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ONETTI
TAN MEMORABLE: UNA SEMBLANZA DE SUS CUENTOS
Por:
Alejandro José López Cáceres
1
Hay algunas obras maestras de la literatura que lo son porque llegan a
dar cuenta -sin explicarlos- de fenómenos profundos, complejos,
arquetípicos, de la condición humana. Esto hace que dichas
obras resulten inolvidables para el lector, quien siente que una parte
de su ser pasa por ahí de modo evidente o recóndito. Al
mismo tiempo, esa capacidad para penetrar agudamente en los arduos aspectos
que constituyen nuestra naturaleza hace que estas obras permanezcan siempre
abiertas a nuevos sentidos y razonamientos; es decir, que no se dejen
apresar en una sola línea de interpretación. Tal es lo que
sucede, por ejemplo, con un relato como “Bartleby el escribiente”
de Herman Melville, en el cual se indaga de forma exquisita el fenómeno
de la desidia. Otro tanto hace Chejov, con relación al desamparo,
en su perdurable “Vanka”; o Hoffmann respecto de lo siniestro
en su famosa historia “El hombre de arena”; o Maupassant en
lo que toca al oportunismo con su célebre “Bola de Sebo”;
o Poe con la culpa en su “Corazón delator”. También
la crueldad ha sido condensada singular y memorablemente en un cuento
magistral: “El infierno tan temido”, de Juan Carlos Onetti.
Pero aunque éste es seguramente su mayor logro en el género
cuentístico, no es el único. De los cuarenta y siete excelentes
cuentos que escribió el maestro uruguayo a lo largo de su vida
(1909-1995), en su periplo por Montevideo, Buenos Aires y Madrid, hay
por lo menos cinco que merecerían estar en una hipotética
antología de cuentos inolvidables de todos los tiempos: “Un
sueño realizado” (1941), “Bienvenido, Bob” (1944),
“Esbjerg, en la costa” (1946), “El infierno tan temido”
(1957), y “Jacob y el otro” (1961). Todos comparten la fortuna
de haber amalgamado de manera sorprendente ese mundo en descomposición,
desolado y oscuro -que está en la base de la cosmovisión
onettiana-, con un lenguaje y una técnica narrativa de impecable
factura. La ficción ha sido tejida en ellos con tanta eficacia
que el lector habita la ilusión sin percatarse de las costuras
que la sostienen ni de los hilos que la constituyen; en otras palabras,
éstos son cuentos orgánicos, sin fisuras, o, como suelen
decir los cuentistas, redondos.
2
El de Juan Carlos Onetti es un mundo a la vez complejo y apasionante.
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Juan Carlos Onetti en Madrid |
Su
universo está en las antípodas de la simplificación,
pues estamos ante un narrador que ha elegido rastrear sin tregua las contradicciones
del alma y sus sorprendentes intersticios. Detengámonos un momento
en sus personajes para ilustrar algo de lo dicho. Hay un rasgo que muchos
de ellos comparten, una especie de vocación o conducta recurrente.
Dado que suelen sobrellevar existencias grises, anodinas, o que viven
asediados por el fracaso de todas sus empresas, llega un momento en el
cual una encrucijada de hastío o derrota los obliga a buscar una
salida. Sí, la vida que llevan se les revela de pronto insufrible,
tal vez sólo insustancial; entonces, dan un salto de vértigo.
Quizá las cosas podrían ser de otra manera si habitaran
un lugar distinto; así que transitan hacia allá, pasan a
un entorno de fantasía, de ficción. Muy temprano aparece
en la obra de Onetti este arbitrio que no solamente atravesará
su producción ulterior sino que llegará a ser uno de los
rasgos más característicos de toda su narrativa: la construcción
de mundos sucedáneos. Pero es en su tercer cuento -el primero en
el cual aparece una factura literaria ya consolidada-, que tituló
“El posible Baldi” y que fue publicado en La Nación
de Buenos Aires (1936), donde nos introduce de fondo en esta alternancia.
