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Gustavo
Álvarez Gardeazábal
Mauricio Silva Guzmán de la revista Don Juan
Él se ha convertido en una especie de Kalkhas Thestórides
político: ministros, generales, y hasta el presidente, van hasta
el patio de su finca para oír sus consejos, comer arroz atollado
y brindar con champaña.
Gustavo Álvarez Gardeazábal está hecho de frases
armadas. Le gusta decirlas para agradar, escandalizar y recibir aplausos
desde la tribuna: "La loca más bruta llega a obispo".
"Yo no goberné con el culo, goberné con la cabeza".
"No hay nada más preñador que polvo de loca".
"Me he gastado la plata en libros, animales y muchachos". Pero
no solo es un puñado de oraciones elaboradas. El hijo más
célebre de Tuluá -título que sólo podría
arrebatarle Faustino Asprilla- es mucho más que un gay famoso con
ganas de llamar la atención.
Es, en realidad, todo un personaje de la Colombia siglo XXI. Un tipo polémico,
adorado y detestado como pocos, hábil (muy hábil), lenguaraz,
astuto, y desde hace poco más de un lustro, poderoso aglutinador.
Su hoja de vida oficial tendría que decir que se trata de un escritor
reconocido por haber ganado la Beca Guggenheim, publicado veinte libros,
, entre ellos las celebradas novelas Cóndores no entierran todos
los días (1971), llevada al cine con santo oficio por Francisco
Norden; y El Divino (1986), convertida en telenovela picaresca de recordado
éxito. Debería aclarar además que fue un político
victorioso, decididamente venerado por su pueblo azucarero: concejal de
Cali en 1978, diputado a la Asamblea del Valle en 1982, primer alcalde
popular de Tuluá en 1988 -cargo que gustosamente repitió
en 1992- y gobernador del Valle del Cauca en 1998. Incluso, podría
existir un largo apéndice que recuerde su paso por la cárcel
(1999-2002), cuando fue condenado por enriquecimiento ilícito,
luego de haberle vendido una escultura por siete millones de pesos a un
testaferro del narcotráfico en 1992. Acotaría, además,
que el día que salió de la prisión fue acompañado
por una multitud de 42.000 personas que, aclamándolo, lo siguió
en procesión hasta su casa.
Pero hoy es muchísimo más que eso. A sus 64 años,
Gustavo Álvarez Gardeazábal es un controversial "patriarca
del ocaso" -como lo definió hace poco Daniel Coronell en una
columna de la revista Semana-. Un particular cacique de provincia con
voz nacional en el programa La Luciérnaga, de la cadena radial
Caracol. Un fogueado conversador con innegable poder de convocatoria.
Para
muy pocos en el Valle del Cauca es un secreto que sus mentados almuerzos
en la casa-finca El Porce en las afueras de Tuluá, el sitio donde
se alimenta y duerme, se han convertido en la nueva comidilla del poder
criollo -literalmente hablando-. Pero ¿qué es lo que pasa
allí que resulta tan atractivo para un sinnúmero de comensales
encopetados?
Primero habría que explicar la manera como comenzó todo
esto. "Estos encuentros son consecuencia de las comidas que me llevaron
varios amigos cuando estuve preso en una casa de la Fiscalía en
Tuluá -aclara el escritor-. Cuando salí, decidí retribuir
con almuerzos a toda la gente que me visitó. Luego, cuando entré
a formar parte de la mesa de trabajo de La Luciérnaga, el tema
se volvió institucional, al punto que todos los días de
la semana, excepto el domingo, recibo gente del país entero".
Hoy, la lista de visitantes es muy extensa y, sobre todo, muy sonora.
Por allí han desfilado los candidatos a la presidencia Noemí
Sanín, Andrés Felipe Arias y Juan Manuel Santos, los ministros
Fabio Valencia Cossio y Andrés Uriel Gallego, el gobernador del
Valle del Cauca Juan Carlos Abadía, industriales de la talla de
Juan Guillermo Londoño, sospechosas figuras públicas como
William Vélez, ex alcaldes de Cali como Ricardo Cobo y -no podría
faltar-, el mismísimo presidente de la República, Álvaro
Uribe Vélez. "Un patriarca antioqueño con un perrero
en la mano", tal y como hoy lo define el propio Álvarez Gardeazábal.
¿Y qué sucede allí? "Vienen a oír mis
consejos e, incluso, hay quienes se atreven a mostrarme los balances de
sus empresas a ver qué opino -confiesa-. Eso sí, mis análisis
sólo tienen que ver con el sentido común. No hay nada más".
