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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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La
CELAC
El acontecimiento tiene variadas lecturas y mientras unos hacen gala de un optimismo sin límites hay por contraste quien considera que la iniciativa nace lastrada por enormes contradicciones y que en el mejor de los casos tendrá la existencia formal e inane de la Liga Árabe o la Unión Africana. De partida y como no podía ser de otra manera, el distinto peso específico de cada país introduce diferencias en la toma de decisiones, alterando más allá de la buena voluntad de sus participantes los alcances reales de la solidaridad regional. No es un secreto para nadie que esta iniciativa constituye una victoria más de la diplomacia de Brasil, la mayor economía de la zona y cuyos intereses como potencia emergente tendrán una influencia decisiva en el devenir de la naciente organización. Las economías menos potentes del área no podrán jugar un papel semejante y se corre el riesgo de reproducir las relaciones de dominación que se busca superar. Si las diferencias en el grado de desarrollo económico introducen obstáculos internos a los procesos de armonización institucional y política igual ocurre con la orientación de cada estado respecto a las relaciones con los países centrales del capitalismo. Pero tales diferencias no significan necesariamente que el proyecto esté condenado al fracaso o a convertirse en una iniciativa sin trascendencia. Indican tan solo que en su funcionamiento efectivo no serán pocas las dificultades que obligan a temperar un exagerado entusiasmo. Si la CELAC funciona tan solo como un reemplazo de la OEA, es decir, como una instancia de resolución pacífica de conflictos entre naciones hermanas, constituye de por si un enorme avance en la medida en que posibilita el ejercicio de la soberanía y debilita la influencia de los Estados Unidos. Si la misma OEA no es ya aquella “oficina de colonias yankees” de otras épocas y la férula de Washington no tiene el efecto determinante de ayer, una CELAC que funcione razonablemente puede ir desplazando a la OEA y resolver en la práctica las diferencias actuales entre los gobiernos que desean que la OEA desaparezca por inútil y perniciosa y aquellos que prefieren mantener ambos organismos, seguramente por no enemistarse abiertamente con sus amigos estadounidenses.
Si la CELAC se entiende como algo más que una institución para arreglar pacíficamente los conflictos entre socios regionales y se asume como un mecanismo de actuación en el panorama internacional, resulta inevitable que promueva esfuezos mancomunados en todos los órdenes, empezando por el modelo económico y siguiendo por una política exterior de bloque, medidas comunes de defensas de los recursos, promoción de la cultura propia y la misma defensa mancomunada ante cualquier agresión militar que afecte a uno o varios de los estados miembros. Una región que desee mayores grados de autonomía y un desarrollo más equilibrado no puede someterse al juego tramposo de los tratados de libre comercio (TLC) que exponen sus economías a una competencia insostenible y reproducen de hecho las formas clásicas del vínculo colonial tradicional. Economías orientadas a la exportación, carentes de un mercado interno dinámico y que renuncian a un desarrollo industrial y tecnológico propio, convirtiéndose en apéndices menores de las economías metropolitanas, no son precisamente los fundamentos del desarrollo. Los países de la CELAC que han firmado este tipo de tratados constituyen un palo atravesado en la rueda del carro del desarrollo regional. Siendo rigurosos, no solo sobra la OEA ni los TLC´s. Tampoco se necesita el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca -TIAR- inoperante tras la guerra de Las Malvinas, una agresión británica a un país miembro del tratado -Argentina-, una aventura de claro sabor colonial frente a la cual los Estados Unidos, violando todos los comprimisos solemnes de la defensa mutua, apoyó abiertamente al Reino Unido. La consecuencia real -si se asume rigurosamente el espíritu manifestado en Caracas este fin de semana pasado- debería ser la conformación de un organismo propio de defensa, la declaración de la región como una zona de paz, la exigencia del desmantelamiento inmediato de las bases militares gringas en el área y la suspensión inmediata de la navegación de la IV flota de los Estados Unidos en el Caribe, una presencia amenazante que ningún país de la región ha solicitado (al menos que se sepa). Pero
sin ir tan lejos, la molestia apenas disimulada de Washington por el nacimiento
de la CELAC da una idea de su importancia. Para Cuba significa un golpe
más – y muy contundente- al aislamiento al que ha sido sometida
por los Estados Unidos hace casi medio siglo. Para procesos progresistas
como el de Venezuela significa igualmente el debilitamiento de los esfuerzos
de la derecha y de Occidente por derrocar a Chávez y frustar la
revolución bolivariana. Las perspectivas serán tan halagüeñas
como lo determine la correlación social de fuerzas que logre generarse.
El desarrollo de la CELAC depende entonces y fundamentalmente de la movilización
de las poblaciones laboriosas del continente que asuman el reto de alcanzar,
esta vez si, la independencia política, el desarrollo económico
y un puesto digno en el concierto de las naciones poniendo término
a los proyectos del Destino Manifiesto y de cualquier otra forma de imperialismo
que pretenda someter a estos pueblos a la humillante condición
de súbditos. |
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