De Baldi sabemos que es un abogado, un hombre corriente que va por la
calle. Tiene una novia, a quien llama Nené -justamente esta noche
se verá con ella-, y posee en su bolsillo, lo puede palpar, el
dinero necesario para cubrir los gastos de los preparativos y de la cita
misma. Se siente completamente feliz, pleno. Entretanto, una pequeña
mujer, ingenua y de grandes ojos azules, camina muy cerca suyo. Viene
asustada porque un hombre de largos bigotes la asedia, la persigue. Baldi,
percatado de la situación, en un gesto casi fortuito de automatismo
solidario, se les acerca, con lo cual el bigotudo huye. La muchacha, prendada
y agradecida, prosigue su camino junto al salvador, quien sólo
desea continuar adelante con los planes de su cita. Pero ella quiere saber
algo acerca de este hombre tan distinto de los otros y le pide referencias
de su vida extraordinaria. Él accede -con la intención de
deshacerse rápidamente de la mujer-, así que inventa una
extravagante historia sobre un Baldi que vigilaba esclavos negros en las
minas de diamantes, en Sudáfrica. Le cuenta cómo asesinaba
a sangre fría a quienes intentaban escaparse; sin embargo, ella
no experimenta repugnancia sino que se compadece del victimario y lo justifica.
El embustero carga aún más las tintas e ingenia situaciones
de pasmosa atrocidad, pero todo resulta inútil al fin propuesto.
Habiéndole tomado gusto al juego, él renuncia a sus planes
y, “con un estilo nervioso e intenso, siguió creando al Baldi
de las mil caras feroces que la admiración de la mujer hacía
posible”. Hasta que algo inopinado ocurre: al compararse con su
personaje, el autor de aquellas invenciones cae en la cuenta de lo insulsa
que es su existencia, “porque no se había animado a aceptar
que la vida es otra cosa, que la vida es lo que no puede hacerse en compañía
de mujeres fieles, ni hombres sensatos. Porque había cerrado los
ojos y estaba entregado, como todos. Empleados, señores, jefes
de las oficinas”. Al despedirse de la muchacha, Baldi le pasa unos
billetes, le dice que los ha ganado traficando cocaína y se marcha,
ensombrecido.
Buena parte de los elementos más caros a la obra de Onetti se prefiguran
ya aquí, en especial éste al cual podríamos referirnos
como una cierta vocación por la mentira. La ficción es una
necesidad esencial de sus personajes. En el bello prólogo que escribió
para la edición de los “Cuentos completos”, Antonio
Muñoz Molina lo plantea de esta manera:
Aparte
del amor, la tarea preferida por un número considerable de personajes
de Onetti es la de inventar, la de contar mentiras y oírlas, la
de dotarse de vidas falsas a través de la credulidad del que escucha,
pero en ocasiones el propósito de la narración es otro,
exactamente el inverso: contando puede alcanzarse una verdad que de otro
modo sería inaccesible, una identidad más cierta o más
honda que la establecida por las apariencias, incluso una forma amarga
de absolución.
Y
es que para Onetti, antes que un proceder indeseable, la invención
constituye una categoría humana de rango esencial. Sin ella la
vida misma se haría insufrible -más de lo que ya es-, lo
cual nos pone sobre un aspecto central de su cosmovisión. Para
el maestro uruguayo, al igual que para sus contemporáneos europeos
Sartre y Camus, la existencia es una dura carga; y, en su caso, una experiencia
imposible de sobrellevar si no se apela a alguna suerte de suplantación.
