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Entrevista
con Pablo Escobar – 1984
“El
negocio rinde de $1 a $500”
Dice que es exportador de flores, que
le tienen envidia y que todo es una mentira.
Nota
de entrada: Esta entrevista fue realizada en abril de 1984 por Elizabeth
Mora, bajo la dirección y coordinación de Don Enrique Santos
Castillo, el legendario editor de “El Tiempo”. Elizabeth tuvo
el invaluable apoyo periodístico de Juan José Hoyos, jefe
de la oficina de “El Tiempo” en Medellín, Gustavo Ramírez,
el redactor económico del matutino y José Guillermo Palacio
de El Espectador. Asimismo contó con la valiosa colaboración
de doña Eugenia Vélez de González y Arturo Giraldo,
profesores de periodismo de la U de A. El planteamiento del problema y
las tesis para hacer las preguntas fueron hechos con la ayuda de Regina
Vélez, Alba Zuluaga y María Victoria Mejía, profesoras
del mismo claustro, mientras que el entorno económico- social y
los cambios culturales originados por Pablo Escobar y el narcotráfico
fueron elaborados con aportes de personajes como Alberto Aguirre, Jorge
Valencia Jaramillo, Jaime Jaramillo Panesso, Jorge Rodríguez Arbeláez,
Alberto Faciolince, E. Livardo Ospina y José Jota Zuluaga. Aldemar
Betancur colaboró con la documentación de las acusaciones
de Estados Unidos. Vecinos de la Estación Villa, donde “Los
Ositos”(los Escobar Gaviria) vivieron antes de irse a Envigado,
contaron sus historias. Guido Parra y Javier (mencionar su apellido no
aporta nada a esta nota) consiguieron la cita con Pablo.
La entrevista nunca fue publicada en forma completa-solo se usaron pedazos-debido
al asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, ocurrido el 30 de abril
de 1984 y a los terribles acontecimientos que siguieron. Sin embargo,
25 años después todavía es válida y muestra
cosas desconocidas del hombre que le cambió el rumbo a Colombia.
Por Elizabeth Mora-Mass
La casa es imponente. De lejos parece un monasterio. El jardín
parece una copia de un jardín muy famoso. La puerta es enorme,
labrada a mano y los ventanales son de vidrios de colores, como los de
las iglesias. Hermosas masetas, llenas de plantas florecidas adornan el
amplio corredor. Son las tres de la tarde y a lo lejos se divisa a Medellín.
—Señorita, siéntese que don Pablo ya viene—dijo
amable la señora mayor, vestida de oscuro, mostrando una cómoda
poltrona, de un juego de seis que había en el corredor.
—Gracias. ¿Dónde estamos? – preguntó
la reportera.
—¿Quiere un café, un refresco, o prefiere almorzar?
Ya don Pablo viene—dijo la mujer sin responder la pregunta.
En ese momento apareció Pablo Escobar. Es un hombre joven, un tanto
robusto. Tiene los ojos pardos, cuando se ríe y/o el tema le gusta,
son casi verdes. Pero cuando se enoja, o algo le disgusta, se vuelven
oscuros, casi negros y su rostro es como tallado en piedra. Vestía
un bluyín desteñido, una camiseta roja, mocasines sin medias
y tenía el pelo mojado.
—¿Tuvo un buen viaje?, preguntó.
—Sí, aunque las gafas oscuras que me tuve que poner y los
vidrios oscuros del carro no me dejaron ver nada—dijo la reportera.
—Como dicen ustedes los periodistas, son los gajes del oficio. Es
mejor que no viera nada y que no sepa donde queda esta casa. Espero que
le guste—respondió sin inmutarse.
—Es preciosa. La puerta, las ventanas, los jardines me lucen familiares…—
—Entiendo porqué le lucen familiares. La puerta es una copia
de la puerta de la Catedral de Sevilla en España, mandé
un man allá para que la copiara. Las ventanas son copia de los
vitrales de la Capilla Sextina en Roma. Los jardines son copia de los
Jardines de Versalles en París. Hay otras cositas que va a ver
cuando entremos—aclaró el anfitrión, riéndose
ante el gesto de asombro de la reportera.
—Yo tengo muy buen gusto. No soy ese gamín que ustedes los
de la prensa quieren mostrar. Me gustan las cosas finas. ¿Para
qué soy bueno?, ¿qué quiere hablar conmigo? —dijo
Pablo—como lo llaman en Medellín, sin mencionar el apellido—
sin transición, hablando suave, pausado.
