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Espejos
Eduardo Galeano
Una mirada a la historia profunda del mundo
Mexicanas
Tlazoltéotl, luna mexicana, diosa de la noche huasteca, pudo hacerse
un lugarcito en el pan-teón macho de los aztecas.
Ella era la madre madrísima que protegía a las paridas y
a las parteras y guiaba el viaje de las semillas hacia las plantas. Diosa
del amor y también de la basura, condenada a comer mierda, encarnaba
la fecundidad y la lujuria.
Como Eva, como Pandora, Tlazoltéotl tenía la culpa de la
perdición de los hombres; y las mujeres que nacían en su
día vivían condenadas al placer.
Y cuando la tierra temblaba, por vibración suave o terremoto devastador,
nadie dudaba:
–Es ella.
Egipcias
Heródoto, venido de Grecia, comprobó que el río y
el cielo de Egipto no se parecían a ningún otro río
ni a ningún otro cielo, y lo mismo ocurría con las costumbres.
Gente rara, los egipcios: amasaban la harina con los pies y el barro con
las manos, y momificaban a sus gatos muertos y los guardaban en cámaras
sagradas.
Pero lo que más llamaba la atención era el lugar que las
mujeres ocupaban entre los hombres. Ellas, fueran nobles o plebeyas, se
casaban libremente y sin renunciar a sus nombres ni a sus bienes. La educación,
la propiedad, el trabajo y la herencia eran derechos de ellas, y no sólo
de ellos, y eran ellas quienes hacían las compras en el mercado
mientras ellos estaban tejiendo en casa. Según Heródoto,
que era bastante inventón, ellas meaban de pie y ellos, de rodillas.
Hebreas
Según el Antiguo Testamento, las hijas de Eva seguían sufriendo
el castigo divino.
Podían morir apedreadas las adúlteras, las hechiceras y
las mujeres que no llegaran vírgenes al matrimonio; marchaban a
la hoguera las que se prostituían siendo hijas de sacerdotes.
Y la ley divina mandaba cortar la mano de la mujer que agarrara a un hombre
por los huevos, aunque fuera en defensa propia o en defensa de su marido.
Durante cuarenta días quedaba impura la mujer que paría
hijo varón. Ochenta días duraba su suciedad, si era niña.
Impura era la mujer con menstruación, por siete días y sus
noches, y trasmitía su impureza a cualquiera que la tocara o tocara
la silla donde se sentaba o el lecho donde dormía.
Romanas
Cicerón había explicado que las mujeres debían estar
sometidas a guardianes masculinos debido a la debilidad de su intelecto.
Las romanas pasaban de manos de varón a manos de varón.
El padre que casaba a su hija podía cederla al marido en propiedad
o entregársela en préstamo. De todos modos, lo que importaba
era la dote, el patrimonio, la herencia: del placer se encargaban las
esclavas.
Los médicos romanos creían, como Aristóteles, que
las mujeres, todas, patricias, plebeyas o esclavas, tenían menos
dientes y menos cerebro que los hombres y que en los días de menstruación
empañaban los espejos con un velo rojizo.
Plinio el Viejo, la mayor autoridad científica del imperio, demostró
que la mujer menstruada agriaba el vino nuevo, esterilizaba las cosechas,
secaba las semillas y las frutas, mataba los injertos de plantas y los
enjambres de abejas, herrumbraba el bronce y volvía locos a los
perros.
Griegas
De un dolor de cabeza, puede nacer una diosa. Atenea brotó de la
dolida cabeza de su padre, Zeus, que se abrió para darle nacimiento.
Ella fue parida sin madre.
Tiempo después, su voto resultó decisivo en el tribunal
de los dioses, cuando el Olimpo tuvo que pronunciar una sentencia difícil.
Para vengar a su papá, Electra y su hermano Orestes habían
partido de un hachazo el pescuezo de su mamá.
Las Furias acusaban. Exigían que los asesinos fueran apedreados
hasta la muerte, porque es sagrada la vida de una reina y quien mata a
la madre no tiene perdón.
Apolo asumió la defensa. Sostuvo que los acusados eran hijos de
madre indigna y que la maternidad no tenía la menor importancia.
Una madre, afirmó Apolo, no es más que el surco inerte donde
el hombre echa su semilla.
De los trece dioses del jurado, seis votaron por la condenación
y seis por la absolución.
Atenea decidía el desempate. Ella votó contra la madre que
no tuvo y dio vida eterna al poder macho en Atenas.
