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León Gil
   


BIBLIOCLEPTOMANÍA

Por León Gil

Durante la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá escuche una entrevista radial algo insólita; o más exactamente, una entrevista normal, que trataba sobre un hecho algo insólito.

El personaje entrevistado era un viejo librero de Bogotá cuyo nombre ignoro, pues sintonicé la emisora después de que la entrevista hubiera comenzado.

Hablaba el librero del recurrente tema de la bibliocleptomanía; es decir, del sospechosamente inocuo, y hasta cuasi respetable robo de libros en bibliotecas y librerías; tanto públicas como privadas.

Contaba al respecto; como anécdota especial, el caso de un robo del que fue víctima a comienzos de los años 80s.

Se trató de un hurto (o un robo. No sabría decir cuál es la diferencia en este caso) a su librería en horas de la noche; por medio del llamado “método del descuelgue”, el cual consiste; según explicaba, en quitar algunas tejas para luego descolgarse al interior desde el techo.

Contaba el librero que al día siguiente cuando entraron él y los empleados, se percataron de que algo anormal había sucedido durante la noche; tan sólo por algunos escombros y colillas esparcidos en el piso, y algunos empaques y residuos de comida sobre uno de los escritorios; pues a la simple vista todo parecía estar intacto y en su sitio. De hecho, tardaron varias horas inventariando, sin lograr determinar qué objeto o mercancía exactamente había sido sustraída.

Decía el librero que la caja estaba intacta; así como el dinero contenido en la misma. También estaban completos todos los equipos de oficina y demás objetos de la librería. Y en cuanto a los libros y los discos, se pudo constatar que ninguna de las más exclusivas colecciones de música faltaba, como tampoco ninguno de los más costosos libros, diccionarios o enciclopedias ilustradas. Así mismo, la frágil vitrina donde se exhibían docenas de libros antiguos y exóticos –“más como objetos de decoración y ostentación que de mercancía propiamente dicha”, según sus propias palabras- no había sido en absoluto violentada.

El periodista, visiblemente (o audiblemente en éste caso) intrigado, insistía en que el entrevistado le rebelará de una vez cuál o cuáles, entonces, habían sido el objeto o los libros hurtados. Ante lo cual el entrevistado parecía no darse por aludido, o simplemente decía, con toda parsimonia: “ya vamos para allá”.

Después de infinitos rodeos, el viejo librero contó cómo pudieron por fin determinar cuál había sido el único objeto sustraído por él, o los selectos y exclusivos bibliocleptómanos.

Ocurrió –contaba el librero- que ése mismo día, a la hora del almuerzo, y cuando para todos la razón de la intrusión a la librería seguía siendo un misterio, una joven profesora pasó a recoger un libro que había dejado “pisado” el día anterior con la empleada de la caja; pues no contaba con el dinero suficiente para llevarlo, y además era el único ejemplar en existencia en aquel momento. De inmediato la muchacha fue en busca del libro; pero no lo halló donde estaba segura de haberlo guardado.

Al no hallarlo, le pidió a la joven el favor de esperar mientras lo buscaba, a lo que la joven profesora respondió que no se preocupara, que pasaría por él después de almuerzo. Luego de buscar infructuosamente y preguntar a cada uno de sus compañeros por un paquete “así y asá”; con un libro reservado, se dirigió al escritorio del “jefe”, y al preguntarle por el libro, el librero le preguntó de qué libro se trataba. A lo cual la muchacha, muy apenada, respondió que no lo recordaba, pero que estaba empacado en un papel de regalo. Y fue en ese instante cuando la señora del aseo dijo haber recogido un papel de regalo de debajo de un estante. Se dirigieron todos al cesto de la basura y, en efecto, la empleada pudo allí identificar el papel en el cual ella misma había envuelto el libro de la profesora: no había duda alguna: ése había sido el único objeto hurtado de la librería la noche anterior.

Y decía el librero que su sorpresa y desconcierto fueron indescriptibles cuando después de pedir a la empleada la factura, vio que era por un valor de tan sólo 2.750 pesos.