—Vengo a que hablemos de bisnes*—dijo la periodista mirándolo
a los ojos.
—¿Cuál bisnes, muchacha? —respondió el
hombre, mientras sus ojos se oscurecían.
—Del bisnes, del bisnes del negocio de la droga—insistió
la reportera
—¿Droga? ¿Bisnes? Usted está medio loca, porque
yo no sé de qué está hablando—expresó
Escobar, hablando en un tono mucho más alto.
—Bueno, estoy hablando del negocio de la droga del cual habla la
Embajada de Estados Unidos. Ellos dicen que vale más de dos mil
millones de dólares y que usted ha montado un cártel de
las drogas, que funciona como el cártel del petróleo. Que
es por eso que usted ingresó a la política para tratar de
legalizar el negocio en Colombia, ya que su cártel impone condiciones
de compra de las hojas de coca en Perú y Bolivia, y ha convertido
a Colombia en una enorme “cocina” para fabricar cocaína…—explicó
la periodista.
—Estoy hecho. Mi gente me recomienda que tenga una cita con usted
y yo la mando a traer en Mercedes Benz, la recibo en mi casa y usted viene
a insultarme. Aquí todo el que quiere aparecer en la prensa sólo
tiene que acusar al señor Pablo Escobar de algo malo y listo: sale
en las noticias, en la primera página de los periódicos.
Usted está repitiendo como una lorita todas las mentiras que dicen
los de la Embajada y el perro de El Espectador. Yo soy un caballero y
pensé que si usted era una buena periodista, yo podría hablar
con usted de mis proyectos, pero me resultó cagada—replicó
Escobar, parándose frente a la reportera.
—Don Pablo, si a usted no le gusta lo que dicen la Embajada de Estados
Unidos y don Guillermo Cano en El Espectador, dígame su propia
versión—dijo la periodista.
—Llámeme Pablo. A mí no me gusta para nada el con
don. Mi versión es que yo soy un hombre de negocios, con una buena
visión para hacer cualquier bisnes. Cuando estos caballeros no
ven nada, yo veo el negocio pulpito y por eso me va bien. Por eso hice
Medellín Sin Tugurios y les construí mil casas a los pobres.
Usted misma vió que cuando el perro de Diego Calle (el gerente
de Empresas Públicas de Medellín) no me quiso dar el permiso
para los servicios públicos, tuve que acudir al propio Concejo.
Soy así: directo y al grano. Yo tuve un negocio de bicicletas en
Carabobo y me fue muy bien, cuando apenas tenía 18 años;
luego a los 20 años, me pasé al negocio de carros y también
me fue bien. Ahora exporto flores y me va mejor. Es que los oligarcas
son unos envidiosos que cuando ven a los hijos de los pobres montando
un BMW, o un Mercedes, ya uno es pícaro, ladrón de carros
y trafica con droga—respondió Escobar, ya más tranquilo.
—¿Y qué clase de flores cultiva usted que le va tan
bien? ¿Dónde puedo verlas?, indagó la periodista.
—En otra oportunidad se las muestro. Como le digo, sobre mí
sólo dicen mentiras, en especial, los de de Bogotá —expresó
el capo con voz contenida.
—Mire, que cosa tan curiosa. En la Calle Carabobo, Mario, el del
Clemens, Gabriel, el de las revistas y El Gordo Héctor dicen que
usted no tuvo ningún negocio allá y/o por lo menos, ellos
no lo recuerdan. Pero en la Avenida Juan del Corral hay quienes aseguran
que usted no tuvo negocios de carros, sino que los robaba con Hugo Vago
—anotó la reportera.
—Eso lo dicen porque seguro que el perro de Monroy (Carlos Gustavo
Monroy Arenas), el del DAS los amenazó para que dijeran que yo
nunca tuve negocio en Carabobo y que yo robaba carros. ¿Usted si
ve como me persiguen…?—dijo Pablo, hablando quedito.
—¿Y porqué lo persiguen los de la Embajada, los de
El Espectador y Monroy, el del Das? —preguntó la reportera.
