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El
ejercicio de la poesía
Por
Lilia Gutiérrez Riveros
Al
culminar el siglo XX se sentía el gran temor por la Internet. Se
advertía como la gran tormenta que parecía devorarlo todo.
Yo, acostumbrada al sonido del lápiz que va tanteando la textura
del papel, al hecho de tocar los espacios, que los dedos resbalaran por
la piel de la palabra, esa misma palabra, que va creciendo hasta alcanzar
cualquier altura, yo, en ese ritual de convertir el escritorio y el café
en el espacio confidente de las horas, acostumbrada a jugarme la vida
frente a una página, en ocasiones, pegada a un verso o a un silencio,
creía impensable disfrutar leer y compartir poesía en Internet.
Dos aspectos me preocupaban: el primero, el de la creación, por
cuanto ese nuevo espacio invitaba e invita y seduce y atrapa y contagia
hasta hacerse indispensable. ¿Qué tiempo le robaría
a la creación? Y, el segundo, la lectura. No me imaginaba permanecer
mucho tiempo frente a una pantalla sin poder tocar el libro, disfrutar,
repasar una imagen una y otra vez y caminar y preguntarle en voz alta
a ese autor que jamás me escucharía ¿Cómo
lograste esta expresión cristalina que se instala en mitad del
corazón? Y, luego, colocar a mi antojo dos o tres separadores antes
de ubicar de nuevo el libro en su pedestal.
Apenas llevamos unos pocos años de este siglo cibernauta y, sin
embargo, Internet ha llegado también con gomosos, gocetas, creativos,
críticos, escépticos, lectores asiduos, escuchas, contempladores,
poetas de todos los ámbitos, de todas las latitudes, de los más
disímiles idiomas y expresiones para abrir el inmenso abanico del
gran arco iris que brinda cada día, cada instante nuevas emociones.
Páginas repletas de poesía, crítica y comentarios
que propician la lectura. Algunos protagonistas con quienes se puede disfrutar
una conversación anulando kilómetros y millas y millas de
distancia. Esa magia se logra con sólo un abrir una ventana a la
expresión.
La poesía ya no es el pacto entre dos personas, es el pacto múltiple,
un disfrute individual y colectivo. Cada quien sigue haciendo su lectura
propia, sólo que ahora, la poesía llega a muchos más
ámbitos, a muchos más lectores, a más gocetas y gomosos
del lenguaje metafórico. Como lectores tenemos la libertad de elegir
las páginas que seducen, no aquellas que los periódicos
nos imponían con sus oleajes sólo del dolor y de la guerra.
No los ignoramos, pero ahora podemos elegir, podemos entrar, como se llega
a ese recinto sagrado donde la diosa Lectura nos espera.
El nuevo aliado. Sin embargo, para mí, la poesía como creación,
continúa siendo el regocijo después de la batalla entre
el papel y el lápiz, la conjugación entre la intuición
propia y las otras que nos circundan, con las que tropezamos o somos acariciados.
La letra sigue volando desde la página, el verso adquiere voz,
emerge de manera individual y fuerte. La poesía nos sigue desnudando
en el borde del abismo. Nos hunde en profundidades de fango, para luego
lanzarnos como volcanes con su fuego y brillo hacia la cima. La poesía
sigue siendo el riesgo, el trance de asumirnos y, ante todo, el peligro
de encontrarnos.
Aunque el computador se convirtió en la otra mano indispensable,
no he logrado remplazar la pantalla por el papel. Se han vuelto complementarios.
El tacto se agudiza. Requiero sentir ese deslizarse del lápiz con
su leve sonido sobre el papel. Incluso, ahora llevo conmigo una libreta
de diversas texturas. Sus páginas se encargan de atrapar relámpagos
y estrellas fugaces. Al llegar al escritorio me sorprenden con su memoria.
Una vez logrado el temple, cuando el poema es libre y se escapa de las
manos, puede llegar al espacio cibernauta, allí compartirá
con otras miradas, emprenderá su vuelo.
La
pantalla es la otra lectura, la nueva oportunidad, la nueva y múltiple
ventana, a donde se llega con la emoción del encuentro.
Ese
otro yo, que es el libro, no ha cambiado, por el contrario, se ha vuelto
más confidente, se acerca, se convierte en la otra forma, en el
afecto, reposa en la almohada, acompaña hasta el oficio cotidiano,
regresa, acoge, compone, descompone, disipa y vuela.
La expresión asume el riego, suelta a diestra y siniestra su veredicto,
atrapa al sediento, invade todos los rincones y pellizca las ilusiones
del que sueña.
El verso despierta al leerlo, se pone sus mejores galas, adquiere tono,
intensidad y voz y nos vuelca sobre los hombros el universo entero. Saltan
las palabras enlazadas de amor. Como torrentes de agua se precipitan sobre
el rostro para encontrar la verdadera esencia, para tocarnos e invadirnos.
En realidad, el poema es el sonido tuyo y mío, el corazón
que enamora y atrapa.
El poema vibra desde el libro. Ahora también desde la pantalla.
Es de carne y hueso; en tu voz y en la mía gana sonido, adquiere
impulso y desde tus pupilas y las mías vuela.
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LILIA
GUTIÉRREZ RIVEROS
Macaravita,
Santander Colombia. Investigadora y catedrática universitaria.
Ha cultivado su talento literario en poesía, ensayo y narrativa.
Libros de poesía: Con las alas del tiempo, Bogotá,
1985; Carta para Nora Böring y otros poemas, Bogotá,
1994; La cuarta hoja del trébol, Bogotá, 1997, Intervalos,
Bogotá, 2005, Pasos alquilados. Incluida en antologías
y estudios críticos. Algunos poemas traducidos al inglés,
al francés, al chino y al portugués. Fundadora y Presidenta
de Poesía sin fronteras.
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