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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
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Los
pechos desamparados de Ana Mazo La señora Mazo entró en la catedral, rasgó su vestido y dejó al descubierto sus pechos envejecidos. Levantó los brazos y en medio de un grito dijo: —No te alabaré más, este pecho no te clamará nunca más. Caminó hasta la salida, y sin mirar atrás, se marchó. …Debe estar loca, pensé. Algo le quedó debiendo Dios. Él siempre nos queda debiendo algo, porque siempre estamos pidiendo más de lo que merecemos. Vi cómo sus pechos colgaban, estirados y pesados. ¿Podían importarle a Dios sus pechos? Con golpear cerca del corazón hubiera tenido. Cuando habló, no dijo: estos pechos no te clamaran nunca más. Sólo dijo: este pecho. Con la camisa cerrada y un golpe, hubiera sido suficiente. ¿Qué tendría que ver “no te alabaré más”? Hasta donde sé, y me lo ha permitido mi experiencia en las iglesias, a Dios no se le alaba con la camisa abierta, pero sí es un insulto mostrase desnudo. Entonces, sí quería ofenderlo. Pero… ¿Tenía que hacerlo justo frente a la puerta de la sacristía? Mayor hubiera sido la ofensa en el centro, frente al altar o al lado donde está “El Santísimo”. No se espera que un evento así suceda en las Iglesias, ni siquiera yo, que no estaba precisamente para orar. Esperaba a Lucy que había iniciado su recorrido de retorno al mundo de la caridad, pensando en purgar con dinero cuarenta y ocho años de anorexia espiritual. Sin embargo la única sorprendida fui yo. Cuando la vi, abrí la boca y me llevé las manos a la cara, por poco salgo corriendo. Mi vecina más próxima, una anciana, sin levantar la cabeza, dijo: —Ya era tiempo. ¿Ya era tiempo de qué? ¿Será que todos al final llegamos a renegar y a exhibir nuestra frustración así? Debía de ser nuevo, de eso no estaba enterada. Bueno, la verdad soy bastante despistada y doy muchas vueltas para poder comprender las cosas, aunque sea basada en un error. Mi vecina, la anciana, siguió con la cabeza agachada y movía su camándula, levantaba un poco la vista y cerraba de nuevo los ojos. Ésta no me dirá más, pensé. Y de nuevo miré el lugar donde se paró la mujer a gritar, entendí que la ofensa no podía ser sólo para su Dios, detrás de la puerta de la sacristía estaba el padre Emilio, el insulto debía de ser para todos. No me pareció extraño, a los creyentes les da mucha dificultad diferenciar su fe de quienes la promueven. Si se insulta a uno, se insulta al Otro. La mujer salió caminando, se abotonaba sin prisa. Debía de estar muy enojada y a la vez haber perdido tanto, que no le importaba perder su dignidad... Esos son algunos de los pensamientos a los que acudo por la necesidad de respuestas. Todos se quedaron quietos en sus oraciones, esperando la misa que iniciaría pronto. La única que volteó a verla salir fui yo. El padre Emilio, no salió al momento de escuchar los gritos, lo hizo cuando ella estaba afuera; fue ahí cuando supe el apellido de la señora, porque él la llamó: — ¡Señora Mazo! ¿Hasta cuándo, hasta cuándo? Y, ¿ustedes por qué la dejan?, debieron avisarme. Entre el “ustedes” estaba yo. Nadie le respondió, parece que él tampoco esperaba ninguna respuesta, porque la última palabra la dijo caminando de regreso a la sacristía. Me quedé pensando en: “Y, ¿ustedes por qué la dejan?, debieron avisarme”. ¿Cómo le iban a avisar? ¿Ellos podían saber lo que la Señora Mazo iba a hacer?... Claro, claro que sí, por eso la anciana dijo: “ya era tiempo.” Todos sabían qué iba a pasar. Entonces, ¿estaban de acuerdo con ella, la apoyaban y por eso se quedaron callados?, ¿sería una manifestación en grupo y la escogieron para que lo hiciera en sus nombres? No, eso no era, el motivo parecía personal, me convencía más la teoría de que todos supieran qué iba a hacer, aunque no estuvieran de acuerdo. Definitivamente quería saber qué pasaba y, como al final deduje que mi vecina sabía todo, decidí preguntarle. Intenté decirle señora, pero en ese momento mi voz se enredó, sólo emitió un ruido; algo estaba atorado, creo que el espanto, no, más bien la sorpresa. Carraspee y me quedé mirándola, ella seguía con sus ojos cerrados; volví a carraspear y me acomodé en la silla, tampoco los abrió. Me decidí por el monólogo en voz alta: — ¡Ay qué pena con el padre, qué cosas las que se ven en estos tiempos! Después de decirlo, me quedé mirando al frente. La verdad, yo no tenía ninguna pena, cosas peorcitas había visto; pero también sabía que las palabras “en estos tiempos”, tan usadas por los ancianos, llamarían su atención, y así fue. La anciana, en la misma postura y actitud, habló: —Usted no es de aquí, ¿verdad? —No, no señora. —Con razón le da pena. Él siempre nos regaña, aunque también sabía que ella iba a venir. Lleva haciéndolo más de veinte años, siempre el mismo día de cada mes y en la misma misa. Para nosotros no es raro, y demás que para él tampoco, pero tiene que reaccionar de alguna manera, ¿no ve que es a él al que le dice todo eso? — ¡A él! Pero, ¿qué fue lo que le hizo? —Él, nada. No ve como es de joven, es que ella lo confunde con otro. Aquí ya nos acostumbramos a las locuras de Ana. — ¿Cómo así? ¿Y es que está loca? La
anciana, con la cabeza agachada, sacó un pañuelo del bolsillo,
se limpió …Y lo que al principio me alarmó, terminó por enquistarse en mi memoria como la evidencia de un dolor remoto, de esos que ni la muerte logra aliviar. Emperatriz
Muñoz Pérez
Enviado
por: Johanna Marcela Rozo Enciso |
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