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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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Un
santuario popular Por
Oscar Emilio Bustos Llegar a la plazoleta en ladrillo atestada de peregrinos olorosos a cacao significa haber atravesado no uno sino varios ejércitos enfrentados en un solo campo de batalla. Y no es metáfora. A lo largo de la Calle 27 sur está el ejército de los comerciantes de chucherías, el ejército de los vendedores de caldos y tamales, el ejército de los mendigos ancianos, mujeres y niños,
confundidos con el ejército de lisiados en carros esferados y patinetas, y el escuadrón de los paralíticos en sillas de ruedas que venden loterías o extienden sus manos maltrechas para pedir limosnas, estos últimos agrupados en una esquina. Más allá y más acá, disputándose el espacio de la calle, están también los acólitos, generalmente adolescentes, ataviados de blanco, quienes venciendo su timidez no se quedan atrás en el gran mercado religioso: parados entre la multitud en movimiento cambian la hojita del evangelio del día por monedas. Las Fuerzas Militares también hacen sitio todos los domingos y feriados, poniendo vallas metálicas y agentes de policía en las bocacalles de la plaza, como si lo que se celebrara fuera una carrera de caballos. Y entre uno y otro grupo de mercachifles de todos los pelambres y cataduras, aparecen disgregados, casi arrollados por la plebe, los miembros de la Defensa Civil que sacuden un tarrito invitando a los transeúntes a colaborar económicamente. Llegar a la plazoleta del cacao significa, además, haber atravesado la calle del tamal y el olor a hierbas hervidas. Así que antes de verla e inclinarse fervoroso ante la imagen del Divino Niño, venerada en el Veinte de Julio desde 1935 –fecha en que la adquirió en un almacén religioso del centro de Bogotá el salesiano italiano Juan del Rizzo- el visitante la ha visto durante el recorrido de cuatro cuadras desde la periferia hasta el templo, en vitelas, veladoras, estampas, almanaques, escapularios, a la par que ha escuchado las mil voces simultáneas de los mercaderes que lo circunda. No
solo caldo y fritanga se vende con las imágenes del Divino. También
matas de sábila, largas como animales marinos recién cazados
que cuelgan de una varilla; budas negros, en piedra o en plástico;
cruces de mayo, cuyo olor a laurel no logra vencer el fuerte olor a fritanga
que viene de grandes y oscuros pailones con aceite requemado. Todos los
objetos habidos y por haber son traídos allí para participar
del milagro del Venerado. En las calles adyacentes al templo que contiene
la pequeña imagen del culto del Niño Jesús, se exhiben
y venden con igual facilidad zapatos, vestidos, brasieres, azulejos en
jaulas diminutas, micos recién traídos de las selvas húmedas,
platos de loza que se lanzan dos malabaristas sobre las cabezas de la
multitud de devotos, perritos de tres días de nacidos, estremecidos
entre las manos de los negociantes. Al lado del Niño Jesús,
en el camino hacia su santuario, se exhibe lo recursivo que ha sido el
hombre colombiano para no dejarse morir de hambre. En esta parte de la
capital se aglomera, sin que falte una sola representación de los
diversos rincones de Colombia, la galería del subempleo y de la
miseria. Los ejércitos de los subempleados son los gendarmes que
cubren la entrada al Templo de Los Milagros.