—Ya se lo dije, porque soy visionario y me va bien en los negocios,
en la política. En el Congreso ahora mismo estamos demostrando
que el ministro Lara Bonilla si recibió más de un millón
de pesos de Evaristo Porras, pero ustedes, los de la prensa, en lugar
de estar atacando a Lara por vendido, la emprendieron contra Evaristo,
contra los Ochoa, contra Lehder, contra mí. El perro de Guillermo
Cano está vendido a la Embajada de Estados Unidos y les publica
todas las mentiras que han inventado contra mí. Si yo fuera así
de bandido como ellos dicen, ¿usted si cree que la gente me quisiera
como me quieren en Medellín, en Rionegro, en Ríoclaro? Donde
quiera que voy todo el mundo me quiere—respondió el hijo
de don Abel Escobar y doña Ermilda Gaviria.
—Pero si la Embajada y El Espectador mienten y a los de Carabobo
y Juan del Corral, el DAS los obliga a mentir, ¿cuénteme
porqué don Abel, su papá no acepta su dinero? —preguntó
la reportera.
—Usted se me está volviendo faltona, pero le respondo. Lo
que pasa es que don Abelito Escobar es un hombre muy orgulloso, muy en
su punto. A mi padre no le gusta que nadie le regale nada, ni siquiera
sus hijos. Yo no sé que novela ustedes los periodistas se están
ahora inventando con Abelito, pero él es un hombre de honor. Un
hombre de palabra—replicó Escobar casi lívido.
—Entonces, puedo decir que de su padre usted aprendió a tener
palabra. Que por eso, para hacer un negocio con usted sólo hay
que darse un apretón de manos…—
—Simón. También le voy a decir lo que pienso que es
el gran secreto del éxito del bisnes del que usted habla: es que
el negocio da de uno a 500. Es decir, usted pone un pesito y se gana quinientos
pesos. No hay un negocio que rinda más. Yo como un empresario lo
veo así. Además, va a ser el primer negocio globalizado
del mundo, no hay manera de pararlo—afirmó el capo mirando
a la reportera a los ojos.
—¿Globa qué?—inquirió la periodista.
—Es que el mundo se va a globalizar. Todos los países van
a comprarse y a venderse. Creo que ni siquiera cuando legalicen la droga
podrán parar el negocio. Así pasó con el alcohol
en los Estados Unidos. Y si a los gringos les gusta darse en la cabeza,
no van a parar de soplar. Miami, Los Angeles, Nueva York están
llenas de gente de todas partes del mundo que negocia, pero eso no lo
ve la Embajada de Estados Unidos, ni la basura de (Guillermo) Cano, se
lo digo porque yo trabajo con gringos y tengo negocios en esas ciudades—explicó
Pablo.
—Su negocio se extiende hasta Nueva York y Los Angeles, pasando
por Miami…— comentó la reportera
—Sí, ya le dije que a mí me va muy bien con la exportación
de flores—anotó Pablo
—Por lo visto, muy exóticas—dijo la reportera con sorna.
—Imagínese, la gente se mata por ellas—replicó
Pablo en el mismo tono.
—¿Es cierto que cuando a usted alguien no cumple con su palabra,
o lo traiciona usted lo mata? —dijo la reportera.
—Mire, lo que pasa es la gente se pone faltona. Dicen que si, se
comprometen y luego, si te ví no me acuerdo. A aquí hay
mucho faltón que se quiere quedar con lo ajeno y así no
se vale. Hay que trabajar derecho, aunque se viva torcido—afirmó
mas que dijo “El Padrino” de la mafia colombiana.
—Pero matar a alguien por robarse algo es realmente horrible. ¿Es
por eso que todo aquel que le queda mal en un negocio, usted lo mata y
es por eso que usted ha creado un ejército de sicarios, entrenados
por comandos israelitas, conseguidos por El Gordo Israel, el judío
de Juan del Corral? — preguntó la reportera.
—Y déle con las matadas. M’hijita, a usted le metieron
el delirio de persecución contra mí. Yo soy un hombre pacífico,
amante de la naturaleza, de los animales, por eso tengo un zoológico,
el mejor de América Latina y muy pronto del mundo. Yo no tengo
sicarios. Lo que pasa es que un grupo de empresarios nos unimos para protegernos
de los grupos guerrilleros y para defenderse hay que tener armas. No nos
vamos a defender con oraciones al Niño Jesús y con estampitas
de la Virgen. Ahora, si uno se va a defender de los bandidos, de los guerrillos,
de tanto envidioso que quiere hacer daño; tenés que buscar
alguien que sepa defenderse y los israelitas tienen los mejores comandos—
dijo Pablo muy serio.