Detengámonos todavía un poco más en la mentira, esa
conducta de la cual derivaba el origen de su escritura. En la entrevista
televisiva que le concedió a Joaquín Soler Serrano, en 1977,
Onetti decía:
Me
preguntan ¿cuándo empezó usted a escribir? Y yo no
puedo saber. Recuerdo sí que en mi infancia empecé a mentir;
es decir, yo volvía a mi casa contando aventuras que nunca habían
ocurrido, ni ocurrirán, ¿no? Y a los chicos del barrio también,
los amigos míos, les contaba mentiras; así que, para mí,
el escritor empezó ahí, mintiendo. Después sigue
mintiendo ahí en todos los libros, seguro.
3
Tal vez sea lícito rastrear algunas fuentes de esta proclividad
al embuste en la propia biografía de Onetti, cuya vida estuvo signada
por fuertes experiencias de estrechez y derrota. Hubo uno, crucial, del
que nos ha quedado un curioso registro. Recordemos que, habiéndose
casado muy joven, cuando tenía veintiún años, el
maestro uruguayo se vio muy pronto obligado a sustentar una familia -su
primer hijo nacería un año después, en 1931-. Pero
lo que hizo especialmente dramática su situación fue que,
al no disponer de un respaldo económico patrimonial, ni de una
formación profesional, ni de título académico alguno,
Onetti tuvo que desempeñar oficios arduos, y mal remunerados. En
Buenos Aires, adonde se habían trasladado, los suyos conocieron
tenaces privaciones. Sin embargo, poco o nada se refirió a esto
en las entrevistas que concedió, la mayoría de ellas en
su definitivo exilio español. Cuando Luis Harss habló con
él durante la preparación de su ya clásico libro
titulado “Los nuestros” -que habría de ser, desde la
perspectiva de la crítica, el lanzamiento del llamado Boom latinoamericano-,
el maestro uruguayo fantaseó sobre su pasado escolar. En el capítulo
que Harss le dedicó, aparece dicho así: “Nuestra historia
comienza en Montevideo, en 1909. Allí pasó Onetti su juventud
y cursó la escuela secundaria. Habla de todo eso con una voz sorda,
malhumorado, como si estuviera tratando de recordar una versión
perdida de un cuento desagradable. Actitud ésta que define tanto
al hombre como al escritor.” Y más adelante complementa el
crítico: “Poco descubrimos de los primeros años de
Onetti. Bachiller, cuando tenía aproximadamente veinte años
de edad, se fue a vivir a Buenos Aires, la tierra prometida, donde merodeó
por la Universidad, sin caer en sus redes (…)”
Hoy sabemos que las cosas sucedieron de otro modo, y que la realidad fue
mucho más cruel con Onetti durante sus primeros años. En
el grato y amoroso estudio que Vargas Llosa le dedica -un libro en que
recorre cronológicamente la vida y obra del maestro uruguayo, haciendo
una especie de biografía crítica- encontramos la referencia
a este episodio de su vida, ocurrido cuando él tenía trece
años, en estos términos:
Onetti
abandonó el colegio apenas había empezado el liceo, es decir,
la secundaria. Había ingresado a él a duras penas, con una
calificación pobrísima -“Regular Deficiente”-,
y la explicación de su deserción escolar que dio más
tarde, que se debió a “que nunca pudo aprobar el curso de
dibujo”, no parece muy convincente. Sus biógrafos dan otras
razones, no menos extrañas -según una de ellas fue a causa
de la depresión que le produjo que un compañero le robara
su impermeable en ese primer año del liceo y según otra
el terror que le causaban los exámenes-, aunque probablemente la
de más peso sean las dificultades económicas de la familia.
El abono del ferrocarril para ir de Colón a la ciudad donde estaba
el liceo Vásquez Acevedo resultaba una carga y tal vez eso contribuyera
a aquella deserción y a que los padres se resignaran a ella.
No
debería sorprendernos que haya tantas versiones -unas más
disparatadas que otras-, o que el hecho mismo se hubiera ocultado. Tengamos
en cuenta que el origen principal de estas explicaciones fue el propio
Onetti, quien parece haberse divertido jugando a ser Orsini, o Brausen,
o Baldi, o cualquiera de sus embusteros. Lo que se vuelve profundamente
revelador es la forma en que tramitó consigo mismo y frente a los
demás este episodio tan definitivo de su vida.
