La
extraña muerte del poeta Berdella
Por
Adlai Stevenson Samper
http://www.elheraldo.co/node/44647
Era la noche del 18 de agosto de 1988 en el barrio San Antonio, de Cali.
El escritor cordobés Leopoldo Berdella de la Espriella estaba inmensamente
feliz celebrando la obtención de una beca literaria para escribir
una novela, otorgada por Colcultura, el instituto antecesor del Ministerio
del mismo nombre.
Qué más quería para esa escena de jolgorio: había
ganado cinco años antes el premio de literatura infantil Enka,
con el relato Juan Sábalo, inspirado en los manglares y leyendas
del lejano río Sinú de su Cereté natal.
Dirigía
en la Universidad Libre de Cali un taller de literatura conjuntamente
con Harold Kremmer y a la sazón ocupaba la dirección del
Instituto Departamental de Bellas Artes, de esa misma ciudad.
Razones para estar contento con el mundo no le faltaban. Un escritor con
una carrera fulgurante que incluía su paso por Montería
con el grupo El Túnel, después una especie de secretario
personal de David Sánchez Juliao en su estancia en Barranquilla;
y posteriormente en su rol de profesor universitario en diversas ciudades.
Celebraba
esa noche, pues, sus triunfos. En una especie de atmósfera bohemia
cotidiana que bien describe Leonardo Berdella Guzmán, uno de los
hijos del escritor: “Y es que una de las cosas que continúa
impresionándome es el recuerdo de la atmósfera artística
que experimenté en esa Cali ochentera y bohemia.
La casa alta del tradicional barrio San Antonio, al pie de la loma, era
el punto obligado de pintores, escritores, músicos y toda clase
de tertulianos que se reunían alrededor del ron blanco y de una
guitarra. Armado de una libreta Jean Book que contenía letras de
canciones y parte de las lecciones que había tomado con Lázaro
Montealegre, mi padre tocaba y cantaba para sus amigos; disertaba con
ellos sobre arte, sobre tal libro o autor, sobre las obsesiones de cada
uno y de todos a la vez”.
Así que esa última noche del 18 de agosto de 1988, había
motivos de sobra para celebrar. Con el dinero del premio se dedicaría
a escribir en New York una novela sobre la vida de los colombianos en
la capital del mundo. Por ello, las coordenadas del encuentro celebratorio
empezaron a correr y muy pronto, su casa del barrio San Antonio se llenó
de los alegres integrantes de la cultura caleña. A cantar, a beber,
a soñar con otros mundos. A la medida que crecía la euforia
de las copas, subían los gritos y discusiones. Después se
oyó una detonación cayendo Berdella al piso con un tiro
en la cabeza, entre los gritos de terror de los asistentes.
Versión de Harold Alvarado
Para el poeta Alvarado Tenorio -contrariando las versiones que señalan
un suicidio- se trató de un homicidio, producto de las naturales
envidias que se dan silvestres como la verdolaga entre poetas y escritores;
y que fue hábilmente camuflado por las vinculaciones políticas
de la persona que accionó el arma. Alvarado no dice su nombre pero
da dos precisas claves sobre su identificación: se trataba de un
guardaespaldas de la Unión Patriótica “que había
llegado haciendo alardes con su arma de fuego, siendo reprendido por el
escritor”.
Sin embargo, Alvarado le otorga el beneficio de la duda a la tesis del
homicidio, al indicar, como también lo señalan otras versiones,
que tras la reprimenda de Berdella de la Espriella al guardaespaldas,
le había quitado el arma “exigiéndole que extrajera
la munición y la escondiera.
Pero
la acalorada discusión del fanático de todas las formas
de lucha y cerril admirador de las guerrillas de Pablo Catatumbo hizo,
según reposa en los anales de la época, que el escritor
le arrebatara el arma y amenazara, mientras oía vallenatos y porros,
con pegarse un tiro”. Desde esa perspectiva, cumplió el reto,
matándose.