—Entonces es cierto que ustedes han creado unos grupos de autodefensa
y de sicarios, y nosotros, en este momento, estamos hablando del MAS,
Muerte a Secuestradores…—replicó la periodista.
—Yo estoy hablando de cómo nos tenemos que defender; de cómo
nos están secuestrando los hijos, las esposas, los padres, los
hermanos. Pero eso no lo ve el gobierno, ni la prensa de Bogotá.
Para ustedes los de El Tiempo, nosotros también somos bandidos,
cuando aquí los bandidos son los guerrillos, los ministros mentirosos,
a los que les gusta el billetico. Ustedes son aliados de El Espectador;
todos son unos traidores a la raza, unos vendepatrias—afirmó
Escobar, mostrando un montón de periódicos de El Tiempo
y El Espectador.
—¿Por qué no me muestra el resto de la casa? ¿Puedo
tomar fotos? —indagó la reportera.
—Ni riesgos. No puede tomar fotos. Pero venga entremos—dijo
Pablo, abriendo la enorme puerta de madera labrada, con incrustaciones
de bronce.
Por dentro, la casa es aún más espectacular que por fuera.
Pinturas y esculturas de los más conocidos artistas adornan el
recibidor, la biblioteca, la sala, el comedor y la cocina. El recibidor
es copia del recibidor del Palacio de en España. La sala es una
copia de la sala de la Casa Blanca y hay una foto de Escobar con su hijo
frente a la misma. El comedor es copia del comedor de Catalina La Grande,
en Rusia—incluyendo el árbol de oro y el búho que
da la hora. La biblioteca tiene muchos libros—incluyendo una copia
de El Padrino autografiada por el mismísimo Mario Puzzo.
—¿Es cierto que Don Corleone es su ídolo? ¿Es
verdad que usted quiere parecerse a él? —preguntó
la reportera.
—Yo lo admiro mucho, pero no puedo parecerme a él. Don Corleone
era mafioso y yo no lo soy. Ya le dije que soy un empresario honesto—fue
la tajante respuesta de Escobar.
—Don Corleone era un hombre modesto, amante de la familia, preocupado
por el bienestar de la sociedad en que vivía; creía en la
libre empresa, pero en el monopolio de su negocio; capaz de comprar a
los políticos y a los jueces, con amigos entre los periodistas…—comentó
la reportera.
—Pare el carro. Aquí el experto en “Padrinología”
soy yo. Don Corleone era un hombre con gran poder, por eso se entendía
con otros hombres poderosos— dijo Pablo muy agitado.
—Usted cree que ¿tiene o puede tener un poder como el de
Don Corleone? —indagó la periodista.
—Mire, a pesar de todos los ataques infundados de la prensa, a mi
me buscan los políticos, los banqueros, los dirigentes, los empresarios,
los líderes populares. Todos quieren conmigo. Para la gente yo
soy un ídolo que les da una casa, un mercado, un trabajo, soy un
político interesado en su pueblo. Si eso es poder, yo soy un hombre
poderoso—respondió Pablo, abriendo el libro y leyendo la
parte de la fiesta.
—Don Corleone quería que sus hijos fueran abogados, médicos,
que no tuvieran nada que ver con la Familia, pero el destino los volvió
capos y los llevó al mismo centro de la lucha por el poder de la
Mafia. ¿Pudiera ese ser el caso de su familia? — dijo la
reportera.
—Ni riesgos. Mis hijos no tienen nada que ver ni con la Mafia de
Estados Unidos, ni con la Mafia colombiana. Mi hijo juega con computadores,
arma rompecabezas, estudia inglés. Va a ser un gran empresario—afirmó
Pablo.
—Usted cree que a usted le puede pasar lo que a Don Corleone y que
algún día traten de matarlo—preguntó la periodista.
—No lo creo, estoy seguro que van a tratar de matarme. Como están
las cosas, en Medellín es difícil llegar a viejo. Pero yo
creo que yo sí voy a llegar a viejo. Cuando eso pase, me iré
a mi finca con mi esposa, a mi zoológico, a mis animales…—
—A qué le tiene miedo…—
—A misiá (su esposa) y a llegar a viejo. Los viejos se vuelven
blanditos—dijo mirando al vacío.
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