No todos los feriados pero sí de vez en cuando, sobre todo los domingos que se adivinan neblinosos en el otro santuario de Monserrate, aparece en la Calle 27 sur la cabeza, y aquí sí, el cuerpo de una mujer. El milagro consiste en que cabeza y tronco están separados y se ven unidos por diversos cables que supuestamente conducen el suero y el oxígeno que necesita el cerebro de la mujer para vivir. Cabeza y cuerpo (un cuerpo grueso, vestido de azul intenso) descansan sobre una gran mesa de cuatro patas mientras las extremidades de la mujer ejecutan los mandatos que le impone a la cabeza-separada el dueño de la función: “Levante un pie, levante el otro, y ustedes no miren más allá de donde deben mirar”. Más tarde la cabeza habla desde una boca solemne acostumbrada a tratar con el público. Ella lee también la suerte en la carta que ha escogido la persona y que le pasa por los ojos el charlatán. Otra vez el Divino Niño atrajo lo incomprensible. Antes de acceder a su pureza hay que pasar por todas las fealdades del género humano. ¿No es esto ya la penitencia pagada de antemano? El
que logra zafarse del círculo extraño de las criaturas y
cree que no llegarán más para trastocarle su devoción,
su solicitud y la promesa que ha de cumplirle durante nueve domingos al
Niño de Los Pies Descalzos, seguirá a los demás devotos
y tropezará con un medio hombre que descansa su tronco sobre un
carro esferado de color azul cielo. El medio hombre sin edad, sin piernas
y sin trasero, tan reducido que podría decirse que vive sobre sus
pulmones y bajo su sombrero, tiene en sus manos una guitarra que rasguña
con furor, simulando sones de música mexicana. Con voz estremecida
canta desacompasado “las heridas que tengo por dentro sólo
tú me las vas a curar”, mientras algunos devotos le arrojan
monedas entre un tarro metálico. Le dicen “El Turpial Dos”,
como aparece escrito burdamente en los flancos del carro. Dicen que vive
en las calles del centro de la ciudad, donde se lo ha visto raudo con
su carro de ruedas zigzagueando las avenidas, peligrosamente metido casi
debajo de los buses. Para impulsarse sus largos brazos simulan remos sobre
el pavimento y en las manos empuña tacos de madera. También
sobre “El Turpial Dos” y sus acompañantes-escuchas-ocasionales
actúa la atracción del Divino Niño. Su
oficio consiste en rayar números en un papel, que luego cambia
a los curiosos por cien pesos. Son números de tres cifras, con
mucha persistencia de los seis, que la gente utiliza luego para apostarle
al chance. Un hombre le dio un billete a un niño gordo, de unos
diez años, que debería ser su hijo, y le ordenó con
un grito que se lo pasara al enano. El niño levantó el rostro
enrojecido en medio del círculo de peregrinos. Ante una amenaza
de su papá, incómodo, le arrojó el billete al enano,
con ojos de salir corriendo. El enano alzó la gran cabeza y lo
miró con frialdad, como deben mirar las serpientes, y luego le
hizo una seña al padre que se agachó para recibir los números.
El niño, tal vez, pudo pasar el corazón que se le había
atravesado en la garganta. El enano que se vino a compartir con el Niño
Milagroso la fuente de sus riquezas, se quedó rodeado de gentes
boquiabiertas. El busto del itinerante salesiano (1882-1957) aparece erigido en la Gran Sala de la Cúpula , en el camino hacia el santuario, como un justo custodio de su obra. Del Rizzo había sido misionero en su país y luego en Barranquilla, Cali y Medellín, y a él se debe haber introducido en Colombia la veneración milenaria a la imagen del Niño Jesús, que fue cantada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Dicen que el padre Juan, como lo llamaban los primeros peregrinos, relataba con entusiasmo la leyenda según la cual en la provincia italiana en 1636 el Niño Santo se apareció a Margarita del Santísimo Sacramento. En el barrio Veinte de Julio, que era una zona marginal de la capital en la década del treinta, el salesiano logró realizar su sueño de construir un lugar de veneración católica. La imagen del Divino Niño, de brazos abiertos y pies descalzos, que el padre consiguió casi por casualidad en un establecimiento bogotano, atrajo las primeras limosnas y las primeras libras de chocolate con que los salesianos construyeron lo que se ha convertido en uno de los más grandes emporios religiosos de Latinoamérica. Sin el culto al Divino Niño, y sin las predicaciones del padre Juan, no hubiera sido posible en aquellos años iniciales que las autoridades del Distrito dotaran a esta zona de la capital de rutas de transporte y de los servicios públicos básicos. Hasta una estación del tranvía, llamada popularmente “ La Cachucha ”, fue instalada en el marco de la plazoleta de la parroquia en la década del cuarenta. Las limosnas al Divino Milagroso y el programa de desayunos con chocolate para hijos de migrantes y pobres urbanos, que inició Del Rizzo, posibilitaron la ampliación del templo y la realización de cursos y talleres dedicados a la formación de la juventud. Setenta años después los peregrinos se han multiplicado, el templo exhala un cálido olor a cacao, pero los pobres también se han multiplicado y hacen filas para que les den siquiera una pastilla de chocolate. El
