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La
vida ya no baila en la Luna
por
Eduardo Espina
Hubo
tantas cosas increíbles en la vida de Michael Jackson, que uno
duda de que esté realmente muerto. ¿No será otra
de sus inexplicables tretas, de esas tan frecuentes charadas que lo hicieron
un original sin copia? En la vida y en la muerte del último gran
ídolo de matinée todo resultó posible. Fue capaz
de decolorar su piel (nunca pudimos saber si continuaba siendo afro, si
se había convertido en blanco de la misma forma que otros se convierten
al cristianismo, o si finalmente había conseguido adquirir el tan
ansiado “color MJ”, una de sus marcas registradas). Rey también
en la metamorfosis. Un Gregor Samsa. Fue capaz de cambiar de identidad,
de estigmas, de estado civil, de peinado, de chimpancé, de paranoia,
de voz (por su falsetto desfiló la armonía), de hobby, de
cirujano plástico, de estilo de vida, de etc., y hasta de sexualidad,
pues de esta hizo una fábrica permanente de incógnitas,
invitando a repetir ocasionalmente la pregunta, ¿es o no? Esa vaguedad,
la de no saber bien quién o qué fue Michael Jackson lo convirtió
en un personaje imposible de clonar.
Mezcla asimétrica de hermafrodita, andrógino y maniquí
cósmico capaz de fascinar a gente de todas las edades, el último
gran cantante pop pasó por la vida como ráfaga de interrogantes
que hicieron de su show, dentro y fuera del escenario, un entretenimiento
constante, algo así como un ímpetu de raro magnetismo capaz
de generar adicción. Quizás por eso, por haber sabido existir
en constante actualización (en ese presente perpetuo solamente
reservado a los ídolos), como potpurrí de sí mismo,
Michael Jackson vivió la vida tal si fuera una estela luminosa
que solo justifica su condición cuando brilla. Por eso existió
en constante destello. Tuvo ese don: no defraudó ni como artista
pluritalentoso ni como figura generadora de enigmas. Se encargó,
y lo hizo bien, de que su nombre y figura fueran imán de atención
masiva, removedores de rutina. Ficción y caricatura.
Su vida fue un parque temático y hasta llegó a tener su
propio Parque Rodó en el fondo de su casa, con calesita y rueda
gigante en donde la infancia pudiera hibernar. Tenía 50 años,
pero aun no había llegado a la adolescencia. Dejó, para
que sepan, dos obras maestras de la música pop: Off the Wall (1979)
y Thriller (1982). De esos dos discos gloriosos brotó magia, la
cual no logró redimir su megalomanía ni salvarlo de la ignominia
asociada a las acusaciones de pederastia que lo mandaron cuesta abajo.
Ahora, privilegiado por una muerte antes de tiempo, pertenece ya a la
dimensión de los mitos, los cuales nunca mueren. Será posteridad,
leyenda urbana. Reliquia y fetiche. Pronto dirán que fue visto
por ahí, paseando en un tren fantasma, que todavía sigue
vivo como Elvis Presley, que juntos se han ido a Canadá a grabar
un nuevo disco, eso sí, de vinilo. Una fantasía que nadie
podrá matar.
Desde la helada noche del 8 de diciembre de 1980, cuando John Lennon fue
baleando en la entrada de su apartamento, ningún otro artista o
cantante había generado tanta sorpresa y tristeza colectiva con
su muerte como Michael Jackson. De pronto, con su desaparición,
se fue un mundo. Una época. Se fue, y si exagero no me equivoco,
la voz de una época, la de las últimas tres décadas
del siglo pasado. Ahora por fin, el siglo XXI puede empezar, tras quitarse
de encima a uno de los últimos lastres ilustres que le tocó
heredar. Algunos, como este servidor, han de sentir que con la muerte
de Jackson, el mutante que tomaba Pepsi, muere también parte de
uno. Para los amantes de la música, la suya, un sonido sin imposturas,
un estilo para tararear, fue imprescindible. Quienes estamos en los cincuenta
(de edad, no de década) podemos afirmar que crecimos con las distintas
etapas de la voz de Michael Jackson, la cual hizo su aparición
cuando más la necesitábamos: cuando empezamos a ver la adolescencia
en el espejo retrovisor, cuando la vida coleccionaba nombres de mujer,
cuando nacieron los hijos, cuando la felicidad se dio cuenta de que la
edad no importa, y hasta cuando pudimos confirmar que éramos habitantes
de la mejor década del siglo XX, porque lo fue.
