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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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La
Paz de la Guerra A Rivas le duele la guerra como a tantos de nosotros. No hay razones lógicas que expliquen ese dolor de larga historia en nuestro país, no, no las hay. La esperanza es una quimera pero es lo único que nos permite soportar estoicos, mas para Iván Rivas no es suficiente la imaginería después de las noticias lejanas y se fue de regreso a ese sur llamado Colombia, a vibrar en primera persona, no como turista si no con la intención de plasmar en su arte-oficio de pintor.
La primera vez se fue a su pueblo, Caicedonia, pero no se quedó en el marco de la plaza de fiesta y enamorando, no; se fue a la alta montaña con su espíritu a la expectativa, a vibrar esa angustia de los campesinos, a escuchar sus penas y dolores de guerra. Por una temporada larga de varios meses se estableció en la manigua para ir asimilando ese proceso y traducirlo a colores. Escuchó historias, se topó con fuerzas combatientes, se impregnó de naturaleza y dadas sus meditaciones, sin derrotarse, retornó a su casa-taller en Catskill, al norte de New York, a desarrollar sus bosquejos, sus notas sensibles. Una corta temporada estuvo allá en su encierro lejos de la Babel, buscando el camino a expresar en su mente ese dolor colectivo, esa barbarie colombiana tan cercana a todos, aunque se viva en el exilio. No bastaron esos meses de montaña en Colombia, no. Rivas sentía que le faltaban expresiones, imágenes, sonidos, figuras y más hondos sentires. De nuevo tornó sus pasos a los caminos del sur por otra temporada. La sed de sentir más, ese otro tanto en su intención colorida, su discurso poético y sensible iba dando paso a los colores sobre el lienzo. Fueron meses de mucha angustia buscando lenguajes que marcaran la historia, oyendo las voces de las víctimas, observando a los señores de la guerra hacer su fiesta macabra, vibrando el miedo colectivo y frío de las noticias oficiales. Pasó días con su gente en el pueblo, luego caminó por Cali buscando otras memorias y de nuevo, rumbo a este norte.
La muestra nombrada La Paz de la Guerra no retrata a los muertos, no hay explosiones pintadas, no es copia de fotos de los diarios, no hay heridos ni amarillismo; no es necesario para sensibilizar. No es para un público que Rivas pinta, no. Pinta los caminos que su alma tenía abiertos, es otro el mensaje, onírico a la manera de Rivas, pacifico y pacifista como es él. Tal vez la mujer de flores en la cabeza es alguna anciana que vio en alguna vereda, esperando a la muerte e invicta ante la guerra. La paloma en la cara del hombre, es la mirada pacífica de los campesinos y así, sin razón o con ella, mil explicaciones. Las conclusiones y el sentir le corresponden a cada espectador al mirar esas obras, ese mantra colorido que quiere ser bálsamo ante esa guerra fraticida que vive Colombia y en la que Iván Rivas a manera de golondrina, hace verano, en una tormenta de dolor. Ricardo
León Peña-Villa |
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