| |
Intermedio
Mi
día del padre
Jotamario
Arbeláez
El
día que por primera vez fui hasta la tienda de don Arturo, en el
barrio de San Nicolás, a comprar un cholado de lulo con una moneda
de dos centavos, oí que un hombre que estaba parado al pie del
mostrador con una botella de aguardiente en la mano dijo: Carajo, yo cómo
odio a los niños.
Mis seis años de experiencia sobre una tierra cada día más
violenta me cuidaron de no tomar esas palabras como un agravio y ver de
responderlas al rompe, como me había enseñado mi padrino
Jorge Giraldo que a un tiro contestaba con otro tiro. Pero me supo agrio
el helado, que tiré a los pies del borracho y salí corriendo.
Y a medida que me fui volviendo adulto no podía ver un niño
sin que la cara del borracho espejeara en mi memoria repitiendo por siempre:
Carajo, yo cómo odio a los niños.
Torvas lecturas consecuentes terminaron por alejarme de la paternidad
como de un pecado contra la vida, pues se trataba de convocar unos seres
para la muerte. El primero en convencerme fue Vargas Vila, hasta que con
el tiempo me enteré de que su cháchara antirreproductiva
obedecía a que los muchachos le gustaban pero para comérselos,
lo que anulaba su argumentación categórica, como se la anularía
muchos años después a Fernando Vallejo.
Cuando me afilié a la parranda de jóvenes que rodeaba al
profeta de la nueva oscuridad, éste me dijo en un aparte que los
genios no debíamos tener hijos, refiriéndose a Cristo, a
Don Quijote, a Bolívar, a él mismo. Y me graduó de
genio con esa frase.
Entonces apareció Luis Ernesto, de 8 años, en las gradas
del cuarto del monje zen Elmo Valencia y durante dos años fue mi
compañero de ruta en el áspero sendero de los estudios patafísicos,
hasta que un carro conducido por un borracho barrió con él
por la avenida Colombia mientras me traía del buzón de correos
una carta del profeta Gonzalo Arango pidiéndonos que no dejáramos
morir el nadaísmo en sus primeros diez años.
Después vino María de las Estrellas, la hija de la Maga,
con quien a partir de los 3 años comenzamos a escrutar los secretos
del poema como sueño que se cumplía, y a los 13 años
alzó vuelo en la misma carretera donde Gonzalo Arango se había
despojado del pesar del cuerpo. El dolor me decía que esos milagrosos
hijos putativos me serían irrecuperables, así el tiempo
los volviera inmortales.
Hasta cerca de mis 50 años continué siendo fiel al agüero
de no generar descendencia. Empero una niña ángel toda llena
de gracias que llegó a mi oficina a que le firmara el libro póstumo
de María me anunció al poco tiempo como una dulce paloma
que su vientre estaba creciendo. Sentí como si me cayera un rayo
en el dedo gordo del pie. Traté de defenderme diciéndole
que como filósofo y nadaísta me estaba vedado tener hijos.
Pero ella me evidenció que los filósofos, incluidos Sócrates
y Fernando González, y los nadaístas, con la excepción
de Gonzalo Arango, estaban llenos de ellos. Y así nació
María Salomé.
Al poco tiempo me anunció que su vientre estaba creciendo. Como
ya había dado el brazo a torcer –y aun así mi apellido
no se perpetuaría–, consentí en la segunda venida.
Y así nació Jotamario Salvador Arbeláez Jaramillo.
Soporté unos anónimos infernales que entraban por todos
los resquicios de la casa anunciándonos una muerte inminente comenzando
por los infantes, lo que me sumergió en los infiernos del pánico.
Sólo yo supe de dónde provenían esas amenazas pero
me dolí tanto del sufrimiento de mis presuntos verdugos por los
estallidos de mi fertilidad que en vez de denunciarlos los condené
a ser testigos de la bienaventuranza poética.
Hoy, sentados en la sala, mientras mi joven mujer termina de destejer
la tela que me habían enviado como mortaja, desentrañamos
los misterios de la vida en familia estudiando Cien años de soledad,
la niña pendiente del teléfono por si acaso es el novio,
el niño pendiente de la mesada para asistir el domingo al estadio.
No me cabe un tinto de plenitud, mientras miro el acoplarse de los picaflores
por entre los pinos de las ventanas del nuevo palacete con que me ha premiado
la poesía. Por todas las estancias se perciben los aires de Gershwin
y los cuatro caminamos como danzando Rhapsody in blue. Mis libros empastados
penden del árbol de la biblioteca. Me echo la bendición
ante el cuadro del señor crucificado que me pintó Kat como
herencia. Hago tintinear en mis dientes una coipa de vino. Y continúo
con la novela río que me ha puesto a escribir Planeta.
Sin embargo, cuando me preguntan si sería papá nuevamente,
respondo; ¡Nanay cucas! Pero luego, analizando el posible alcance
de la respuesta para los malpensantes, corrijo: ¡Nanay!, a secas.
|
|