Dirigida por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez


| Poetas en red | Crónicas | | Celebrar a Pedro Pietri |

Los textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
 
 
Google
Estadisticas y contadores web gratis
 
 
 
     
 
 
 

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal


Mauricio Silva Guzmán de la revista Don Juan


Él se ha convertido en una especie de Kalkhas Thestórides político: ministros, generales, y hasta el presidente, van hasta el patio de su finca para oír sus consejos, comer arroz atollado y brindar con champaña.

Gustavo Álvarez Gardeazábal está hecho de frases armadas. Le gusta decirlas para agradar, escandalizar y recibir aplausos desde la tribuna: "La loca más bruta llega a obispo". "Yo no goberné con el culo, goberné con la cabeza". "No hay nada más preñador que polvo de loca". "Me he gastado la plata en libros, animales y muchachos". Pero no solo es un puñado de oraciones elaboradas. El hijo más célebre de Tuluá -título que sólo podría arrebatarle Faustino Asprilla- es mucho más que un gay famoso con ganas de llamar la atención.


Es, en realidad, todo un personaje de la Colombia siglo XXI. Un tipo polémico, adorado y detestado como pocos, hábil (muy hábil), lenguaraz, astuto, y desde hace poco más de un lustro, poderoso aglutinador.


Su hoja de vida oficial tendría que decir que se trata de un escritor reconocido por haber ganado la Beca Guggenheim, publicado veinte libros, , entre ellos las celebradas novelas Cóndores no entierran todos los días (1971), llevada al cine con santo oficio por Francisco Norden; y El Divino (1986), convertida en telenovela picaresca de recordado éxito. Debería aclarar además que fue un político victorioso, decididamente venerado por su pueblo azucarero: concejal de Cali en 1978, diputado a la Asamblea del Valle en 1982, primer alcalde popular de Tuluá en 1988 -cargo que gustosamente repitió en 1992- y gobernador del Valle del Cauca en 1998. Incluso, podría existir un largo apéndice que recuerde su paso por la cárcel (1999-2002), cuando fue condenado por enriquecimiento ilícito, luego de haberle vendido una escultura por siete millones de pesos a un testaferro del narcotráfico en 1992. Acotaría, además, que el día que salió de la prisión fue acompañado por una multitud de 42.000 personas que, aclamándolo, lo siguió en procesión hasta su casa.


Pero hoy es muchísimo más que eso. A sus 64 años, Gustavo Álvarez Gardeazábal es un controversial "patriarca del ocaso" -como lo definió hace poco Daniel Coronell en una columna de la revista Semana-. Un particular cacique de provincia con voz nacional en el programa La Luciérnaga, de la cadena radial Caracol. Un fogueado conversador con innegable poder de convocatoria.

Para muy pocos en el Valle del Cauca es un secreto que sus mentados almuerzos en la casa-finca El Porce en las afueras de Tuluá, el sitio donde se alimenta y duerme, se han convertido en la nueva comidilla del poder criollo -literalmente hablando-. Pero ¿qué es lo que pasa allí que resulta tan atractivo para un sinnúmero de comensales encopetados?


Primero habría que explicar la manera como comenzó todo esto. "Estos encuentros son consecuencia de las comidas que me llevaron varios amigos cuando estuve preso en una casa de la Fiscalía en Tuluá -aclara el escritor-. Cuando salí, decidí retribuir con almuerzos a toda la gente que me visitó. Luego, cuando entré a formar parte de la mesa de trabajo de La Luciérnaga, el tema se volvió institucional, al punto que todos los días de la semana, excepto el domingo, recibo gente del país entero".


Hoy, la lista de visitantes es muy extensa y, sobre todo, muy sonora. Por allí han desfilado los candidatos a la presidencia Noemí Sanín, Andrés Felipe Arias y Juan Manuel Santos, los ministros Fabio Valencia Cossio y Andrés Uriel Gallego, el gobernador del Valle del Cauca Juan Carlos Abadía, industriales de la talla de Juan Guillermo Londoño, sospechosas figuras públicas como William Vélez, ex alcaldes de Cali como Ricardo Cobo y -no podría faltar-, el mismísimo presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez. "Un patriarca antioqueño con un perrero en la mano", tal y como hoy lo define el propio Álvarez Gardeazábal.


