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Las sombrías e inciertas perspectivas del desenlace de la crisis económica de 2008

Aurelio Suárez Montoya


En las dos últimas décadas, Estados Unidos controló los salarios dentro de su propio territorio, los elevó por debajo de la productividad, y envileció el trabajo para incrementar las ganancias del capital. Se estableció un “infierno laboral” con aberraciones como tener veinte millones de personas en calidad de “efectivos laborales justo a tiempo” (para ser llamados en cualquier momento a realizar trabajos temporales) o en desplazar cuatro millones de puestos de trabajo a otros países, a las maquilas. La consecuencia social, utilizando un calificativo en boga, fue el aumento de la población subprime. Para la economía significó una reducción de la demanda efectiva y del consumo de bienes, empezando por viviendas y automóviles, y, por ende, un exceso de acumulación de mercancías.


Simultáneamente, el alza de los gastos de los hogares en rubros básicos como alimentos, combustibles, educación, salud y seguridad social, por sus elevados incrementos, mermó el ingreso familiar disponible. Al final, se gestó una crisis de superproducción. Se interrumpió el circuito de compra y venta y con él también se entorpeció el de circulación del dinero.


La estrategia complementaria, para incrementar la tasa de ganancia global, fue desplazar a la periferia, y en particular hacia China, los procesos industriales de las ramas más intensivas en mano de obra. Inicialmente, arrojó enormes beneficios pero en los últimos cinco años llevó a un efecto contrario al que se perseguía. La tasa de salarios, contrario a lo acaecido en Norteamérica, ha subido por encima de la productividad, impulsada por las limitaciones de la oferta de mano de obra calificada en la manufactura, repercutiendo en la apropiación de una menor plusvalía y reduciendo la contribución marginal al beneficio máximo buscado. Los avatares sucedidos en la nueva división planetaria del trabajo, diseñada como “superexplotación en el Sur y desempleo en el Norte”, fueron razón esencial para el infarto de Wall Street en 2008.


¿Qué planea ahora el gran capital? Ha puesto en ejecución ciertos planes como reubicar instalaciones fabriles hacia el interior de China, en busca de nueva oferta laboral a costos menores, lo mismo que a Vietnam o a India; o promover a escala mundial la deflación de los salarios, imponer “más flexibilización” laboral, eliminar los “sobrecostos” o compensaciones adicionales en la nómina y barrer con los estándares mínimos de remuneración. Todas esas propuestas, algunas de las cuales ya están enarbolando en Colombia agencias del pensamiento neoliberal como Fedesarrollo o el gerente del Banco de las República, J. Uribe, están encaminadas a revertir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, sin lo cual no es posible afianzar una verdadera recuperación del capital, y están dirigidas a descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y los desposeídos del mundo. En el mismo sentido debe entenderse la cruzada económica, política y militar emprendida hacia el África –con la fachada de una enseña benefactora– para su “integración” al mercado global. En ese Continente parece concentrarse la búsqueda de un nuevo surtidor de plusvalía y de lucro, de “talentos inexplorados”, como dijera Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial. En cuanto los obreros norteamericanos no parece que siquiera un aumento en la cobertura y en el acceso a los planes de salud fuera a concedérseles. De parte del comercio, Estados Unidos se encuentra en un dilema mayor: por un lado, necesita patrocinar las ramas más vulnerables, para lo cual ha incrementado las enormes protecciones que les tiene extendidas, como incentivos fiscales decretados a favor de los sectores que utilicen como insumos el hierro y el acero norteamericanos y las operaciones de salvamento a la industria automotriz, lo que han bautizado como la política de buy american; y, por el otro, exige el más expandido mercado global posible tanto para colocar a buenos precios excedentes agrícolas, productos farmacéuticos y armas y equipos de seguridad y defensa, así como para las habilidosas maniobras de su sector financiero en la exportación e importación de capitales. Es incierto si en medio del colapso económico, el Tío Sam pueda restablecer los ventajosos mecanismos que tiene predispuestos en las cláusulas de la OMC o del ALCA o de los tratados bilaterales de libre comercio, inclusive por las fuertes resistencias que a ellos les oponen vastos sectores de la propia sociedad norteamericana. Está vigente la preocupación del anterior presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, en 2005: “Plena globalización no sería posible”.


En cuanto a la política económica estadounidense, sus metas prioritarias en los últimos 35 años, amén de soportar sus acciones bélicas, ha consistido en enjuagar el déficit de las cuentas externas del país, especialmente las comerciales, colocando diferentes modalidades de bonos del Tesoro, cuya expedición ya suma más de seis billones, y financiando su cuenta de capital a costo cero merced a la recurrente conversión del ahorro mundial en dólares. Lo anterior no ha sido óbice para que además las autoridades hayan adelantado una política monetaria expansiva en aras de preservar a cualquier importe una posición mercantil competitiva, emitiendo las cantidades de dinero suficientes para esto. El costo del beneficio de esa política es el déficit fiscal. Desde 1970 hasta la fecha, con excepción del periodo entre 1998 y 2001, se ha registrado un faltante permanente en las cuentas presupuestales federales.


