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SE DESHICIERON

Por: Renandarío Arango

La noche de Lunes había pasado.
La mañana vino acaballándose sobre los remalazos del insomnio, que apenas había dejado dormir. La somnolencia se acogía al descanzo obligatorio para reencontrar el impulso a lo que se hiciera ese día, donde sin quererlo mis cámaras descansarían.

La hora no tenía la importancia de citas obligatorias, el día me pertenecía.

Sin despertar del todo, malvivía dentro de una constante vibración que abatía desde abajo como un murmullo, llenando un espacio del tiempo dentro del silencio, la dejadez de la inacción daba justo para ir apenas concientizando vida.

El mundo se quedó quieto y mudo en un instante.

Desde un silencio denzo, comenzó un agudo ulular de sirenas que arrullaron el viento con persisitencia de llanto inutil. Se repetían desde una y otra parte colmando calles y avenidas, como buscando el eco de ellas mismas; con su insitencia, la vida comenzó un agite de aires agoreros que exigían a todos estar despiertos.

Los ruidos, muchos, se incrementaron.

Nadie podía cubrir el inmenso vacío de las dudas y del miedo.
Desde el sotto voce, murmullos y rumores se impusieron en cada ámbito, desplegando gritos y lamentos en ahogar de llantos que se los fue llevando el viento, iban transpotando en cada uno las malas nuevas cuando desde un vuelo, y después el otro, y ya entre dos, desde el bajo Manhattan comenzó el infierno, en donde un Wall Street restando números capitalizaba muertos.

Las imágenes, desde pantallas, y para todos, se multiplicaron rebosando espacios y rompiendo la urdimbre del hilo de rutinas inconclusas. Sobrevolaron el área otros que tras las nuevas, se hacían eco multiplicando la información en la cadena de los hechos, con la recia incertidumbre de no saberse ciertos. Sin respuesta en ese día quedaron las mil y una preguntas que desde allí se hicieron.

Suposiciones y cavilaciones emergieron sin tardanzas ni recatos… en un abrir y cerrar de ojos, una de las torres despedía el humo que preanunciaba que desde el tope venía su descenso. Ahora, después del tiempo, nos dicen que algunos de ellos ya lo sabían,- ¿Quienes fueron?- otros lo presentían, pero lo ignoraron desde siempre los que fallecieron.

A nueve meses de comenzado el siglo, nadie creyó que desde el aire la vulnerabilidad se esparcería como dos grandes antorchas vomitando fuego. Y la otra torre que perecía muda, ante otro impacto se fue cayendo; en una implosión interna, según los técnicos, todos los ciento once pisos de cada una, en la mañana de ese martes once de Septiembre… se deshicieron.

 
 
 
 
 
     
     
 
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