Amazonas
Las amazonas, temibles mujeres, habían peleado contra Hércules,
cuando era Heracles, y contra Aquiles en la guerra de Troya. Odiaban a
los hombres y se cortaban el seno derecho para que sus flechazos fueran
más certeros.
El gran río que atraviesa el cuerpo de América de lado a
lado, se llama Amazonas por obra y gracia del conquistador español
Francisco de Orellana.
Él fue el primer europeo que lo navegó, desde los adentros
de la tierra hasta las afueras de la mar. Volvió a España
con un ojo menos, y contó que sus bergantines habían sido
acribillados a flechazos por mujeres guerreras, que peleaban desnudas,
rugían como fieras y cuando sentían hambre de amores secuestraban
hombres, los besaban en la noche y los estrangulaban al amanecer.
Y por dar prestigio griego a su relato, Orellana dijo que ellas eran aquellas
amazonas adoradoras de la diosa Diana, y con su nombre bautizó
al río donde tenían su reino.
Los siglos han pasado. De las amazonas, nunca más se supo. Pero
el río se sigue llamando así, y aunque cada día lo
envenenan los pesticidas, los abonos químicos, el mercurio de las
minas y el petróleo de los barcos, sus aguas siguen siendo las
más ricas del mundo en peces, aves y cuentos.
Cuando
el hígado era la casa del alma
En otros tiempos, mucho antes de que nacieran los cardiólogos y
los letristas de boleros, las revistas del corazón bien pudieron
llamarse revistas del hígado.
El hígado era el centro de todo.
Según la tradición china, el hígado era el lugar
donde el alma dormía y soñaba.
En Egipto, la custodia del hígado estaba a cargo de Amset, hijo
del dios Horus, y en Roma quien se ocupaba de cuidarlo era nada menos
que Júpiter, el padre de los dioses.
Los etruscos leían el destino en el hígado de los animales
que sacrificaban.
Según la tradición griega, Prometeo robó para nosotros,
los humanos, el fuego de los dioses. Y Zeus, el mandamás del Olimpo,
lo castigó encadenándolo a una roca, donde un buitre le
comía el hígado cada día.
No el corazón: el hígado. Pero cada día el hígado
de Prometeo renacía, y ésa era la prueba de su inmortalidad.
Fundación
del machismo
Por si fuera poco ese suplicio, Zeus también castigó la
traición de Prometeo creando a la primera mujer. Y nos mandó
el regalo.
Según los poetas del Olimpo, ella se llamaba Pandora, era hermosa
y curiosa y más bien antolondrada.
Pandora llegó a la tierra con una gran caja entre los brazos. Dentro
de la caja estaban, prisioneras, las desgracias. Zeus le había
prohibido abrirla; pero apenas aterrizó entre nosotros, ella no
pudo aguantar la tentación y la destapó.
Las plagas se echaron a volar y nos clavaron sus aguijones. Y así
llegó la muerte al mundo, y llegaron la vejez, la enfermedad, la
guerra, el trabajo...
Según los sacerdotes de la Biblia, otra mujer, llamada Eva, creada
por otro dios en otra nube, también nos trajo puras calamidades.
Heracles
Zeus era muy castigador. Por mala conducta, vendió como esclavo
a su hijo Heracles, que después, en Roma, se llamó Hércules.
Heracles fue comprado por Onfale, reina de Lidia, y a su servicio liquidó
a una serpiente gigante, lo que no exigió un gran esfuerzo a quien
despedazaba serpientes desde que era bebé, y capturó a los
mellizos que en las noches, convertidos en moscas, robaban el sueño
de la gente.
Pero a la reina Onfale no le interesaban ni un poquito esas proezas. Ella
quería un amante, no un guardián.
Pasaban encerrados casi todo el tiempo. Cuando se mostraban, el lucía
collares de perlas, brazaletes de oro y coloridas enaguas que poco duraban,
porque sus músculos reventaban las costuras, y ella vestía
la piel del león que él había asfixiado, con sus
brazos, en Nemea.
Según se decía en el reino, cuando él se portaba
mal, ella le pegaba con una sandalia en el culo. Y se decía que
en los ratos libres, Heracles se echaba a los pies de su dueña
y se distraía hilando y tejiendo, mientras las mujeres de la corte
lo abanicaban, lo peinaban, lo perfumaban, le daban de comer en la boca
y le servían vino de a sorbitos.
Tres años duraron las vacaciones, hasta que Zeus, el papá,
mandó que Heracles regresara de una buena vez a su trabajo y culminara
sus doce hazañas de supermacho universal.
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