En adelante, seguir viviendo del resto del mundo puede tener términos perentorios para la presente política fiscal de Estados Unidos. En primer lugar, hay un límite superior al nivel de endeudamiento, que ya alcanza casi al 75% del PIB, y que lo hace ostentar el primer lugar entre los países deudores del mundo. En segundo lugar, el recurso de emisión, que apenas en los últimos meses de 2008 sumó 600 mil millones de dólares, está generando una fuerte reacción de los ahorradores en dicha moneda, que ven desvalorizar sus reservas. Las reiteradas admoniciones sobre esa conducta laxa, que ha hecho el gobernador del Banco del Pueblo de China y otras autoridades y analistas, al advertir sobre el exceso de consumo norteamericano financiado con emisión, y sugerir una nueva moneda para el sistema internacional, expresan una claro ultimátum para los abusos norteamericanos al respecto. Estas limitaciones fiscales le cierran los grados de libertad y de maniobra a la intervención del Estado para poner a flote la economía.


Las dificultades aquí expuestas, para relanzar la globalización, impelen a Estados Unidos a promoverla de otra manera, un Plan B, espoleada a “las malas”, con la guerra. La superpotencia cuenta con un complejo militar industrial al que pertenece, directa o indirectamente, cerca del 85% de su aparato manufacturero. Boeing produce más aviones de guerra que comerciales y General Electric tantos o más motores para bombarderos. Los contratos estatales han formado una “máquina de guerra”, respaldada con más de 700 bases militares regadas por todo el orbe. Esto, junto con el predominio mundial del dólar, son las fortalezas reales que le quedan a la organización económica de Estados Unidos. La implantación de mayores formas de presencia militar, incluidas los nuevos siete dispositivos en Colombia, los movimientos más agresivos en Medio Oriente, la avanzada militar en África y el despliegue constante de todos sus comandos a escala global denotan a las claras el derrotero. Debe echar mano de medios extraeconómicos para conservar
su hegemonía, “a confiar más en el músculo militar”.


Es evidente que Estados Unidos tiene restricciones para reanimar con rapidez la tasa de ganancia con plusvalía fresca; que también debe dejar transcurrir un buen tiempo mientras se reducen los arrumes de inventarios de mercancías de todo tipo; que necesita proteger algunas de sus ramas productivas pero requiere el “libre comercio” global para otras; que está aplicando la intervención del Estado para destrabar los circuitos obstruidos pero que la comunidad internacional le ha fijado márgenes de acción muy estrechos; que necesita regular al sector financiero pero no tiene más destino para los excedentes de capital que las burbujas. Por encima de todo, este trance debe superarlo sin que se desintegre la sociedad norteamericana hondamente fracturada, lo que es el reto político histórico de Barack Obama, el “unificador”.


Los grandes conflictos -que Estados Unidos padece- siguen erosionando las bases de su inmensa capacidad para apropiarse de esferas de influencia, de mercados para sus mercancías y capitales, de fuentes de materias primas y de energía y de nuevos surtidores de mano de obra barata, pero por sí solos no harán que el Imperio se derrumbe, lo cual no ocurrirá sin que alguien lo propicie. No obstante, en perspectiva, las confrontaciones con otros poderes, entre los que


Henry Kissinger ha incluido a China e India, además de los reconocidos, Europa, Rusia y Japón, sumadas a los propios problemas, que a veces parecen insolubles, precipitarán sin duda la ruina de monopolios financieros y dentro de sus cenizas emergerá un nuevo orden.
Estados Unidos habrá sido más víctima que ganador de su propia globalización. El final dependerá de si las contradicciones internas hacen implosión y harán desaparecer las externas o si estas últimas violentarán la explosión de las primeras.

 
     
 
PERFIL AURELIO SUÁREZ MONTOYA

Por Santiago Espinoza

Apoyado en la realidad, nutre con cifras sus convicciones de ayudar a construir una mejor ciudad.

Desgarbado, flaco y locuaz, aparece casi por lo general en medio de los debates al TLC. En las universidades, en los foros gremiales o en los salones del Congreso, comenzó a sonar este conferencista de 1,71 de estatura, modelo 1953, que oculta el insomnio tras unas enormes gafas de investigador. No de ahora, dicen quienes lo conocen, sino desde siempre, tan pronto le dan la palabra en cualquier recinto, es como si entrara una aplanadora: con su discurso pausado y combativo a la vez, le bastan entre 15 y 20 minutos para convertir cualquier audiencia en un mitin contra el libre comercio. Y no es para menos: maneja cifras más actualizadas que el gobierno; al power point de los tecnócratas opone un uso cuidadoso del castellano y le basta un chiste para mostrar que las tesis neutras y sonoras a favor del tratado, son en realidad –según él- un maremagno de contradicciones.

