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En
Colombia Gardeazábales
Por: Francisco Amín
Varias herencias me dejó mi amigo, el escritor huilense Antonio Palomar Avilés, una de ellas es el recuerdo del dialogo con su pequeña hija de cinco años, una de las niñas más hermosas que he visto en la vida y otra, la ya larga y luchada amistad con el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal.
En el curso de Literatura Colombiana, de la Facultad de Ciencias de la Educación en la Universidad La Gran Colombia de Bogotá, los estudiantes debíamos escoger la vida y la obra de un autor para estudiarla a fondo… yo escogí dos, a José María Vargas Vila y al escritor de Tuluá. A éste siempre se le mencionaba por su novela Cóndores no entierran todos los días, pero yo preferí leer El Titiritero, que narra la situación de la comunidad universitaria y los avatares de la juventud en sus complejos movimientos estudiantiles en el Valle.
Me llamó la atención la sinceridad del escritor en el tratamiento del tema, pues era cercano a nuestras vivencias como participantes en una serie de eventos que aunque parecía que no tenían pie ni cabeza, nos movían a participar, marchar, arengar y a criticar lo que fuera, porque sí o ¿por qué no?. De mis conclusiones de aquellos estudios universitarios me quedó claro que Vargas Vila y Gardeazábal son los dos autores colombianos que han tratado, con gran acierto y lucidez, la esencia de lo que somos o hemos tratado de ser como nación, y los dos, cada cual en su momento, se convirtieron en una piedra en el zapato de quienes se incomodan con la agudeza de sus criticas.
En una reunión donde Don Benito, celebrábamos el Premio que había ganado “Raspa” en España y donde Antonio aprovechó para contarnos cómo había escapado de sus secuestradores de las FARC y el ELN,(que según él, en esa época trabajaban unidos)robándoles un caballo y huyendo a través de la cordillera. Aproveché para contarle al grupo de entusiastas lectores de todo lo que nos llegara a las manos, que acababa de leer la novela de Gustavo y lo hice con tanto entusiasmo, que cuando terminé la intervención Antonio me preguntó si deseaba escribirle al autor. Al día siguiente muy temprano, llegó a la universidad como un jinete del oeste, cabalgando en una yegua de paso, me entregó la dirección de Gardeazábal, le escribí y me respondió la carta. Desde entonces hemos seguido el dialogo a partir de sus lacónicas notas para las que saca tiempo de entre sus mil sin cuenta actividades, y seguimos encontrándonos en sus viajes cada vez menos ocasionales a Bogotá.
De Gustavo me asombra su capacidad para analizar la situación nacional y expresarla con sencillez y sabiduría, por compleja que parezca. Siempre agrega a sus análisis cierta sinceridad demoledora… Cuando decidió apartarse momentáneamente de la literatura para dedicarse a gobernar, aplicó ese criterio y desató la furia de sus adversarios que se unieron para cerrarle el paso utilizando contra él todas las formas de lucha.
En este momento histórico Gustavo Álvarez Gardeazábal, sería la única persona capaz de plantear una campaña inteligente con posibilidades de triunfo ante la aplanadora uribista, agregaría además un ingrediente al debate: la creatividad.
Alguna vez asistimos con Antonio Palomar a un encuentro chispeante entre Marco Tulio Aguilera Garramuño, José Donoso y Álvarez Gardeazábal, en ese periodo del cierre del llamado Boom latinoamericano, cuando los escritores se encontraban para intercambiar ideas, mover opiniones, controvertir posiciones y para construir con argumentaciones solidas; estábamos todavía muy lejos del celular y la internet, que hoy se utilizan, lamentablemente en forma exagerada y grosera para falsear, agredir, mentir y destruir al que sea en la comunidad de escritores y escritoras colombianas.
Gustavo es caso aparte: solidario y luchador de todas las causas constructivas. Nunca ha escrito un verso, según me expresó alguna vez, pero su obra de algún modo se construye con esencia poética y gracias a esa atmósfera el Maestro Francisco Norden, logró revelar para el cine latinoamericano en su largometraje Cóndores, una de nuestras mejores obras por partida doble.
Otro hecho que habla de su agudeza y condiciones ejecutivas, es lo sucedido con Luis Alfredo Garavito Cubillos quien le dio 12 veces la vuelta a Colombia, se paseó por siete departamentos, asesinó y violó por lo menos a 300 niños y Álvarez Gardeazábal como alcalde de Tulúa estuvo a punto de atraparlo, fue la única persona a la que se le ocurrió un plan específico para detenerlo…
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