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La vida se hizo música para alegrar el mundo

Cuando el primer sonido de la marimba trató de llenar la Plaza de Toros de Cañaveralejo anunciando el inicio al XIII Festival de Música del Pacífico “Petronio Álvarez”, no fue mucho lo que pudo avanzar, se enredó en el grito alegre de las cientos de gargantas que saludaron alborozados del comienzo de este tradicional evento en donde la música afro tiene un sitial de privilegio.

Para la apertura del Festival la de Cañaveralejo, desbordó de ritmos musicales. Se presentaron nueve agrupaciones de marimba, 4 grupos de Chirimía, 4 de violines caucanos y 9 grupos en la modalidad libre. El jurado atento a las interpretaciones no podía estar mejor integrado: Medardo Arias, quien vive y siente la música del pacifico. Exiliado voluntario por algunos años fuera del país, se le notaba la emoción en su mirada y en el tamborileo de sus dedos sobre la mesa siguiendo el llamado de la sangre.

Carlos Arturo Velasco, experto en esos ritmos que navegan el tiempo. Leonor González Mina, más grande en la medida que pasa el tiempo, y en su papel. Más que jurado, Notaria de una música que empieza a trascender las fronteras patrias para abrirse caminos externos. Ana Gilma Ayala, estudiosa de este folclor y Héctor González, intérprete y conocedor que atento seguía el desarrollo de las actuaciones.

Fue una noche de contrastes. En ese escenario donde se oficia la muerte, la alegría y los cantos a la vida viajaron en la noche diciéndoles a los caleños que desde el tam tam de los tambores la vida se hizo música para alegrar el mundo.

Ritmo que se iban metiendo en el cuerpo. El llamado de los sonidos primitivos caminando en la piel de hombres y mujeres quienes a medida que pasaba el tiempo las manos, los pies y los cuerpos respondían a cada acorde en una conexión mágica.

Baile en colectivo. Pieles negras y blancas confundidas en un solo propósito: obedecer la fuerza de la sangre, someterse al dominio que imponen los sonidos que salen de los instrumentos y que dan movimiento a las caderas, ponen alegría en los labios y los pies se resisten a estar en quietud. Músicos llegados desde pueblos orilleros del mar, se convierten en los nuevos ‘Hamelin’ que nos conducen por los caminos de la alegría.

Se oyen vivas a pueblos de nombres extraños: Guapi, Barbacoas, López de Micai, Andagoya, Nuquí, Truandó, Itsmina, Tadó, Certeguí, nombres raros que pronunciamos como masticando esas palabras desconocidas.

Caras conocidas de músicos con trayectoria vimos en los tendidos. Estudiosos del tema atento y pasando la noche con un trago de “biche”. Bailarines, expertos en folclor, gente de todos los niveles sociales confundidos en un solo estrato: el que da la alegría.

Fue un buen comienzo para el Festival. Fue un punto alto el que puso la administración de Jorge Iván Ospina, para el rescate de las raíces folclóricas, junto con el Secretario de Cultura, Argemiro Cortes, quien no podía disimular la alegría por el exitoso inicio del XIII Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.

Cuando nos vinimos a escribir esta nota lo dejamos tratando de seguirle los pasos a una hermosa mujer negra que le invito a bailar para mostrarle, en nombre de su etnia, el agradecimiento por este evento que empieza a dejar de ser local para trascender las fronteras del país.

 
     
 
 
     
   
     
   
     
     
     
 
 
     
     
 
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