¿Y qué sucede allí? "Vienen a oír mis consejos e, incluso, hay quienes se atreven a mostrarme los balances de sus empresas a ver qué opino -confiesa-. Eso sí, mis análisis sólo tienen que ver con el sentido común. No hay nada más". Pero hay más. Se moldean negocios de todo tipo, proyectos políticos y reputaciones propias y ajenas. Por ejemplo el senador de la Alianza Social Indígena Jesús Piñacué, acompañado de su hermano Daniel, hoy candidato a la Cámara, fue hace poco para oír sus consejos y, de paso, "a ver si tiene unos voticos por ahí".


Generales de la República como Nelson Freddy Padilla y Óscar Enrique González -y el mismo candidato Santos cuando era ministro de Defensa- aterrizan los helicópteros de la Fuerza Aérea Colombiana en un amplio pastizal de El Porce que fue arreglado específicamente para tal propósito. Un día antes, agentes de seguridad husmean para que, en punto, sus jefes desciendan uno tras otro y así puedan disfrutar del chisme privilegiado, de buenos vinos y whiskys, y de las sabrosas chuletas, mondongos y sancochos que generosamente ofrece el anfitrión. Comida valluna, en su gran mayoría, que todos los días se cuece en los fogones del Parador Nariño, un popular restaurante de carretera, famoso por su sólida cocina tradicional.

Con estricto protocolo, todos los almuerzos van de 1:00 p. m. a 3.00 p. m., gracias a que el oferente deja a un lado su vida social para vestirse de periodista en su casa en Tuluá, donde se conecta desde un pequeño estudio que acondicionó para así participar en vivo y en directo del programa La Luciérnaga. A las 6:30 p. m., cuando termina la función, recibe a un par de amigos en la sala de esa vieja casa que heredó de su madre y se toma un par de champañas Viuda de Clicquot. "Como Tuluá es un pueblo traqueto, pues aquí, en el supermercado La 14, se consigue todo el trago fino que usted quiera. Lo que pasa es que siempre hay alguien con mucha plata que tiene algo que celebrar". Luego vuelve a su finca y al otro día repite la misma escena con diferentes invitados.


Así las cosas, un visitante le cuenta al otro que estuvo por allá (o en El Porce o en la casa de Tuluá); ese otro le dice a un tercero que algo de lo que dijo Gardeazábal le sirvió, y mucho; y todo, muy en la línea del comadreo nacional, se va convirtiendo en una avalancha de información abrumadoramente oficiosa. Pero tampoco se necesita ir a Tuluá para consultar al médium sobre cómo "es la vuelta". Todos los días de la semana, a cualquier hora, las llamadas a sus cuatro celulares jamás se detienen y él, con calma parroquial, despacha sin dolor: "Vamos a ver -dice con el aparato a un centímetro de la oreja-, de esos 60.000 votos que me han hablado, con que te pongan 15.000 a vos, pues estás hecho". En otra llamada Gardeazábal dice: "Alcalde, el informe que yo tengo es que todo se cocinó: Santos y Vargas Lleras deben estar felices".


De manos de uno de sus ayudantes personales, un sigiloso jovenzuelo de veinte años de nombre Juan Manuel, aterriza otro celular por el cual susurra: "Pero claro, si Monseñor vino a almorzar ayer". Y otra más: "Te lo he dicho: Jorge Iván va a dejar a Cali desbaratada pero ilusionada". Por último, es él quien llama para decir: "Oís querido, 'devolvéme' la llamada para sacarte de la quiebra".


Desde Tuluá resuelve, desde Tuluá ayuda, desde Tuluá conjura... "Tuluá es la ciudad de mis pasiones. Me imagino que aquí me asesinarán porque en Colombia es mucho más fácil que a uno lo maten que morirse enfermo en una cama". Otra frase de su colección.

Sin embargo, Álvarez Gardeazábal ya organizó para que no lo entierren en Tuluá. De hecho, hace años reservó su espacio en el cementerio libre de Circasia donde también exigió que lo acomoden parado "porque nunca he doblado ni doblaré". De la misma manera, mandó hacer su propio busto y también su epitafio: "Cóndores no entierran todos los días".


