La letra y el garabato
Una súbita
delicatessen
Por: Alejandro José López Cáceres
Llegué a aquella
librería de usados tras un par de intentos fallidos. Quiero decir: en las dos
anteriores no hallé lo que buscaba; así que el segundo librero, amablemente, me
dio las indicaciones para encontrar esta tercera. Quedaba en pleno corazón de
Madrid, a cinco calles de Gran Vía.
―Buenos
días ―dije―, vengo porque me contaron que tal vez…
―¡Al
grano! ―gruñó un viejo de barba rala, desaliñado.
―¿Perdón?
―Dígame el
título y ahorramos tiempo ―espetó esa voz gangosa, procedente de aquella
cabeza que asomaba apenas, en medio de incontables pilas de libros. Decidí usar
mi tono más descortés y altisonante:
―¡“The Buenos Aires Affair”!
El vejete salió de su escondite, pasó por mi
lado y se internó en el inmenso laberinto de escaparates atiborrados que
entreví al fondo. Volví a escuchar su voz surgiendo de la penumbra:
―¡Autor!
―¡Manuel
Puig!
―¡Se
dice Puch
―me rectificó―, porque es catalán!
―¡No
―le corregí yo―, se dice Puig
porque es argentino!
Me quedé pensando
en ese novelista extraordinario que fue Manuel Puig y recordé que él, precisamente, tuvo que lidiar muchas veces con incomprensiones
de todo tipo. Vargas Llosa lo consideró baladí, ¿sus novelas eran algo más
que mero entretenimiento? Onetti renegó de su estética
Pop, ¿tenía un estilo literario propio?
Cortázar desdeñó sus amaneramientos, ¿no se trataba de un lector demasiado
femenino? Carlos Barral dudó de su talento,
¿valía la pena publicarlo si carecía de originalidad? Borges ironizó sobre
sus títulos, ¿“Boquitas pintadas” no es una campaña de Max Factor? Y, pese
a todo esto, ahí tenemos su legado. Sus ocho novelas lograron poner en entredicho
las concepciones más tradicionales sobre el valor estético, algo que ninguno
de sus muy ilustres detractores hubiera podido imaginar.
Por otra parte,
tampoco las relaciones entre cine y literatura pudieron ser lo mismo después
de que Puig nos recordó, a golpe de talento narrativo, que el arquetípico
arte del relato está más allá de los soportes expresivos. “Este tipo no viene
de la literatura”, dijeron sus más enconados adversarios. Era verdad: Manuel
Puig venía del cine y, lo que es peor, se había formado viendo lo más empedernidamente
comercial; o sea, las películas hollywoodenses de los años 30. Por eso sostenía
que muchas divas, como su amada Rita Hayworth, eran más autoras cinematográficas
que los propios directores. ¡Tremendo disparate! ¡Inaceptable para los defensores
de la Alta cultura! Pero a él le
gustaba provocar a los señores apocalípticos y llevaba su pasión por los géneros
populares, como el melodrama, hasta las últimas consecuencias.
El antipático librero
regresó de pronto, cortándome aquella introspección. Traía en la mano un ejemplar
de bolsillo del título que le solicité; y aunque se veía viejo, debido a la
natural decoloración de su tapa rústica, se hallaba en excelente estado. Cuando
procedí a revisar los datos editoriales, me llevé una gratísima sorpresa.
Decía: “Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1973”. ¡Era la primera edición,
la edición príncipe del libro! No han pasado demasiados años, es cierto; sin
embargo, además del viaje transatlántico, ciertas circunstancias hacían particularmente
apreciable semejante hallazgo. Me explico: el gobierno argentino prohibió
y decomisó “The Buenos Aires Affair”, la tercera novela de Manuel Puig, el mismo año de
su publicación. Y peor aún: el autor recibió en ese momento amenazas del grupo
parapolicial conocido como Trile A, el brazo criminal de la extrema derecha;
así que se trasladó inmediatamente a México.
Mientras
sostenía el libro entre mis manos, rememoraba toda aquella historia e intentaba
imaginarme cómo había podido llegar este ejemplar hasta aquí. Pasé rápidamente
las hojas para cerciorarme de su estado: perfecto. Me sentía muy contento; pero
una inquietud repentina, procedente de mi bolsillo, vino enturbiar mi alegría.
¿Sería tan costoso como para no poderme dar este gusto?
―¿Le
interesa? ―presionó desdeñosamente el vejete.
Procuré
ocultarle mi avidez devolviéndole el volumen, como si tal cosa:
―¿Cuánto
vale?
―Siete
euros ―respondió con displicencia.
Pagué inmediatamente,
antes de que se notara mi sorpresa y, al salir, pronuncié una fórmula de
cortesía que no obtuvo respuesta. No le di importancia. Nada empañaría la íntima
y rotunda felicidad que llevaba. Con todo, ese huraño librero me hizo pensar
que algunas personas aún desconocen el valor de la narrativa escrita por Manuel
Puig. Al llegar a casa, me arrellané en un sillón para saborear aquella súbita delicatessen. Y
me ratifiqué: yo estoy con Cabrera Infante, Ricardo Piglia, Severo Sarduy y los miles de lectores que se han deleitado con su exquisita
obra alrededor del mundo.
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PUIG, Manuel. The Buenos Aires Affair. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1973.