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Desde temprana edad, Onetti leyó de modo voraz e impenitente; así
llegó a hacerse con una vastísima cultura. Fue un autodidacta.
Con todo, entre los muchos autores que recorrió y que le entusiasmaron,
ninguno marcó su literatura tan profunda y diversamente como lo
hizo William Faulkner. Esta fue una deuda que siempre reconoció
y a la cual tributó diversos homenajes a lo largo de su vida. En
ocasión del fallecimiento del gran narrador norteamericano, ocurrido
el 6 de julio de 1962, Onetti escribió un par de obituarios muy
recordados. En uno de ellos afirma: “Era, literariamente, uno de
los más grandes artistas del siglo”; enseguida añade
que, en un futuro cercano, todo el mundo “estará de acuerdo
con una simple perogrullada: la riqueza, el dominio del inglés
de William Faulkner equivalen a lo que buscó y obtuvo William Shakespeare”.
En el otro celebra su capacidad de consagrarse, más allá
del ruido externo, de los conciliábulos y de la fama, a la ejecución
de su obra: “Obtenía en la noche y la soledad, sólo
para sí mismo, sus triunfos y sus fracasos. Sabía que lo
que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos
críticos, editores, modas”.
Pero hay un recurso literario, un principio ficcional que Onetti heredaría
del maestro norteamericano -tal como le sucedió a García
Márquez y a Juan Rulfo- y que habría de ser cardinal en
toda su obra: la fundación de un mundo mítico. Faulkner
inventó el condado de Yoknapatawpha y allí instaló
sus personajes. En este universo también cifró las claves
de aquellos dramas vividos por el Sur de su país tras ser vencido
en la Guerra de Secesión. Justo es decir que al mismo tiempo estaba
creando una de las más profundas y bellas metáforas de la
derrota humana que hayan sido escritas en la historia de la literatura.
De dicho proceder narrativo descienden otras geografías míticas,
como Macondo o Comala. Y en lo que toca a Juan Carlos Onetti, Santa María,
en cuyo territorio discurre la mayor parte de sus cuentos y novelas. Aunque
apareció por primera vez en el cuento titulado “La casa de
arena” (1949), sería en la cuarta novela publicada por el
maestro uruguayo, “La vida breve” (1950), donde se construiría
de un modo ya más profuso esta ciudad imaginaria. Allí condensó
las contingencias derivadas del ingreso a la modernidad, de la vida citadina
y sus avatares de incomunicación, corrupción y desencanto.
Si bien acogió un recurso ficcional de Faulkner, es claro que lo
aplicó a una cosmovisión propia: sus insumos imaginarios
y geográficos son otros. En tal sentido, el crítico Emir
Rodríguez Monegal anotó: “Juan Carlos Onetti ha incrustado
en la realidad del mundo rioplatense un territorio artístico que
tiene coordenadas claras y se compone de fragmentos argentinos y uruguayos”.
Esta característica, la de construir un escenario común
para sus narraciones -cuentos y novelas-, potencia a su vez la significación
de ellas. El lector, aunque comprende a plenitud cada relato en las páginas
que lo conforman, accede a una dimensión de mayor trascendencia
si va de uno a otro. Esto equivale a decir que así, gracias a los
vasos comunicantes que se establecen entre las historias, es posible ensanchar
el conocimiento de los personajes y sus dramas, de sus relaciones y sus
antecedentes, como en una zaga. Una de las muchas ilustraciones de este
hecho se evidencia en el cuento “Tan triste como ella” (1963).
