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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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Carta
a una amiga uribista
Por otra parte, en la cruenta, absurda, degradada y repugnante guerra de nuestra nación, ninguno de los bandos enfrentados ha logrado someter definitivamente al otro. Entre tanto, los combatientes de todos los ejércitos siguen bañando de sangre el país. Y han terminado produciendo una de las mayores catástrofes humanitarias del mundo contemporáneo.
Miremos algunos ejemplos. La guerrilla condena las ejecuciones extrajudiciales, pero calla sobre las atrocidades del secuestro. Los paramilitares protestan por el uso de las armas no convencionales (campos minados), pero nada dicen sobre las orgías de sangre que llevan a cabo con sus motosierras en los pueblos campesinos. El gobierno pone el grito en el cielo por el secuestro, pero ha protegido a los funcionarios estatales que han llevado a cabo (administrativa y militarmente) los deleznables “falsos positivos”. No, querida amiga, se equivoca quien crea que hay héroes en la guerra de nuestro país. Durante décadas, los distintos ejércitos colombianos han albergado entre sus integrantes y dirigentes a auténticos criminales.
Pero sobre todo, no se acabará jamás porque los bandos tienen garantizada su financiación a través del exorbitante y lucrativo negocio de las drogas; todos reciben dinero de éste, de un modo u otro: quienes trafican y quienes dicen combatirlo. Dicho sea de paso, el esquema de la “prohibición” no ha hecho más que optimizar las ganancias del narcotráfico (del mismo modo en que lo hizo con el alcohol en Estados Unidos durante la década de los años 20 y 30, hasta que, con la legalización, acabaron por fin con la mafia siciliana). El problema de la droga tendría que ser manejado de una manera más eficaz y menos sangrienta.
Espero que tarde o temprano haya una verdadera negociación política de esta guerra, que es como un grifo abierto de sangre y dolor. Ojalá no tarde demasiado, pues demorar dicha negociación no hará más que incrementar las ya catastróficas cantidades de seres humanos muertos. A nuestro país le urge asumir y construir, de modo indeclinable, una salida política al atroz conflicto que padecemos hace ya demasiadas décadas.
Porque el origen
de la guerra colombiana está en las profundas inequidades sociales
que tenemos, las cuales pueden ser constatadas con sólo recorrer
Agua Blanca, Siloé, Ciudad Bolívar, las comunas de Medellín,
o cualquiera de los cinturones de miseria que cercan nuestras ciudades.
No podemos, querida amiga, creernos aquella cínica frase: “la
culpa de la pobreza la tienen los pobres”. Si seguimos hablando
así estamos tomando partido, directa o indirectamente, por la
guerra. No creo en la llamada “paz de tierra arrasada” sino
en la que llega a una nación que logra consolidar su democracia;
es decir, que fortalece sus instituciones y elimina la miseria. |
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