La segunda tesis de Alvarado sobre la muerte de Berdella, a la cual se
aferra con argumentos sólidos producto de la escucha de varias
versiones (¿quizá de alguno de los asistentes al convite
de celebración?) señala “que el exaltado fanático
en su demencia alcohólica, digna de su admirado poetastro que da
botella a todo el mundo, le puso el arma en la sien y demencialmente disparó”.
La
muerte disolvió la fiesta en un espantoso llanto.
La versión del hijo
El hijo del escritor, a la sazón con 10 años de edad en
los momentos de la tragedia, es producto de su primera unión conyugal.
Tras terminar sus estudios primarios, llegó a Cali, a vivir en
la casa de su padre con Lucy, la esposa de Berdella, ciudad en la que
pasó, según recuerda “un largo e inolvidable año”.
Acostumbrado a los jolgorios de los amigos de su padre, la noche del 18
de agosto de 1988 se fue a dormir como era su costumbre de niño.
Ahora, tiempo después, cuando es adulto y ostenta el mismo oficio
de escritor que su padre, recuerda con claridad el episodio: “Precisamente
una de esas noches culminó de manera diferente: su animador principal
no amaneció con ella. Es triste recordar que todo aquello sucedió
a escasos dos o tres metros de donde yo dormía.
No escuché ni sentí nada, dormía con el sueño
profundo que solo los niños disfrutan y que ya de adultos somos
incapaces de alcanzar; Susi me despertó a medianoche, llorosa,
y me dijo que debía irme enseguida a la casa de los padres de Lucy
(la mujer de mi padre), en el barrio Calima. La primera pregunta que hice
fue ¿y mi papá ya sabe? Susi contestó que precisamente
él lo había sugerido, que lo esperara allá.
Al
día siguiente abrí los ojos y según mi costumbre
me quedé silencioso en la cama, acostumbrándome al nuevo
día; escuché entonces desde la cocina las palabras de la
mamá de Lucy, la reacción de sus otros hijos, el llanto
contenido de Lucy en la sala. El cuarto se volvió sobre mí
tremendamente inmenso”.
Versión de Germán Vargas
Pero algo, de los misterios de esa noche fatal, voló en la decidida
forma de una versión non sancta hacia diversos rincones del país.
Algo se sabía, una especie de intuición, pero el manto de
silencio, una especie de conjura llevaba inevitablemente a la versión
imposible del suicidio –¿Quién se suicida acabando
de ganar un premio que celebra ruidosamente?-, y creaba una especie de
“silencio protector” sobre los sucesos de esa noche.
El escritor y crítico Germán Vargas, en su columna Un día
más, del diario EL HERALDO, en su edición del 19 de agosto
de 1988, también ofrece unas precisas claves: “Pero las cosas
suceden y es difícil, quizás imposible, saber qué
pasó, cómo llegó a pasar y por qué pasó.
Es algo que los amigos de Leopoldo Berdella de la Espriella jamás
sabremos y tal vez lo mejor sea precisamente eso: que no lo sepamos”.
Pero parece que sí lo sabía, cuando descarta, a continuación,
fulminante, la tesis peregrina y romántica del suicidio poético:
“Y que sigamos recordándolo como en realidad fue; como un
muchacho desprevenido, cordial, que sabía vivir, pero que por encima
de todo quería vivir. Aun cuando finalmente terminó quitándose
la vida”.
Quería vivir y se quitó la vida. Tremendo contrasentido
que indica que Germán Vargas, a la larga, prefirió, pese
a sus dudas, acogerse a la idea del suicidio.
El guardaespaldas y el Senador
De los cabos sueltos de la historia, el poeta Alvarado Tenorio ofrece
varias perspectivas. La primera, cuando identifica a uno de los protagonistas
de la fatídica noche como guardaespaldas. La segunda, cuando señala
que pertenecía al cuerpo de seguridad de un Senador de la República
perteneciente al desaparecido grupo político Unión Patriótica.
El tercero, cuando lo llama poetastro y el último, y parece que
el fundamental, cuando dice que el móvil del mortífero episodio
fue la vulgar envidia.