No se nos dice dónde suceden los hechos, ni conocemos los nombres
de esta pareja, de estos protagonistas cuyo matrimonio se haya carcomido
por las infidelidades y el tedio. Con esa contundencia que posee el maestro
uruguayo para capturar estados del alma, nos cuenta: “Durante aquellas
mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba
a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que
exhibiera una llaga, un muñón”. Muy de a poco -tal
como acostumbra en todos sus relatos-, Onetti nos va entregando más
información; así llegamos a averiguar que este marido se
había casado con ella sabiendo que esperaba un hijo de otro, un
tal Mendel. Asistimos a la destrucción del jardín, único
solaz de la mujer, por orden del esposo, quien avasalla de cemento lo
que habría podido ser una fronda vegetal. Y escuchamos el llanto
del niño como una señal recurrente que anticipa aquel fatídico
desenlace, el mismo que da las claves para comprender ese inicio del cuento,
entre vaporoso y onírico. Pero la identidad de los personajes nos
viene dada por los vínculos narrativos que mencionábamos
atrás. En un momento dado, como de paso, nos dice el narrador:
Aunque
ella había nacido allí, en la casa vieja alejada del agua
de las playas que había bautizado, con cualquier pretexto, el viejo
Petrus. Había nacido, se había criado allí. Y cuando
el mundo vino a buscarla, no lo comprendió del todo, protegida
y engañada por los arbustos caprichosos y mal criados, por el misterio
-a luz y sombra- de los viejos árboles torcidos e intactos, por
el pasto inocente, alto, grosero.
Al
toparnos con esta información, nos damos cuenta de que ella es
la hija de Jeremías Petrus, el dueño de aquella derruida
fábrica de barcos en torno al cual gravita la historia de otra
novela: “El astillero” (1961). Nos ubicamos claramente en
Santa María, así que la mujer es Angélica Inés,
la misma que desde niña ha vivido interna en la amurallada casa
de su padre. Y esto nos permite captar más profundamente sus desgracias.
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No cabe ninguna duda sobre la autenticidad literaria de Onetti; de hecho,
es uno de los narradores más originales de la lengua española.
No obstante, su extraordinaria admiración por Faulkner lo llevó
a hacer afirmaciones radicales, como ésta que leemos en un diálogo
sostenido con el crítico Jorge Ruffinelli: “Todos coinciden
en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable
plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte,
he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia”.
Entramos, en realidad, al terreno de las influencias, al modo como un
autor se relaciona con aquellos que le han antecedido en su arte. Todo
escritor se instala en la tradición; es decir, dialoga, voluntaria
o inconscientemente, con quienes siente una profunda empatía espiritual.
Rodríguez Monegal señalaba dos presencias más, igualmente
determinantes, en la narrativa del maestro uruguayo: Borges y Louis Ferdinand
Céline. El primero le aportó ese vértigo imaginativo
que se expresa construyendo una ficción dentro de otra -y en el
tránsito permanente que los personajes hacen a través de
ellas-, al estilo de ese inolvidable relato borgeseano llamado “Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius” (1941). Con el segundo tenía Onetti
afinidades de fondo en lo que respecta a la visión del mundo, el
cual percibían, en su oscuro pesimismo, como algo irredimible y
catastrófico; también, y muy especialmente, en su relación
con el lenguaje. Vargas Llosa lo llama estilo crapuloso y nos regala una
precisa y oportuna definición:
El
de Onetti es un es un estilo que podríamos llamar crapuloso, pues
parece la carta de presentación de un escritor que, frente a sus
personajes y a sus lectores, se comporta como un crápula. Ni más
ni menos. Las características más saltantes de este estilo
son casi todas negativas. Lo frecuente es que el narrador narre insultando
a los personajes -llamándolos cretinos, bestias, animales, abortos,
estúpidos, monos, hotentotes, etcétera- y provoque al lector,
utilizando con frecuencia metáforas e imágenes sucias, relacionadas
con las formas más vulgares de lo humano, como la menstruación
y el excremento.
