese momento las decisiones tomadas por él lo ubicaron firmemente en la encrucijada de las comunicaciones. Desde entonces, siete décadas atrás, ha sido fiel y consecuente con su destino y sus demiurgos este peremne expósito que convirtió al desamparo en aventura y al abandono en disciplina creativa, haciéndose así emblema viviente del espíritu emprendedor e indomable que identifica al colombiano con las artes de la sobrevivencia al borde de vertiginosos e incesantes abismos.

Nereo siempre fue y será “frentero” como sólo un colombiano puede serlo. Para muestra, un botón: el huérfano dickensiano acierta a manifestar su vocación de comunicador con instintiva sabiduría cuando, a poco de quedar solo en el mundo, escoge nada menos que un autobús como ideal lugar de residencia. En esa época el autobús – nuestra querida y bien cantada “chiva”– era la fuente comunitaria de información y conciencia, ya que llevaba a los confines de la tierra, junto con viandas y herramientas, tanto las nuevas músicas como las noticias, rumores, crónicas e historias que conformaban la cultura en esa provincia colombo-antillana tan cosmopolita desde entonces como cualquier localidad costera mediterránea. Nereo se autodefine así, antes de los trece, como un espíritu del camino, un “pata-caliente” en sus propias palabras; y en el camino se ha mantenido hasta el portal de este nuevo y multipolar milenio.

La narrativa de su vida sólo podría plantearse como una gesta picaresca al estilo del anónimo Lazarillo medieval, del Buscón de Quevedo, o del más reciente Baudolino de Umberto Eco. Y esa narrativa sería además un exhaustivo catálogo de la empresa visual durante el siglo veinte en Colombia, encarnada en un solo artista gráfico cuya persistente producción ha ofrecido, durante puntuales décadas, visionarias y vívidas imágenes que nacen y se reproducen al principio transitando el río Magdalena, para emprender luego perpetuas migraciones entre la densa amazonía y la árida Guajira, entre los interminables llanos y las esmeraldinas faldas de los Andes, entre las sudorosas islas Galápagos y la gélida Suecia, y concluyen con flexibles boletos de viaje redondo…Bogotá, Nueva York e intermedias.

Esa vida ambulante lo vió, apenas terminado el bachillerato y hasta fines de los cuarenta, llevando a la siempre presta espalda los más diversos uniformes y rótulos de oficio, animado por las brisas recaderas del Magdalena: su vitalicia devoción por lo visual y por los medios de comunicación le impedía negarse a cumplir creativamente como portero de un teatro barranquillero, marino, empleado de astilleros, publicista, administrador de rivereñas salas de cine al aire libre, las que incluso adaptaba para fungir como auditorios de música.
Al ver sus primeros esfuerzos por plasmar imágenes sobre emulsiones, su amigo Manuel Zapata Olivella le indicó felizmente al naciente fotógrafo que se había adentrado por los rumbos de la historia visual. Este sería desde entonces su compromiso con el medio: no se trataba para él de hacer simple periodismo fotográfico; más bien era cuestión de crear ineludibles diálogos entre ojos, de tal manera que la historia se liberase de los grillos con los que la paralizan los escleróticos y repetidos textos de la academia, con sus veleidades ideológicas y su verborragia tergiversadora. La historia en imágenes de Nereo es representación inmediata de los hechos, de veras vividos y no sólo entrevistos tras polvorientos escritorios en bibliotecas mohosas. Su disciplina ofrece una imágen vívida por lo vivida, y por lo tanto más consistente con la objetividad aclaradora que requiere el reportaje investigativo e histórico.

A principios de los cincuenta –y ya añejo devoto de la revista “Life”–, Nereo hace su primer contacto con Nueva York, como aprendiz de fotografía por correspondencia; hasta esos días se remonta su relación amorosa con esta ciudad, la cual ha sido ideal espejo de su espíritu de comunicador, de travieso mensajero intercultural. Es aquí donde, en el recodo del milenio y después de múltiples aventuras estéticas y “mediáticas”, descubre el manejo computarizado de la imagen a través del “Photoshop”, lo que lleva su carrera a cerrar un círculo feliz, iniciado con las “chivas” antillanas y continuado en proceso de maduración y búsqueda por cinco décadas hasta el cibernético día de hoy –como corresponsal de los clásicos del periodismo colombiano, el Tiempo, Cromos y el Espectador, así como el brasileño O Cruzeiro; a través del cine en proyectos como “La Langosta Azul”, ese ya legendario cortometraje escrito por Gabo y Alvaro Cepeda Samudio; en el mundo editorial con más de una docena de libros nutridos por sus imágenes; y con quince exhibiciones, entre individuales y colectivas, en galerías de varios países.

Permítaseme pues, para concluir, la fácil osadía de ofrecerle a Don Nereo López-Mesa el título de gran maestro de la “chivernética” –a sabiendas de que el gesto es sólo un bufo chascarrillo propio de las más informales veladas que este consagrado artista ameniza y alimenta con su presencia, y de ningún modo para deslucir la impresionante colección de honores y logros que habitan su extensa hoja de vida, entre ellos la Cruz de Boyacá (máxima distinción que otorga el gobierno colombiano), y el premio "Vida y Obra" del Ministerio de Cultura.

 
     
 
 
     
     
 
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