Pero hay más. Se moldean negocios de todo tipo, proyectos políticos
y reputaciones propias y ajenas. Por ejemplo el senador de la Alianza
Social Indígena Jesús Piñacué, acompañado
de su hermano Daniel, hoy candidato a la Cámara, fue hace poco
para oír sus consejos y, de paso, "a ver si tiene unos voticos
por ahí".
Generales de la República como Nelson Freddy Padilla y Óscar
Enrique González -y el mismo candidato Santos cuando era ministro
de Defensa- aterrizan los helicópteros de la Fuerza Aérea
Colombiana en un amplio pastizal de El Porce que fue arreglado específicamente
para tal propósito. Un día antes, agentes de seguridad husmean
para que, en punto, sus jefes desciendan uno tras otro y así puedan
disfrutar del chisme privilegiado, de buenos vinos y whiskys, y de las
sabrosas chuletas, mondongos y sancochos que generosamente ofrece el anfitrión.
Comida valluna, en su gran mayoría, que todos los días se
cuece en los fogones del Parador Nariño, un popular restaurante
de carretera, famoso por su sólida cocina tradicional.
Con
estricto protocolo, todos los almuerzos van de 1:00 p. m. a 3.00 p. m.,
gracias a que el oferente deja a un lado su vida social para vestirse
de periodista en su casa en Tuluá, donde se conecta desde un pequeño
estudio que acondicionó para así participar en vivo y en
directo del programa La Luciérnaga. A las 6:30 p. m., cuando termina
la función, recibe a un par de amigos en la sala de esa vieja casa
que heredó de su madre y se toma un par de champañas Viuda
de Clicquot. "Como Tuluá es un pueblo traqueto, pues aquí,
en el supermercado La 14, se consigue todo el trago fino que usted quiera.
Lo que pasa es que siempre hay alguien con mucha plata que tiene algo
que celebrar". Luego vuelve a su finca y al otro día repite
la misma escena con diferentes invitados.
Así las cosas, un visitante le cuenta al otro que estuvo por allá
(o en El Porce o en la casa de Tuluá); ese otro le dice a un tercero
que algo de lo que dijo Gardeazábal le sirvió, y mucho;
y todo, muy en la línea del comadreo nacional, se va convirtiendo
en una avalancha de información abrumadoramente oficiosa. Pero
tampoco se necesita ir a Tuluá para consultar al médium
sobre cómo "es la vuelta". Todos los días de la
semana, a cualquier hora, las llamadas a sus cuatro celulares jamás
se detienen y él, con calma parroquial, despacha sin dolor: "Vamos
a ver -dice con el aparato a un centímetro de la oreja-, de esos
60.000 votos que me han hablado, con que te pongan 15.000 a vos, pues
estás hecho". En otra llamada Gardeazábal dice: "Alcalde,
el informe que yo tengo es que todo se cocinó: Santos y Vargas
Lleras deben estar felices".
De manos de uno de sus ayudantes personales, un sigiloso jovenzuelo de
veinte años de nombre Juan Manuel, aterriza otro celular por el
cual susurra: "Pero claro, si Monseñor vino a almorzar ayer".
Y otra más: "Te lo he dicho: Jorge Iván va a dejar
a Cali desbaratada pero ilusionada". Por último, es él
quien llama para decir: "Oís querido, 'devolvéme' la
llamada para sacarte de la quiebra".
Desde Tuluá resuelve, desde Tuluá ayuda, desde Tuluá
conjura... "Tuluá es la ciudad de mis pasiones. Me imagino
que aquí me asesinarán porque en Colombia es mucho más
fácil que a uno lo maten que morirse enfermo en una cama".
Otra frase de su colección.
Sin
embargo, Álvarez Gardeazábal ya organizó para que
no lo entierren en Tuluá. De hecho, hace años reservó
su espacio en el cementerio libre de Circasia donde también exigió
que lo acomoden parado "porque nunca he doblado ni doblaré".
De la misma manera, mandó hacer su propio busto y también
su epitafio: "Cóndores no entierran todos los días".
Tal vez por todos estos elementos, tan novelescos, tan picarescos, sus
seguidores dicen que en él habita un ser muy especial. Algunos,
incluso, lo tratan de vidente y le otorgan ciertos poderes sobrehumanos.
"Si supiera manejar eso ya habría montado un consultorio de
quiromancia, con una bola de cristal y todo. Claro que siempre he pensado
que yo, con un turbante, repasaría a mis antepasados", explica.