La eficacia expresiva con la cual logra el maestro uruguayo involucrarnos
en su cosmovisión melancólica y sombría pasa por
ese lenguaje en el cual, sin embargo, jamás se incurre en la procacidad.
Sabemos, por otra parte, que muy tempranamente y de modo asiduo Onetti
frecuentó las páginas de Céline, en especial las
de aquella novela titulada “Viaje al fin de la noche” (1932).
También le rindió tributo desde su trabajo periodístico.
Pero hay todavía una influencia más que haría falta
reseñar de su estilo y que no es posible circunscribir a un autor
concreto; sin embargo, es tan definitiva para su obra como las que se
han planteado hasta aquí.
6
Juan Carlos Onetti es un narrador que no se deja adivinar. Con él
nos sucede lo mismo que ante esos conversadores ingeniosos e impredecibles
que nos obligan a estar siempre atentos, pues van tejiendo, a lo largo
del diálogo, una seguidilla de reparos, de considerables o menudas
salvedades frente a cada afirmación que se les hace. Esto podría
resultar fatigante -incluso antipático- si no fuera porque cada
una de esas objeciones nos sorprende y, al mismo tiempo, nos irradia una
comprensión nueva de las cosas. Onetti siempre nos entrega una
manera distinta de mirar y un modo más profundo de decir. Y podemos
constatar que dicho distintivo atraviesa los diferentes niveles de su
escritura, lo que la inmuniza contra el lugar común. Si nos instalamos
en el nivel de la prosa, por ejemplo, hallamos que sus frases son inusitadas
-desde sus adjetivaciones hasta su sintaxis-. Leamos esta ilustración,
proveniente de ese extraordinario cuento que es “Esbjerg en la costa”.
Nos dice el narrador, refiriéndose al personaje llamado Montes,
apenas habiendo comenzado el relato: “Me lo imagino pasándose
los dientes por el bigote mientras pesa sus ganas de empujar el cuerpo
campesino de la mujer, engordado en la ciudad y el ocio, y hacerlo caer
en esa faja de agua, entre la piedra mojada y el hierro negro de los buques
donde hay ruido de hervor y escasea el espacio para que uno pueda sostenerse
a flote”. Si nos detuviéramos en cualquier momento de la
frase, nos resultaría imposible anticipar hacia donde nos conducirá
su ritmo serpenteante en la palabra que sigue.
Este rasgo se replica si nos cambiamos de esfera. Una de las mayores obsesiones
de Onetti es cómo entregar la información de la historia
que está narrando. Y suele hacerlo con un severo cuentagotas. Esta
disposición para contar es la característica más
representativa de la novela policíaca, género por el cual
tenía el maestro uruguayo especial debilidad. Si bien leyó
a los autores mayores del relato negro -Hammett y Chandler-, no discriminaba
demasiado a la hora de pillar estas novelitas que devoraba con el apetito
de un bebé glotón, las mismas que ya en sus años
postreros le proporcionaba su esposa Dolly como si fueran golosinas. Cuando
le pasaron el famoso cuestionario Proust, al que suelen recurrir los magazines
literarios, respondió así a una de las preguntas:
-¿Su sueño de dicha?
-Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído.
Aunque no practicó el género, a la hora de escribir sí
incorporó muy deliberadamente el recurso del suspenso. Éste
habría de ser determinante en la ejecución de sus mejores
relatos; pero también repercutió de forma negativa en algunas
de sus narraciones que, debido al exceso de información implicada,
se oscurecieron hasta un punto innecesario, como sucede en “La cara
de la desgracia” (1960). En el primer caso podríamos referir
esa exquisita obra maestra del cuento titulada “Jacob y el otro”.
A través de la rotación del punto de vista -otra de las
técnicas en las que Onetti es un verdadero experto-, vamos conociendo
los pormenores de la historia, del combate entre Jacob van Oppen y el
turco Mario. La identidad de los contrincantes se nos revela mediante
una dosificación de los datos ejercitada con la precisión
de un relojero suizo. Sabemos desde el comienzo que hay un gigante malherido.
