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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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“Los viajes del viento” ¿De
dónde viene ese diablo con su Daimon (el acordeónista) y
el vallenato con su Rey musical? Por Gabriel Jaime Caro (Gajaka) No
cabe duda, Colombia, y los otros países latinos del hemisferio,
desde la afortunada “Amores Perros” (México, 2000),
ha entrado a la nueva Era del cine verdad, nuestro grito cultural, entre
lo comercial y el documental, con la autoría fresca para la recreación,
ahora que Louis Malle desapareció, dejándonos sus escritos
tan cerebrales para el Séptimo arte. Y
es un ejemplo para las nuevas generaciones de cineastas en América
Latina, no cabe duda, repito, conociendo su trasunto y su buena crítica,
para dejar de lado la mala hora del cine latinoamericano, que padecio
de poder por falta de apoyo gubernamental. Argentina ha producido buen
cine sin tener industria en su país, y parece decirnos que el estilo
y el genio son exclusivos de ellos. Un documental con sabor a paraíso, el mismo que ha sido pisoteado por nuestros violentos, teniendo como fondo la Gran Sierra Nevada de Santa Marta y sus ciénagas y salinas de la Guajira. Con un cuadro nada raro de costumbres muy propias, su música, hoy universalizada. Sus propias lenguas (además de un buen español, Wayú, palenque bantú y Aruhaco), encantándonos y a la vez sintiendo la envidia propia de un ser lejano, amurallado, que ve en estos paisajes, la naturaleza que bien pronto desaparece por la vaguedad absurda de la ciudad y su petrificada realidad. Ciro decía hace poco en una entrevista que si hay un actor de cine profesional en el cine colombiano es el protagonista de su filme, porque estuvo trabajando con él por cuatro años. El filme trabaja con un par de personajes (Marciano Martínez y Yull Núñez) y una burrita hermosísima (perdonen la metonímia), en un viaje (un “road movie”) que incluye los del viento y la certeza de la claridad sonora, en un formato inmenso, el preciso para la fotografía y su direccional para el ojo crítico del espectador que siempre mira hacia el horizonte de la derecha en la pantalla. Allí aparece el título y los créditos casi borrados o manchados por el viento. Nunca estuvo tan equivocado el poeta Porfirio Barba Jacob (“El son del viento”): el viento asombrado, la voz que clama en el desierto. La
seguridad de un editor con la presencia maga de su director, en “Los
viajes…”, de aquí para allá vemos a Van Gogh,
Pasolini con sus presencias, el rostro psiquiátrica del acordeonista,
y el fervor de su acompañante. No hay nada más emocionante
que entrar en el mundo de lo relacionable y dejar su huella sin detenerse
en su solo artificio de comparación. Y un final de asombro espiritual. Qué la Costa Atlántica vuelva a ser el paraíso mutante que siempre ha sido y que los violentos que descarguen su atómico pudor y verbo de fundamentalistas, y pueblen el suelo de millones de discursos funambulescos. Algunos cinéfilos la consideran muy lenta, otros que no gustan del vallenato (que tal la puya que se interpreta), prevenidos, casi no disfrutan de ella, si el cine es femenino. Por su fotografía la catalogan buena, yo digo, aunque ya lo profeticé; que sería el mejor cineasta colombiano, después de haber visto “La sombra del caminante”, y con este retrato de sus orígenes, un poco prematuro, basta para esperar futuros logros con otros script. Oí decir, por último, a un parejo, a su pareja, “mija, perdimos plata y tiempo con esta guevonada”. Refiriéndose a la película en una sala comercial… Y yo pensando en los premios que va ha recibir por su calidad.
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