templo fue modernizado en 1992 y muestra cuatro naves en un área
de 46 por 20 metros , otra área anexa cubierta con una cúpula
de acrílico y la gran plaza externa de la parroquia, sitios en
los que se ofician tres misas simultáneas y 28 eucaristías
al día, con por lo menos treinta sacerdotes que se turnan la ceremonia
con estricta precisión salesiana. Los domingos fácilmente
se llegan a celebrar misas para unos 150 mil peregrinos, la multitud silenciosa
que proviene de todos los rincones de la ciudad. La imagen venerada no
está en el templo, en la sala de la cúpula ni en la gran
plaza al aire libre. Está expuesta en un simple salón de
clases, en el extremo sur de la parroquia, sobre un modestísimo
pedestal. Ante el Divino de los Pies Descalzos calma su ansiedad la multitud
caminante, mientras las voces se vuelven tenues para la oración
mágica. En
la plazoleta del veinte de Julio, a la sombra del Divino Niño,
y aprovechando el fervoroso culto que se le rinde a su don de hacer milagros,
se levantan las más espectaculares campañas políticas
de que se tenga memoria en el país. A Él se agradece en
público la liberación de un secuestrado –más
si es un delfín que después fue Presidente de la República-,
la celebración de un armisticio en la larga guerra colombiana,
o se encomienda el destino de las próximas elecciones. No hay político
que no incurra en la visita del santuario, que no separe en su agenda
la hora más multiplicada y acuda ante El Divino para hacer pública
la petición de que caigan sobre él todos los dones o los
votos. Lo hacen en las horas supremas del país, cuando todo está
a punto de estallar (especialmente las ollas podridas) y no encuentran
otra salida. Es tanta la participación colectiva que la entrada del templo bien podría confundirse con la recepción de un banco. Hay ventanillas enrejadas atendidas por diligentes hombres con delantal, en las que los devotos pueden dejar sus donaciones. Las filas, como ante una sucursal financiera cuando pagan primas, son infinitas, y las paredes del templo exhiben flechas y avisos luminosos para ubicar a los donantes. Nadie puede perderse en el templo sagrado: aquí los mercados, allí las donaciones económicas, más allá el pago de misas. Una misa un domingo vale un dineral: cualquier hora del domingo es el horario Triple A de la parroquia. Varios agentes de la policía custodian las transacciones. El donante sale con tal cara de satisfacción y tranquilidad, como si acabara de pagar los servicios del espíritu. Y no reclama recibo. La iglesia tampoco descarta donante por su condición racial, social o económica. Aquí dona Raimundo y todo el mundo. Dona la doctora encopetada para que no la secuestren, y a su lado hace cola para donar cualquier hijo de vecina, encomendando al Divino un trabajito, sea el que sea, los tiempos no están para escoger. Dona el jalador de carros, agradecido porque no lo han pillado; el funcionario corrupto, rogando al Divino Milagroso que prescriba alguna investigación fiscal por la desaparición de un dinero público que hoy viene a compartir con el Niño que le hizo el milagrito; como dona también el narcotraficante, agradecido porque coronó un envío de droga a los Estados Unidos. En las inmediaciones del Templo de los Milagros se afirma, pero no se le sostiene a nadie, que un duro de los duros donó a la parroquia un cargamento de víveres que llegó en una mula de 18 ruedas y que duraron descargando más de dos días. El Niño de los Brazos Abiertos y los Pies Descalzos es el más democrático de los seres milagrosos. Entonces
el peregrino puede disponerse a ingresar al templo, escuchar la misa y
visitar el santuario. Atrás quedaron los monstruos de la calle,
atrás los problemas y las preocupaciones. Hay paz aquí y
ahora, imbuidos en el olor a chocolate que llega en oleadas cálidas,
como una brisa reconciliadora. Cuando salgan del templo, todos recordarán
el instante en que el sacerdote, al final de la misa, bendijo los objetos
religiosos. Con rostros plenos, sudorosos, la multitud se abalanzó
hacia el púlpito levantando las estampas, íconos, cruces
de flores artificiales, libros, biblias, novenas y toda clase de artículos
que adquirió en el camino hacia el santuario. Se veía el
esfuerzo individual por tratar de que siquiera una gota de agua bendita
les rozara las manos o el rostro. |
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