¿Qué ha pasado? Luego nos enteramos de que ambos luchadores
poseen rasgos físicos parecidos. ¿Cuál de los gigantes
está moribundo? Será necesario recorrer cada página
de esta memorable narración para saciar la curiosidad que su autor
ha sabido exacerbar en nosotros de principio a fin. Hay, por supuesto,
muchas otras cosas inolvidables en este cuento -como el príncipe
Orsini, manager de Jacob, o Adriana, la novia del turco-; por eso, transcurridas
tantas décadas, los lectores de hoy nos preguntamos por qué
razón no le concedieron el primer premio en el concurso de cuento
que organizó la revista Life, en 1960. Quizá por ese vicio
que tenía Onetti de quedar segundo en todos los certámenes
literarios a que se presentaba.
7
Si bien es cierto que entre sus relatos hay unos mejor logrados que otros,
todos desarrollan en profundidad esa mirada tan particular que el autor
tenía sobre la vida y la literatura. No hay claudicación
en ninguno de ellos -ni ante modas, ni ante editores, ni ante el éxito-.
La suya fue una búsqueda incesante en el fondo de su alma y una
indagación permanente en su relación con el lenguaje. Alguna
vez hizo, en tal sentido, esta declaración de principios: “Nunca
me ha importado la crítica ni ha influido en mi obra. Creo que
ésta es el producto de mí mismo, y aunque reconociera que
el crítico tiene razón no podría cambiarla. Los errores,
en este sentido, son como la cara que tengo. No se pueden cambiar”.
De modo que en sus narraciones hallamos una y otra vez las obsesiones
habituales, aunque desplegadas siempre en admirables y proteicos anecdotarios.
En repetidas oportunidades habló Onetti sobre el origen de sus
relatos, como en el caso del que habría de ser, probablemente,
su cuento más impecable: “El infierno tan temido”.
A Jorge Ruffinelli y a Joaquín Soler Serrano les refirió,
en momentos distantes, la génesis del mismo. Se trata de una historia
sucedida realmente en Montevideo y que le fue contada al maestro uruguayo
por su amigo Luis Batlle Berres, quien fue presidente de la República
-a él le dedicó “El astillero”-. Un empleado
de la radio Ariel, casado con una actriz de radioteatro, abandonó
a su esposa al enterarse de que ella le había sido infiel durante
una gira. La mujer, en retaliación, le empezó a mandar fotografías
obscenas en las que aparecía ella acostándose con amantes
ocasionales. Para incrementar el martirio, envió las fotos a los
amigos de su ex-marido. Hasta que llegaron también a su círculo
familiar. Éste no pudo resistirlo y se suicidó.
Onetti pone al servicio de la insólita situación su extraordinaria
pericia narrativa y, de modo estratégico, destaca en todo ello
una dinámica de ambigüedad. Dota a sus personajes, por su
puesto, de unas particularidades significativas. El hombre, llamado Risso,
es un periodista que cubre la Sección Carreras -Hípicas-
en un periódico. Viudo y con una hija en edad escolar ha contraído
nuevas nupcias con Gracia César, una joven actriz a quien dobla
en edad. Nos cuenta la devoción con que ella se ha entregado a
su esposo y a la hija de éste. Y, sobre todo, nos presenta la promesa
de amor incondicional que él le ha hecho a su mujer, más
allá de cualquier consideración. Por eso cuando Gracia César
le confiesa una aventura sin importancia y Risso reacciona rompiendo el
matrimonio, se granjea el odio más visceral que pueda ella ejercer.
En esto se reproducen las coordenadas principales de la historia original,
incluida la gradación de la represalia -las fotografías
son remitidas a instancias cada vez más entrañables en los
afectos del protagonista-. Pero Onetti sabe la importancia de subrayar
en esta historia los elementos más oscuros; así desborda
las explicaciones simplistas y se adentra en la exploración de
la crueldad. Porque si bien es cierto que hay aquí una venganza,
también la mujer está llevando a cabo una inmolación.