Según fuentes consultadas, el poeta guardaespaldas mencionado es
Juan Julián Jiménez Pimentel, más conocido con el
seudónimo de Julián Malatesta, nacido en Miranda, Cauca
en 1955 –lo que equivale a decir que era compañero generacional
de Leopoldo Bardella, nacido en 1951- y que en la actualidad es profesor
de la Universidad del Valle.
Hasta
el momento del suceso en 1988, solo había publicado el libro Hojas
de Trébol, en 1985; mientras que Berdella llevaba seis: A golpes
de esperanza, en 1981; Juan Sábalo, ganador del premio de literatura
Enka infantil; Bolívar, hombre y guerrero, ambos en 1983; Travesuras
de Tío Conejo, en 1986; y Ko Ku Yo: mensajero del sol; en 1988,
año de su muerte. En otras palabras, colocados en una balanza de
trabajo y oficio, Malatesta quedaba en una clara situación de inferioridad,
lo que daría lugar a la motivación de la envidia, “disparada”,
por así decirlo, con el premio de la beca otorgado a Berdella para
una novela por parte de Colcultura.
Las mismas fuentes indican que Malatesta llegó en actitud de disputa,
cuestionando el ars poética de Berdella, lo que motivó un
duro enfrentamiento verbal, en medio de los tragos, que fue in crescendo,
hasta que apareció el arma de dotación de Malatesta, que
en esos momentos era escolta oficial del senador y pintor Pedro Alcántara,
del partido Unión Patriótica.
Precisamente
Leopoldo Berdella de la Espriella había escrito para la revista
Magazín Dominical, del diario El Espectador, en su número
157, de marzo 30 de 1986, una reseña para el flamante senador pintor.
Decía así Berdella: “No parece un Senador de la República.
En camiseta y pantalones cortos, untadas las manos de pintura, unas veces
frente a tres grandes lienzos en los que trabaja simultáneamente
y otras meciéndose en la bella hamaca negra que se que cuelga en
el centro de la sala en su apartamento-taller del piso quince de un céntrico
edificio de Cali, con una amplia sonrisa que no logra ocultar su espeso
bigote de bolerista y una sencillez que desarma, Pedro Alcántara
se me antoja, en estos momentos, el hombre más feliz del mundo.
Su
pintura, a la que ha entregado lo mejor de su vida, continúa esa
línea ascendente de integración de los más caros
elementos de nuestra trietnia -propuesta inicial, ya lejana, que se reafirma
cada día – y multitud de cuadros pugnan por salir; acaba
de ser elegido senador de la República, por el nuevo Partido Político
de la Unión Patriótica”.
Más adelante, Alcántara le confiesa a Berdella: “Mi
elección al Senado de la República se debe a la justeza
de la política de alianzas y a la política cultural que
se comenzó a diseñar en el Partido Comunista, plataforma
que trataremos de llevar a la realidad en la medida de lo posible. Muchos
artistas, en este momento, hacen un distanciamiento entre arte y política.
Yo no.”
En Barranquilla recuerdan una visita de Alcántara con su cohorte
de guardaespaldas, entre los que se encontraba el armado poeta Malatesta.
Así que el manto de silencio sobre el caso de la extraña
muerte de Leopoldo Berdella en que estuvo involucrado parte apreciable
del mundillo cultural de Cali, no ofrece rarezas ni tampoco constituyen
una curiosidad de la lenta e ineficiente justicia colombiana. A lo Sancho
Panza el asunto era: “Mejor no meneallo”.
Eso por lo menos es lo que dice el poeta Harold Alvarado Tenorio con su
cotidiana virulencia, preguntando insidioso: “Desde entonces, como
en la época del Doctor López Pumarejo, Colombia se pregunta:
¿Quién mató a Leopoldo Berdella de la Espriella?
Si Usted tiene otra versión de estos hechos mucho le agradeceríamos
contárnosla. Hay quienes dicen que lo mató la envidia”.
Que el lector saque sus propias conclusiones. Berdella de la Espriella
regresó en 1992 a su natal Cereté, la misma tierra de Raúl
Gómez Jattín, para ser sepultado en su cementerio.
Todavía
el espíritu de Mono pelo’e candela, como le llamaban sus
amigos de infancia, ronda por su natal barrio Santa María. |