La verdad es que se trata de un mito viviente en su pueblo. "Como
yo soluciono problemas y ayudo a todo el mundo, entiendo que la gente
se me acerque de una manera singular". Y así es. Un buen día,
un compositor desconocido aterriza en su casa con un trabajo musical para
que lo ayude a terminarlo. Otro día, un desatado escritor lo aborda
para que juntos confeccionen un artículo sobre la ciudad de Tuluá
que, "con seguridad", venderá a una publicación
alemana. Al siguiente lo llama un político para que lo recete médicamente
(y él receta). Y luego, tras el llamado de las monjas concepcionistas,
acude al convento para pagar la reparación del motor de la batidora
del pan, del cual depende toda la congregación.
Pero no es el Mesías de Valle. Ni más faltaba. La verdad
relativa es que Gustavo Álvarez Gardeazábal es un ser humano
común y corriente... lleno de matices, eso sí.
Por un lado es un viejo que sufre del corazón. Tiene una dilatación
de la aorta ascendente que le genera terribles dolores y repentinos desmayos
cuando sube a más de 1.500 metros de altura. Por eso toma beta
bloqueadores cardiacos, disolventes sanguíneos y Metroprobol, una
poderosa droga que -según él- "le hace olvidar todos
los malos momentos".
Por otro lado es un tulueño de baja estatura y sonrisa fija que
sufre de fobia a las alturas y profunda antipatía por "los
señores feudales de Cali, llenos de vicios de comportamiento repetidos
a lo largo de la historia. Por eso prefiero no tratarlos y, en la medida
de lo posible, no ir a Cali". Un gamonal que luce tranquilo y que,
cada vez más, se viste de "blanco palomo" para reafirmarse
y sentirse mucho más acorde con su entorno. Un jefe de comarca
que se da el lujo de tener su nombre marcado con letras gigantescas en
un auditorio: el de la Universidad de Tuluá.
Un
gay declarado que todas las tardes predica en la radio y que fue violentamente
asaltado en su casa del pueblo el pasado 23 de abril de 2009 por un grupo
de cinco personas armadas que, curiosamente, sólo se llevaron sus
dos computadores personales. "Debió de haber participación
del ejército porque en el video que grabó la cámara
de la calle se descubrió un vehículo de esa gente parqueado
cerca de la residencia en el momento del asalto", todavía
denuncia con preocupación. Desde entonces, volvió a una
costumbre que no vivía desde sus épocas de gobernador: lidiar
con los escoltas.
Un colombiano que ha sido ligado sistemáticamente al narcotráfico
al punto que varias veces ha sido tildado de "escribano del cartel
de Cali", a lo que él responde: "Otra de las tantas falsedades
sobre las cuales se construyen los mitos, como el mío. Pero claro
que los conocí a todos, si se tiene en cuenta que Tuluá
es tierra de traquetos; pero mi inteligencia y unos principios muy claros
me impidieron que yo terminara siéndolo".
Con todo, Gustavo Álvarez Gardeazábal es un político
y escritor que estuvo en la cárcel, que se declara descreído,
pero que a la vez conserva tanto en su casa como en su finca las imágenes
de un sinnúmero de vírgenes heredadas de su madre.
Un colombiano que ha vivido de las habichuelas y los zapallos, que ahora
vive rodeado de palomas, gansos, patos, bimbos, vacas y un montón
de orquídeas, algunas de ellas asidas a un gigantesco caucho que
él mismo sembró en la mitad de El Porce. Un mecenas que
sostiene la banda de rock Helicón, liderada por Alfredo Saldarriaga
-su "amigo especial"-, otro gran personaje de la región
que se ufana de hacer las mejores fiestas de la ciudad, de ser cinturón
negro en karate y de ser un experto en cocina macrobiótica. Ese
de quien Gardeazábal dice sin temor: "Cada vez que me quiere
volver a enamorar, me cocina platos especiales".
Un protagonista de una Colombia intrépida, que dice no tener ningún
tipo de recuerdo de su niñez gracias a "los malos tratos de
los curas fascistas salesianos". Un tulueño tan generoso,
pero tan generoso, que una noche, asustado de que su amante de turno lo
robara en la penumbra, decidió esconder todo su dinero en su zapato,
con tan mala suerte que se le fue en el calzado del ardiente jovenzuelo.
A la mañana siguiente, cuando el efebo encontró el tesoro,
no dudó en besar al viejo, acariciarlo tiernamente y decirle a
los ojos:
-Gustavo, tú de verdad eres lo máximo. Nunca cambies.
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