Sí, la mueve el odio; pero es innegable que ese hombre le importa
hasta un grado supremo: algo muy parecido al amor. Por eso nos dice el
narrador que Risso, al recibir la segunda foto, “midió su
desproporción, se sintió indigno de tanto odio, de tanto
amor, de tanta voluntad de hacer sufrir”.
En lo que respecta al marido, saltan igualmente a la vista sus contradicciones.
De una actitud posesiva y condenatoria hacia Gracia César -la misma
que generó la separación- se va moviendo de a poco; es decir,
a medida que acumula fotografías. Con la cuarta de éstas,
la cual llega a su casa y es interceptada por la abuela de su hija, el
protagonista toma la decisión de buscar a su esposa e intentar
el regreso. Ha ingresado a un estadio excepcional: “Volteado en
su cama, Risso creyó que empezaba a comprender, que como una enfermedad,
como un bienestar, la comprensión ocurría en él,
liberada de la voluntad y la inteligencia”. Desafortunadamente,
las cosas no terminan ahí para el periodista. La parte final de
esta historia nos la cuenta el viejo Lanza, un compañero del periódico
a quien le había llegado una de las fotos previas. Por su testimonio
sabemos que Gracia César envió una última fotografía
a la niña, al Colegio de Hermanas donde estudiaba. Éste
fue el puntillazo definitivo para Risso, quien toma entonces la opción
del suicidio. Así se configura una dimensión intangible
en este relato, un más allá que no puede ser explicado y
que está en la base de su excelsitud, de su hondura para inquirir
algo tan complejo como la crueldad. Al comentar los cuentos de Onetti,
Rosario Hiriart afirmaba: “La fatalidad rige la vida de todos sus
personajes, quienes parecen arrastrar siempre un cansancio atávico,
mientras que la forzosa incomunicación en que viven les impide
mezclarse con la vida”. Resulta a la vez curioso y revelador el
rótulo escogido para este cuento, el cual proviene del célebre
soneto anónimo que se titula “A Cristo crucificado”,
esa joya de la mística española: “No me mueve, mi
Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido; / ni me mueve
el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. También
de este modo quiso el maestro uruguayo cifrar las claves del misterio
que se oculta detrás de la maldad humana.
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* * * *
Leer los relatos de Onetti es recorrer una de las obras más inquietantes
y exquisitas de la literatura escrita en español. Entre los años
60 y 80 del siglo pasado hubo una fuerte acogida crítica acompañando
su producción narrativa. Dos momentos tuvieron especial notoriedad.
El primero, a raíz de su exilio en España -cuando le fue
dedicado el número monográfico de los Cuadernos Hispanoamericanos,
en 1974-; y el otro en 1980, en ocasión de la entrega del Premio
Cervantes de Literatura. Sin embargo, en lustros más recientes
ha habido una especie de marea baja en su recepción. Pero este
año han vuelto a florecer signos que muestran una renovación
del interés editorial y crítico. Acaba de aparecer el tercer
volumen de sus Obras Completas, editado por Galaxia Gutenberg-Círculo
de Lectores, bajo el cuidado de Hortensia Capanella. Las celebraciones
de su centenario han tenido gran acogida en las dos orillas del Atlántico
y de la lengua. Mario Vargas Llosa ha lanzado un afectuoso libro sobre
la obra de Onetti. Diversas publicaciones le han dedicado separatas y
números monográficos, como la Revista Ínsula Nº
750 y la Revista Turia Nº 91, recién impresas en España.
En fin, podemos decirle al lector, con toda certeza: adelante, el banquete
está servido.
Madrid,
julio 1 de 2009, en el centenario de Juan Carlos Onetti.
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