Y ya iba a decir el título del libro y el nombre de su autor, cuando Dante se echó a correr tras una maldita alimaña blanca y peluda, arrancando en su intempestiva carrera los audífonos de mis oídos, así como del transistor, dando con ellos enredados al cuello como dos o tres vueltas a al parquecito donde nos hallábamos sentados.

Cuando al fin logré espantar al abominable bicho de las nieves; de marca friends Poodle, y recuperé los audífonos de mi radio, y después de recorrer durante cinco minutos todo el dial de extremo a extremo varias veces, pude constatar, bastante irritado, que el programa había terminado, y que quizás para siempre me quedaría sin saber el título de aquel libro tan enigmático y selecto, así como el nombre de su privilegiado autor. Pensé en tratar de comunicarme inmediatamente con la emisora para ver si alguien allí me daba noticia del programa o respondía mi inquietud directamente; cosa que era imposible; pues éste es el momento que no tengo la más mínima idea de su nombre; y lo que es peor, de cuál era la emisora.

Pero al menos permítanme, por favor, contarles quién es Dante.

DANTE

Creo que ha llegado la oportunidad justa para hablar un poco del amor, de la inmensa admiración que profeso a mi Gran Perro Pastor Alemán: Dante.

Dante es, ante todo, “todo un señor” - Como dijera la bella veterinaria que le extrajo de su piel unos horribles gusanos que trajo de las vacaciones pasadas-. Lo que constituye un verdadero acierto, pues ésta es la cualidad más notable y destacable de mí querido Dante, y más aún cuando su edad cronológica es de tan sólo tres años, tres meses y dos semanas. Lo cual, en la escala humana, dicen que equivale a algo así como veinte años.

¿Pueden imaginar ustedes a un chico de veinte años que no trate de hacer lo que se le dé la real gana? ¿Qué ame y respete siempre a sus compañeros, padres y tutores? ¿Qué no pase tardes y noches enteras mirando videos, escuchando I pod o walkman, viendo televisión, chateando en el computador o jugando en el X-Box? Y esto sin hablar de las chicas, los amigos, las discotecas y la cerveza.

¡Qué equilibrio emocional el de mi perro! Se pasa las horas tranquilo dormitando en cualquier lugar de la casa, o mirándonos mansamente mientras realizamos nuestras labores cotidianas, atisbando por la ventana a todo y a todos los que pasan, o feliz retozando con sus juguetes o sin ellos. No necesita escuchar música a todo volumen (aunque no parece molestarle. De hecho, cuando salimos lo dejamos escuchando música clásica), leer libros, mirar la televisión, jugar a las cartas, hablar por teléfono; salir con amigos, irse al cine, al bar o de compras a un centro comercial.

En muy raras ocasiones se deprime un poco, pero sólo le basta un breve paseo, corriendo tras un palo o una pelota, para dejarnos ver de nuevo su blanca y abierta sonrisa de oreja a oreja.
Con la comida nunca pone reparos. Duerme indiferentemente en la tarima, en el suelo, en una silla o en la cama de cualquiera.

Puede quedarse solo en casa durante horas, sin tener que atiborrarse de comida por la angustia, la soledad o el miedo; ni tirar cosas o andar husmeando por cada rincón de la casa. Y cuando estamos de regreso, hay que ver cómo se alegra; no tiene ningún tipo de queja o reproche; sólo salta y ríe y mueve su cola; expresándonos su inmensa alegría porque estamos en casa de nuevo; tal como deberíamos hacer nosotros con todos aquellos que se alejan un día y otro día cualquiera regresan.

Es sano, por fortuna, mi perro. Pero cuando está indispuesto por algo, qué gran paciente es nuestro Dante; tanto que en lugar de Dante (nombre de poeta, que, como decía Horacio, es gente irritable) debería llamarse Zenón, Séneca o cualquier otro nombre de aquellos nobles y sabios estoicos.

En síntesis, Dante es todo un señor, un sabio, un asceta, un santo y un filósofo…y qué le vamos a hacer, Dante también es un grandísimo poeta.


 
     
 
 
     
     
 
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