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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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| Poetas en red | |
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Los
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Historia de la vida
Un
día, 11.400 millones de años después del big bang,
un grupo de moléculas inertes formaron –barajadas por el
Azar o urgidas por la mano de Dios– la primera célula, materia
animada y capaz de autoclonarse, "un Adán microscópico,
simple y perfecto, con cuerpo de bacteria y corazón de ADN".
Una noche dos bacterias, atraídas quizá por la fuerza de gravedad del amor, se unieron simbióticamente y formaron la primera criatura unicelular compuesta. Mil millones de años después varios unicelulares se fundieron en un organismo multicelular, un pite de animal capaz de organizar sus células en tejidos y los tejidos en órganos, y de bifurcarse en géneros: el macho y la hembra. Los suspiros, los jadeos, las grandes pasiones, las pequeñas mezquindades y los secretos heroísmos del amor, tuvieron allí su origen.
creciente, habían surgido en los animales unas células muy despiertas, las neuronas, y con ellas un órgano inédito, el cerebro. Aunque feo, podía coordinar las funciones de los otros órganos, y recordar. Además de la memoria colectiva, el ADN, ahora los animales tenían una memoria individual y disponían de una herencia más veloz que la genética, la cultural. Ya eran posibles el aprendizaje y la enseñanza.
Antes los huevos eran sólo 'yema', la cuna del embrión; estas burbujas de gelatina amarilla flotaban en el mar, los ríos o las charcas, que hacían las veces de la 'clara', que es donde el embrión toma los nutrientes que requiere. La genialidad de estos primeros reptiles consistió en juntar la yema y el mar en un empaque bello, seguro y, aunque hermético, permeable a los gases, el huevo de cada día. Fue un invento de los que hacen época: los reptiles no tuvieron que regresar al agua a desovar, y conquistaron la tierra.
Pájaros y mamíferos entran en escena. (También hubo, claro, líneas de descendientes que no divergieron tanto de los abuelos reptiles: salamandras, serpientes, tortugas y los grandes saurios, entre otros. Algunos románticos, como el cocodrilo, regresaron al agua).
Una noche el homínido bajó de los árboles, se irguió, vio las estrellas, una por una... y una vibración anómala estremeció su cerebro. Algo del animal murió esa noche y otra entidad, ángel o demonio, ocupó su lugar. Al día siguiente se despertó con una canción en los labios. Había nacido el lenguaje.
Lo
cierto es que este singular bípedo, con tánto de animal
y algo de divino, aún no encuentra acomodo. La tierra le queda
estrecha, y el Cielo alto. |
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