Ministros y especialistas han tenido que padecerlo. ¿Quién es ese tipo? Se preguntaban mientras sacaban los portátiles para verificar las cifras o esperaban en los celulares una llamada salvadora. ¿De dónde salió este tal Aurelio Suárez? Fue entonces cuando tuvieron que recordar los años universitario, aquellos 70 cuando el mayo del 68 francés se vivió en las aulas de la Universidad de los Andes. Aurelio, el entonces estudiante de Ingeniería Industrial, fue una de las cabezas de aquella revuelta que, entre la música de Janis Joplin y las ideas de Mao Tse Tung transformó para siempre la vida universitaria.

Fue allí donde comenzó su carrera política, cuando se sumó al partido que ocupa ya 35 años de su existencia, el MOIR, y cuando conoció a la sombra tutelar que ha seguido rondando, con plena persistencia, todos los actos de su vida madura: Francisco Mosquera, el fundador al que le debe, en sus propias palabras, el hecho de haberse convertido en un "constante indagador de la realidad", en un hombre que, como el salmón, tiene la profesión de la contracorriente.

De aquellos años en los Andes le quedó a Aurelio la que ha sido su eterna pareja: la política, pero también le quedó la presencia irremplazable de su mejor amigo, el Senador Jorge Enrique Robledo. Hombro a hombro lideraron la revuelta, cuando a Aurelio lo echaron de la casa –era los tiempos cuando la izquierda era el sinónimo del diablo-, se fue a vivir a casa de Robledo, y como la plata no alcanzaba, tuvieron que partir los panes y los huevos, para desayunar los dos frente a un solo plato. En el momento que acabaron sus carreras, el MOIR ordenó a sus cuadros partir para la provincia en la llamada política de "los pies descalzos". Robledo se fue a Manizales; Aurelio, a Pereira, y mientras investigaban el café, viviendo y sufriendo al lado de los campesinos, se volvieron catedráticos universitarios y conformaron la agremiación que hoy sopesa las políticas de la Federación de Cafeteros: Unidad Cafetera. Los dos, cada cual por su cuenta pero en las mismas correrías de la política, conocieron buena parte del país, 40 países del mundo, y se volvieron la voz visible de unos agricultores que eligieron a Aurelio en 1994 Diputado de Risaralda, y a Robledo, más tarde, Senador de la República. Hablar del uno es hablar del otro, hasta confiesa Aurelio, en una anécdota que ilumina aquella vida compartida: "como tenemos la misma estatura, hasta nos casamos con el mismo vestido".

Después de tantos años de resistencia civil, Aurelio, para conformar el Polo Democrático Alternativo, dirigir la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria y apoyar la Red Contra el ALCA y el TLC (RECALCA) se devolvió al frío y a los afanes bogotanos. Carlos Gaviria, desde cuando lo vio hablando por primera vez, tradujo esa admiración mutua en trabajo político y lo nombró su asesor de campaña. En la capital se re-encontró con sus amigos y detractores, dice: "cuando me metí en esto hubo gente que me dijo que estaba botando mi vida. Creo que hoy puedo demostrarles lo contrario". Y ahí se le ve, en los cafés o en los auditorios, discutiendo, explicando modelos económicos en los reveces de las servilletas; agitando las manos como si machacara los argumentos con el filo de las palmas. Tiene una memoria tan prodigiosa para los nombres y las cifras, que no tiene que envidiarle nada a una de sus grandes pasiones, las novelas de Balzac. También es un hombre que, como buen marxista, entiende la relación inseparable entre la teoría y la práctica. De ahí que inmiscuya la política en todos sus asuntos, hasta para explicar las derrotas deportivas de su querido Millonarios. Algunos lo han apodado el "polemista", y sobre esto responde: "se quejan porque decimos a todo que no. Pero yo les pregunto hoy: ¿a qué cosa se le puede decir que sí?".

De esta insatisfacción por la situación actual, como resultado de muchos años de trabajo político, investigación académica, Aurelio lanzó su candidatura para el Concejo de Bogotá, apadrinado por el amigo que lo ha acompañado en todas sus batallas, Jorge Enrique Robledo. "Mi propuesta es ir en contra del modelo neoliberal. Mostrar que Bogotá no es la 'ciudad bonita', que es una ciudad fragmentada entre algunos pocos que se llevan los beneficios, y la gran mayoría que los padece. Aquí el problema principal no es la movilidad, es la movilidad social: estamos en una ciudad donde el que nace pobre, muere pobre, y eso es lo peor que le puede pasar a una ciudad". Así argumenta, con la vehemencia y la precisión del que ha entregado su vida a la política y su voz a los que no la tienen.

El último libro
Aurelio ha escrito cinco libros de Economía Política. El último, El modelo agrícola colombiano y los alimentos en la globalización, fue el título de su género que más se vendió en la última Feria del Libro.
 
     
     
 
 
     
     
 
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