Precisamente, en un año tan bisagra como 1983, mientras la guerra
fría se derretía y las penúltimas dictaduras del
mundo (incluidas algunas latinoamericanas) comenzaban a oxidarse, Michael
Jackson grabó Thriller, posiblemente el álbum más
emblemático de las vivencias asociadas a la historia finisecular.
Época de gozos hacia delante, de renovado entusiasmo. Fueron años
de tránsito y reacomodo que correspondieron a la cruzada de optimismo
generada desde la Casa Blanca por Ronald Reagan. La música de Jackson
fue la banda sonora de esos ocho años de gobierno republicano que
impulsaron la idea de la universalidad democrática estadounidense
y que vieron como corolario la caída del muro de Berlín
y el fin del comunismo. Reagan y Jackson fueron la síntesis impostergable
de la década de 1980, iconos de la última vez en que el
mundo estuvo en calma (extrañamente, el cantante murió en
el Hospital Ronald Reagan: hasta en eso estuvieron juntos).
En aquellos días que se fueron tan rápido (la promesa de
felicidad es siempre así de efímera) la música, los
movimientos, los escándalos, la imagen, en fin, la vida de Michael
Jackson formaron parte de una película colectiva donde todos pudimos
participar, la mayoría desempeñando un papel de reparto.
Una canción, y otra, varias, todas las que conforman el álbum
Thriller, se convirtieron en himno de una generación, con una voz
distintiva acompañada de una imagen igual de diferente, pues Jackson
fue también un adelantado en materia audiovisual. Si no inventó
el video musical, fue al menos el primero en utilizarlo creativamente.
Llegó justo cuando la televisión necesitaba otra opción
de entretenimiento. Al verlo en el video de la canción Billie Jean,
con sus guantes de lentejuelas y su maquillaje rococó imponiendo
un estilo de baile que desconocíamos, el mundo dijo al unísono:
“Yo también quiero mi MTV”. Nos fuimos a vivir a un
video clip, a venerar una coreografía. Copiando esos pasos tan
exactos, bueno intentándolo, y recurriendo al control remoto más
de lo previsto para tener sobredosis diarias de imágenes, sentimos
que estábamos entrando a la posmodernidad, lo que eso fuera, pues
hasta el día de hoy no hemos podido definirla con claridad. Es
decir, con Michael Jackson fuimos posmodernos sin saber bien lo que éramos
(y tampoco hicimos mucho por saberlo porque, para qué).
La muerte, que no es fan de nadie, suele venir en puntas de pie, y la
de Jackson entró por la puerta de atrás, de la manera menos
pensada y glamorosa, vulgarmente democrática. Murió como
uno más: de un paro cardíaco. Igual que un trabajador agobiado
por el estrés. Vaya ironía. Al menos en el momento de su
muerte fue completamente humano, igualito a todos nosotros. La muerte,
siempre tan poco imaginativa, imitó al resto de su vida, pues llegó
de sorpresa, sin avisar ni tocar el timbre, justo cuando la segunda parte
del show estaba por comenzar y nosotros ahí, sentados en primera
fila, listos para empezar a aplaudir otra vez.
El próximo mes se cumplen 40 años de la llegada del hombre
a la Luna. No ha muerto el primer astronauta en pisarla, sino el inventor
del “Moonwalk”, de la caminata lunar, un paso de baile tan
importante como la pionera expedición de la Nasa, aunque seguramente
más. Ha muerto un compositor, intérprete y bailarín
extraordinario, que fue único por ser irrepetible. En tiempos cuando
la mediocridad carcome todos los territorios de la vida contemporánea,
de la política al deporte pasando por la literatura y el periodismo,
la muerte de un talento original como Michael Jackson deja al mundo menos
completo. Y contra eso no hay antídoto, salvo recurrir a la música
para que el silencio no se quede tan solo. Ha llegado pues el tiempo de
rebobinar y escuchar la canción nuevamente. En este momento es
la única revancha. La muerte, sorda y muda, no sabrá de
qué se trata.
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