Tal vez por todos estos elementos, tan novelescos, tan picarescos, sus seguidores dicen que en él habita un ser muy especial. Algunos, incluso, lo tratan de vidente y le otorgan ciertos poderes sobrehumanos. "Si supiera manejar eso ya habría montado un consultorio de quiromancia, con una bola de cristal y todo. Claro que siempre he pensado que yo, con un turbante, repasaría a mis antepasados", explica. La verdad es que se trata de un mito viviente en su pueblo. "Como yo soluciono problemas y ayudo a todo el mundo, entiendo que la gente se me acerque de una manera singular". Y así es. Un buen día, un compositor desconocido aterriza en su casa con un trabajo musical para que lo ayude a terminarlo. Otro día, un desatado escritor lo aborda para que juntos confeccionen un artículo sobre la ciudad de Tuluá que, "con seguridad", venderá a una publicación alemana. Al siguiente lo llama un político para que lo recete médicamente (y él receta). Y luego, tras el llamado de las monjas concepcionistas, acude al convento para pagar la reparación del motor de la batidora del pan, del cual depende toda la congregación.


Pero no es el Mesías de Valle. Ni más faltaba. La verdad relativa es que Gustavo Álvarez Gardeazábal es un ser humano común y corriente... lleno de matices, eso sí.


Por un lado es un viejo que sufre del corazón. Tiene una dilatación de la aorta ascendente que le genera terribles dolores y repentinos desmayos cuando sube a más de 1.500 metros de altura. Por eso toma beta bloqueadores cardiacos, disolventes sanguíneos y Metroprobol, una poderosa droga que -según él- "le hace olvidar todos los malos momentos".


Por otro lado es un tulueño de baja estatura y sonrisa fija que sufre de fobia a las alturas y profunda antipatía por "los señores feudales de Cali, llenos de vicios de comportamiento repetidos a lo largo de la historia. Por eso prefiero no tratarlos y, en la medida de lo posible, no ir a Cali". Un gamonal que luce tranquilo y que, cada vez más, se viste de "blanco palomo" para reafirmarse y sentirse mucho más acorde con su entorno. Un jefe de comarca que se da el lujo de tener su nombre marcado con letras gigantescas en un auditorio: el de la Universidad de Tuluá.

Un gay declarado que todas las tardes predica en la radio y que fue violentamente asaltado en su casa del pueblo el pasado 23 de abril de 2009 por un grupo de cinco personas armadas que, curiosamente, sólo se llevaron sus dos computadores personales. "Debió de haber participación del ejército porque en el video que grabó la cámara de la calle se descubrió un vehículo de esa gente parqueado cerca de la residencia en el momento del asalto", todavía denuncia con preocupación. Desde entonces, volvió a una costumbre que no vivía desde sus épocas de gobernador: lidiar con los escoltas.


Un colombiano que ha sido ligado sistemáticamente al narcotráfico al punto que varias veces ha sido tildado de "escribano del cartel de Cali", a lo que él responde: "Otra de las tantas falsedades sobre las cuales se construyen los mitos, como el mío. Pero claro que los conocí a todos, si se tiene en cuenta que Tuluá es tierra de traquetos; pero mi inteligencia y unos principios muy claros me impidieron que yo terminara siéndolo".


Con todo, Gustavo Álvarez Gardeazábal es un político y escritor que estuvo en la cárcel, que se declara descreído, pero que a la vez conserva tanto en su casa como en su finca las imágenes de un sinnúmero de vírgenes heredadas de su madre.


Un colombiano que ha vivido de las habichuelas y los zapallos, que ahora vive rodeado de palomas, gansos, patos, bimbos, vacas y un montón de orquídeas, algunas de ellas asidas a un gigantesco caucho que él mismo sembró en la mitad de El Porce. Un mecenas que sostiene la banda de rock Helicón, liderada por Alfredo Saldarriaga -su "amigo especial"-, otro gran personaje de la región que se ufana de hacer las mejores fiestas de la ciudad, de ser cinturón negro en karate y de ser un experto en cocina macrobiótica. Ese de quien Gardeazábal dice sin temor: "Cada vez que me quiere volver a enamorar, me cocina platos especiales".


Un protagonista de una Colombia intrépida, que dice no tener ningún tipo de recuerdo de su niñez gracias a "los malos tratos de los curas fascistas salesianos". Un tulueño tan generoso, pero tan generoso, que una noche, asustado de que su amante de turno lo robara en la penumbra, decidió esconder todo su dinero en su zapato, con tan mala suerte que se le fue en el calzado del ardiente jovenzuelo. A la mañana siguiente, cuando el efebo encontró el tesoro, no dudó en besar al viejo, acariciarlo tiernamente y decirle a los ojos:


-Gustavo, tú de verdad eres lo máximo. Nunca cambies.

 
     
 
 
     
 
Envíe sus comentarios
 
 
Archivo de ediciones anteriores